Esta es la versión completa leída por el autor en la inauguración de la instalación escultórica de Eduardo Rojas Monedero y que fue publicada en una versión resumida los días 7 y 8 de abril de 2006. La exposición fue apoyada por el Instituto Sudcaliforniano de Cultura por conducto de la Galería de Arte Carlos Olachea Burcsiéguez de la Unidad Cultural Jesús Castro Agundez, y se inauguró el viernes 7 de abril a las ocho de la noche. La obra permanecerá expuesta hasta el 28 del mismo mes para el disfrute de todos los sudcalifornianos.
Exégesis para celebrar la primera exposición escultórica de Eduardo Rojas Monedero en la ciudad de La Paz, Baja California Sur. Primavera del 2006
Sobre Eduardo Rojas Monedero se ha dicho casi de todo.
Una ocasión escuché por ahí a un efímero iluminado, cuyo nombre me niego a recordar, una frase que con algún cambio nos daría un esbozo del escultor: Rojas es un tipo incalumniable porque todo lo que digan de él... es cierto.
La concluyente afirmación pudiera ser acertada, eventualmente, para la obra artística de Rojas pero no puedo ni siquiera sospechar lo mismo en el caso de su vida personal la cual se encuentra imbricada, tejida con intangibles hilos acerados en el fondo de su vasta obra creativa.
Pero tampoco se vale decir solamente eso de Eduardo Rojas Monedero, porque no lo abarca ni lo describe. Para tener un bosquejo cabal, faltaría todo por decir, de sus múltiples y elocuentes temperamentos creativos, cada uno con sus naturalezas y talentos. Si acaso, el retrato íntegro lo obtendríamos al saber más del dibujante, del arquitecto, del diseñador, del grabador, del acuarelista, del pintor, del ambientalista, del guía, del filosofo, del estudioso, del crítico permanente, del atesorador de cachivaches y artilugios inverosímiles, del viajero frecuente y sus andanzas por el ancho mundo y... es larguísimo el etcétera que acumula este hombre sin tiempo. Y abarcarlo todo sería una tarea imposible.
Pero quién es este Rojas Monedero, el escultor de hoy, ¿Es un creador francés nacido en la Costa Azul? ¿Un refugiado español? ¿Será un artista mexicaliforniano? ¿O tal vez será un escultor y pintor español?¿O un artista sin tiempo que dejó atrás su sentido de pertenencia? El amasijo resultante nos impedirá saber, para siempre, cuál de sus atributos nacionales o regionales hace resplandecer más sus talentos universales. Nadie lo sabrá nunca.
Por lo pronto aquí lo albergamos, sin poder descifrar hasta cuándo porque eso dependerá de sus humores y ciclos, de sus búsquedas, y de sus ansiedades estéticas.
Ahora mismo es un bonachón paceño de El Centenario, y no es lo mismo decir que Rojas Monedero es un centenario paceño. No. Al menos no todavía.
Todos esos Rojas que coexisten, son diferentes y cambiantes, y por eso la producción de sus obras también es distinta. Cada uno de estos Rojas Monedero revelado en múltiples formas, nos regala el testimonio de su espacio y circunstancia precisa, la de ese tiempo, el suyo, en estilos y técnicas que pueden perdurar en su trabajo creativo durante días, meses o años.
Irrumpen desde su pasado recóndito.
O reflejan el futuro.
Esta afirmación se comprueba al comparar algunos de sus oleos del 2000, por ejemplo el titulado “Pareja” que forma parte de una travesía emocional durante la cual produjo una serie homogénea, contra una parte de su producción del 2003 como el cuadro titulado “Llegando a puerto. Farrapo”, con técnicas de arena y acrílico. Y ahora... sus esculturas. Mundos disímbolos de un mismo ingenio.
Los ejemplos como este son extensos en toda su obra pictórica. No es así en sus esculturas porque las inicia ahora formalmente y todo es un mundo nuevo a pesar de que ya cuenta con una producción.
Nos han dicho siempre que no se puede ser todo ni saber todo, es una evidencia de nuestro tiempo. Pero ese no es el caso de Rojas.
Rojas es uno de esos personajes paradigmáticos del Renacimiento en donde sólo algunos creadores selectos pueden ser y saber todo al mismo tiempo; en un intervalo de su larga historia logran ser una síntesis de su tiempo, donde se conjuga, decanta y destila todo el saber de su vasto y productivo mundo personal en esos precisos instantes creativos de su vida.
Cuando Rojas Monedero emprendió esta nueva aventura tridimensional que hoy nos maravilla, no tenía ni la menor idea de cómo soldar y... aprendió; pero tampoco sabía cómo retorcer mejor el metal y ensortijarlo de determinada forma y... también aprendió. A veces preguntando y haciendo, y en ocasiones, ejerciendo el oficio más humano, más antiguo y meritorio: el del autodidacta. Y recientemente me dijo, gozoso y lleno de orgullo, que ya había aprendido también a cortar bien el vidrio porque este oficio tampoco lo dominaba con la precisión que él requería para aplicarlo en sus obras.
Lo curioso del fenómeno Rojas, este incansable sujeto a quien todo le interesa, es que cuando uno ve sus obras parece que siempre ha dominado estos dignísimos oficios y muchos otros más. Porque ustedes deben enterarse también, que en ocasiones, oficia de carpintero; escoge y cachondea trozos de maderas muertas, abandonadas y maltrechas, las trata con un erotismo delicado y sensual, digno talvez de mejores destinos, las acaricia y maquilla con paciencia y sabiduría hasta convertir esos deshechos y sus fibras en algo nuevo y distinto para incorporarlas a sus obras.
Y... bueno, el caso es que para este renacentista hoy avecindado en La Paz ya son menos los oficios que le faltan para dominarlos todos. Y cuando esto ocurra, Rojas lo expresará de cualquier forma: en un cuadro, en una escultura o en insólitas piezas integrando materiales novedosos e incorporándoles viejos oficios, nuevas artes y artilugios y piezas raras.
Eduardo Rojas es tan pertinaz y obstinado que nunca reconoce lo poco que ignora, pero al paso del tiempo, y sin que nadie jamás se entere, aparece como un docto en la materia sin decirnos cómo y dónde se ilustró; es tan rápida su absorción cognoscitiva que hasta parece saberlo desde siempre, dando la impresión de que ya nació con ese conocimiento.
Sus obras pueden ser indescifrables, impactar o no, ser admiradas o rechazadas, no hay medias tintas. Tal vez suceda lo mismo con otros artistas plásticos, pero en el caso de Rojas, este fenómeno es más acentuado por las fuertes cargas emocionales, políticas, profesionales y de intrincada historia personal que contienen sus obras. No es un pintor más, y no es un escultor más tampoco. Es mucho más que eso.
En esta etapa creativa, y de su obra que hoy nos convoca, se reúnen varios engaños, comenzando por el título tramposo y mareador de la exposición que el mismo autor le asignó, para convertirnos a todos sus espectadores en víctimas e intérpretes de un fascinante artificio.
Uno pensaría que el nombre de la exposición obedece a reminiscencias paradigmáticas de otros genios del arte como el del cineasta Buñuel, pero no es así, no al menos de una manera clara o explícita.
Uno pensaría también, en destellos angustiosos que tendrían que ver con la obra poética del español León Felipe, quien también fue un refugiado en México, igual que Rojas, pero no es así. Al menos no de una forma indudable.
Uno pensaría en León Portilla, pero éste historiador tampoco tiene nada que ver con la obra escultórica que admiramos, ni con el título, a pesar de que la segunda parte del nombre de la exposición corresponda a una de sus obras emblemáticas, en donde recupera “la visión de los vencidos”, aquellos sabios indígenas que sobrevivieron a la conquista de México.
Sin embargo, sí es todo eso y... algo más.
Parecería un empeño imposible fundir en un trabajo escultórico las concepciones estéticas, sociales y políticas de un cineasta, las reflexiones eternas de un poeta español en el exilio y las de un mexicano escudriñador de la historia, pero esas son algunas, y subrayo, sólo algunas, de las pasiones ontológicas de Rojas, y hoy nos reúne la consecuencia de esta visión única.
La razón del nombre que ofrece el propio artista es simple: no existen vencedores ni vencidos, eso es un mito, y quienes nos han dicho a través de la historia que sí los hay, nos han tendido una trampa y quedamos atrapados para siempre en los hilos de esa tela. No es el ejercicio del poder absoluto sobre los demás lo que nos convierte en vencidos, es nuestra actitud frente a los retos grandes y pequeños de la vida, y es el resultado de la mísera ética personal lo que nos puede mantener en una genuflexión perpetua y completamente subyugados, en una angustia permanente.
La trampa que nos instaló Rojas Monedero es ingeniosa. Puede representar la cobardía y el espanto para enfrentar lo desconocido, agravado porque hay personas a las que una obra de arte solamente puede producirles terror. La trácala que concibió el escultor, se encuentra en el mismísimo acceso a este recinto —transformado en una instalación de texturas, colores y proporciones— en el camino específico para observar el conjunto o enfrentar cada obra; el reto engañoso, aparece en el hecho de cruzar o no cruzar los obstáculos para aproximarse a las obras; esta en la decisión personal de cada espectador entre salvar o no una puerta móvil para contemplar una obra o el conjunto; o en la decisión de saltar un tubo de albañal que parece cerrarnos el paso sin remedio. O perdernos en un laberinto.
La actitud asumida por el espectador, que va a explorar este mundo mágico, le permitirá situarse en la periferia o en el centro de la galería, venciendo o no algunos obstáculos dando paso a nuevos y variados desasosiegos existenciales que provocarán una definición personal ante los dilemas cotidianos con los cuales nos desafía la instalación escultórica de Rojas Monedero en un juego de humor cáustico y sutil.
El espectador saldrá victorioso o vencido si ante el gran obstáculo principal de la entrada o frente a los muy pequeños del interior, decide, con plena conciencia, transgredir o no los espacios y retos prohibidos a base de mínimos esfuerzos y resuelve brincar tubos o girar las puertas movibles, para abrirse paso y obtener como recompensa la contemplación del conjunto o de cada una de las obras. Para ello no se precisa ser un valiente espectador, en este caso no es necesaria tanta osadía, solamente se ocupa decisión y actitud para someter los obstáculos que el artista forjó y acomodó, tramposamente, para provocarnos y exigir que les pasemos por encima. Con esa simpleza, Rojas logrará reírse a carcajadas de nosotros. Y al final del juego, sabedores todos de su sentido humorístico nos uniremos a él en una risotada monumental.
En el fondo, el artista nos ofrece una opción, una salida: pretende que seamos nosotros mismos los pregoneros de nuestra propia victoria o del fracaso. Al final del recorrido tendremos una efímera fotografía instantánea de nuestra propia condición humana, impregnada con la fuerza magnífica de la obra escultórica de Rojas Monedero. Y en ese instante, ya no importará cómo accedimos a las obras ni tampoco si hubo victoriosos o derrotados. Al aceptar el desafío todos vencimos aún cuando escuchemos, a lo lejos, el eco de su risa irónica.
Como hemos dicho, la originalidad de las obras de Eduardo Rojas Monedero dimana de su formación constante, esto es particularmente cierto en las obras que hoy admiramos aquí con asombro y alegría, porque representan una nueva faceta de Rojas en donde el uso de la despreciable chatarra, la basura moderna, los fierros viejos e informes y los esqueletos carcomidos por la muerte, son el medio de expresión que el artista rescata y despliega para someterlos a su férrea inspiración, hasta convertirlos en un sueño fantástico.
Además, Rojas utiliza otros productos y objetos de la naturaleza, poseedores de una intrínseca y contundente sencillez, pero poderosos e intensos, como las grandes piedras que integra a su obra, esos cantos rodados gigantes, con formas redondeadas y caprichosas, humanoides y vigilantes, poseedores de la fuerza seductora de la simplicidad.
No se trata de aglomerar cualquier objeto sin arreglo ni concierto.
Estas obras tienen un alto grado de complejidad producto de esa lucha cuerpo a cuerpo que se da entre Rojas y sus materiales y objetos. Les impone un orden y estructura armónicas de acuerdo a sus implacables y originales criterios estéticos, lo que distinguirá para siempre a estos objetos al convertirlos en una obra de arte y perder su condición vulgar y ordinaria.
Rojas colecta sus objetos cómplices en largas caminatas y excursiones a lugares ignotos y secretos, en donde estas moles lo incitan con susurros indicándole el camino preciso para dar con ellas; y en ocasiones, estas masas parecen emerger de la tierra y van rodando a su encuentro para que sólo él las vea y las acoja. Para ello, es imprescindible que los materiales seleccionados por Rojas Monedero en esta feliz comunión, posean “algo” en sus formas; que los objetos se diferencien por sus colores y texturas, por sus vetas e incrustaciones, sus recovecos minúsculos o mayores, por sus oquedades, de tal suerte que al sólo verlos, convenzan al artista de que es ese, y no otro elemento, el que expresará a plenitud y con luminosidad, toda la carga estética y espiritual que él desea reflejar en esa obra. Lo trascendente de este denso proceso creativo es que desembocará en las varias piezas que hoy exploramos, y culminará en una instalación escultórica integral, en donde ninguna de las partes perderá un ápice de su valor, porque en sí mismas, tienen dosis abundantes de belleza, sencillez, poder y armonía.
Rojas intuye con la certeza del alquimista moderno, que esa es la piedra o el objeto que deben fundirse con él, y ese otro será el engrane preciso que necesita; también asume la misma convicción sobre ese fragmento de fierro viejo seleccionado en un yonque o en un tiradero; o de ese tornillo nuevo o de aquél otro con la herrumbre exacta indispensable para producir la obra.
A pesar de todas estas certezas, ocurre lo inimaginable: Rojas aún no conoce a cabalidad lo que va a inventar, a crear, no lo tiene resuelto en su totalidad y a veces, ni en una mínima parte. Sólo obedecerá los inescrutables mandamientos de su instinto creador. Ni él mismo tiene claro qué es lo que hará exactamente; lo que sí sabe con certeza, es que esas son las piezas y los materiales que se incorporarán a la obra.
De ahí que Rojas no encuadre en absoluto en la definición del arte conceptual que nos aporta Sol LeWitt, uno de los creadores de esta corriente creativa al sostener que: “Cuando un artista se expresa en una forma de arte conceptual, significa que todo los planes y decisiones están pensadas de antemano y la ejecución es un asunto superficial. La idea se convierte en una maquina que hace el arte.” [2] En este poderoso afluente de la creación artística, Fabián Lebenglik concluye de manera terminante que: “la existencia misma del objeto no es condición necesaria: basta con las ideas.” [3] Así que ya sabemos lo que Rojas no es.
Pero no sólo es Rojas y su sensibilidad quien modela y acomoda las piedras y la chatarra, los vidrios y los espejos, los esqueletos, las calaveras y los metales con la madera junto a otros elementos y objetos insólitos; éstos zafios materiales también le sugieren al artista, y a veces le exigen, revelar sus mejores atributos y ser colocados en la posición perfecta. En este dialogo fantástico, que es un instante único del proceso creativo, los objetos que intervendrán en la obra se comunican con el artista y se conducen mutuamente, en idiomas indescifrables, de otros universos, y totalmente herméticos para los demás. Es en esos momentos cuando el objeto y el creador se confiesan sus secretos y se insinúan la mejor manera para integrarse en su aventura sin fin.
Y entonces, ocurre el milagro: los objetos se transmutan y acomodan para nacer en las obras que hoy descubrimos hechizados.
Pero el trabajo creativo no siempre es tan místico y sensual o misterioso; porque, vean ustedes la parte de la obra negra que permanece siempre olvidada: primero, es indispensable buscar e identificar las piedras, después cargarlas, luego transportar los cantos rodados. Y ese sí que es otro cantar porque no se los puede llevar en la bolsa. Para Rojas, estos retos serán lo de menos. Y ahí es donde comienza la otra hazaña.
Si Rojas no puede llevarse esas poderosas piedras por cualquier extraña razón, regresará después por ellas con una grúa o con un carro, o a pie ayudado por sus amigos para dominarlas y poseerlas. Si Rojas Monedero no obtiene esa roca, en el preciso instante en que la ve, marcará el lugar con su astrolabio renacentista para no perderla jamás, y regresará al día siguiente a cumplir el rapto acordado, u otro día cualquiera, no le importará el tamaño ni el tiempo invertido, será suya al costo que sea, porque ya se vincularon, ya comulgaron, y ambos saben, que su suerte está echada.
Y mejor no les digo a ustedes nada sobre los inmensos y coloridos tubos que nos dan la bienvenida a la instalación; el relato de esas peripecias colectoras de Rojas, que serían más propias de un experto en cañerías, las voy a dejar a su imaginación. Sólo les diré esto: cualquier cosa que especulen sobre la cosecha de estos tubos de albañal que vemos no será una exageración.
Recuerdo que en los prolegómenos de la creación de las obras comenté con este artista singular, (que entre las profusas virtudes que lo salvan en la vida tiene la de ser mi compadre), le decía a Rojas, sobre mi impresión de que su obra respondía a un concepto creativo llamado constructivista postmoderno, cuyas ideas básicas en el terreno de la creación artística nos legaron los rusos desde principios del siglo XX. Yo sostenía que el concepto es válido hoy y valdrá también mañana porque es una idea que ha evolucionado continuamente, es dialéctica, y por lo tanto, dinámica y actual.
En aquella agria discusión no logramos nada, como siempre que alegamos cualquier cosa, pero ambos sabíamos que lo importante no era descubrir algo contundente ni definitivo para explicar su trabajo creativo en el curso de aquellas extendidas parrandas discursivas, eso era en realidad lo que menos nos importaba, porque hay manifestaciones artísticas, tal vez todas, que no requieren explicaciones, ni marcos, ni clasificaciones, ni manifiestos, ni nada. Lo trascendente de una obra artística para un espectador radicará en sentir, en saber, o simplemente intuir, si le produce ese inexplicable y profundo placer estético personal al verla. Lo demás realmente no importa. Ni corrientes ni escuelas. Ni filias ni fobias.
Yo me refería en varios momentos de aquella álgida discusión, al hecho de que la construcción creativa de la obra de Rojas es un producto permanentemente renovado de su entorno personal, en cada momento particular de su vida. Su obra la concibe y construye a partir de la infinita dialéctica de su evolución personal, es una suma de instantes creativos únicos e irrepetibles, diferentes y sintéticos.
Mi aseveración sobre el posible origen conceptual de la obra de Rojas, provocó la ira mayéutica y afectuosa de mi querido interlocutor, lo cual no es nada inusual en él (no crean ustedes que se requiere la menor provocación para incitarlo a refutar cualquier argumento), y tuvimos una discusión circadiana sobre el tema, al lado de dos botellas de vino, algo más de buen güisqui, y probablemente, también nos acompañaron unos tragos de anís. A pesar de los furibundos y espirituosos argumentos de ambos, no logramos acuerdo alguno. Y terminamos la discusión con una rotunda negativa de Rojas, el escultor, a ser limitado o definido con una fórmula presuntamente clasificatoria de algo que ya existía, la cual, según su leal saber y entender sobre esta corriente creativa, el concepto constructivista post moderno no corresponde plenamente a las orientaciones expresivas de su trabajo fecundo. Talvez así sea, pero la verdad es que ayer y ahora, no me importa si Rojas se encuentra inmerso en alguna corriente artística, o si navega en la vanguardia o en la retaguardia. Ese es un asunto que, como diría el irreverente Rojas, me vale pito.
Rojas Monedero es poseedor de un dinamismo creativo vital e imparable, porque lo nutre todos los días con experiencias propias y prestadas, para expresarse con claridad en una obra de arte intemporal. Por ese motivo, Rojas, el escultor de hoy, tiene, tuvo y tendrá momentos, épocas, ciclos y estaciones, tendencias, fuerza o suavidad, penumbras y luces en las que produce obras con cargas emocionales diversas y temáticas homogéneas. Unas veces utilizando líneas secas, o formas y figuras sombrías, mansas o penetrantes, o fantasmales y oníricas; y en otras ocasiones, apoyándose en materiales inverosímiles en una obra de arte, por ser ordinarios, extraídos del monte, de un basurero, o de los despojos que aparecen en los panteones de la naturaleza y que responden mejor, en ese momento de su vida, a sus preocupaciones existenciales.
Y a veces, extenuado de tanto indagar, simplemente se cobija en su expresión más subterránea y personal, la de siempre: se acurruca en el surrealismo como si regresara a su casa. A mí esa es la vertiente de Rojas Monedero que más me gusta, y la disfruto enormemente.
Toda esta armónica obra escultórica junto a la de formatos mayores, alude a esa vigorosa sencillez tan difícil de alcanzar. Son formas salvajes y sugerentes, poderosas y sencillas. Ahí está la fuerza del metal con sus líneas rectas o ensortijadas, fundidas con la fuerza ancestral de la roca libre o aprisionada, para ofrecernos un conjunto integrado, moderno y totémico, que provoca un primer impacto áspero en el ánimo de quien la ve, despertando en el espectador una sensibilidad profunda y especial, usualmente adormecida, pero esencial para que se nos revele el sentido más íntimo de la obra de Rojas.
También en esta obra que hoy se expone, descubriremos que son exuberantes las vivencias de Rojas en donde extrajo el zumo creativo de todo lo que ha visto, de lo que escuchó y tocó, o pintó, y de los aromas y paisajes que lo inundaron, o de los vinos que degustó junto con la palomilla en tertulias, viejas cantinas, acogedores hostales, sórdidos burdeles y un sinfín de galerías. Todo aquello fue decantando en sus viajes por medio mundo, y lo llevaron a tener, ahora mismo, ese fino y delicado sentido, al fin, de entregarse a sí mismo y a su vocación, para regalarnos a todos los destellos de una vida completa y compleja.
No sé si feliz pero tengo la impresión de que hoy se acerca un poco. Al menos está en paz y sosegado. De manera que en el caso de Rojas, la fuente de su creatividad original no es producto de la melancolía, de la bilis negra[4] de los antiguos, que lo puede conducir a la desesperación o a Dios como sostenía Kierkegaard; así ocurrió con talentos de la talla de Da Vinci, Miguel Ángel, Lord Byron, Lord Tennyson, R. Schumann, H. Melville, V. van Gogh, E. Hemingway, y muchísimos genios más, afectados durante toda su vida por la manía y la depresión, por el genio y la locura. El germen creativo de Rojas arranca más claramente desde un concepto que expresa el propio filosofo cristiano cuando se confiesa a sí mismo y afirma categórico: "Tengo que encontrar una verdad que sea verdadera para mí… la idea por la que pueda vivir o morir". Rojas es uno de esos raros y afortunados seres que ya eligió su camino, encontró su verdad y vocación en el arte, lo explora y ha decidido continuar por ese sendero para vivir sin angustia ni melancolía, y morir por él.
Otro filosofo existencialista, ateo declarado, Jean-Paul Sartre, nos acerca más a los abrevaderos de Rojas al sustentar que: “El hombre no es otra cosa que lo que él se hace...”. Y así, en una decisión crucial, existencial, Rojas se hizo escultor, y más que eso, se convirtió en un admirable artista plástico.
En buena hora.
Suena fácil, pero es algo casi imposible de lograr para la mayoría de los creadores y ya no se diga para los seres humanos ordinarios.
Ahora mismo pienso que la creación artística en Rojas Monedero se explica mejor en las concepciones estéticas definidas por el filosofo Hans Georg Gadamer, por lo que en este sentido tendríamos que hablar de un arte contemporáneo, en donde la obra se convierte en “un organismo vivo” que conduce a cada espectador a una pluralidad de interpretaciones, infinitas y cambiantes, inherentes a la hermenéutica[5]. Es decir, la obra de arte se nos presenta como un medio de reflexión e interpretación entre el mundo personal del autor que originó la obra y el presente de cada observador. Al respecto nos dice Gadamer “... todo encuentro con el lenguaje del arte es encuentro con un acontecer inconcluso y él mismo (es) una parte de ese acontecer” [6]
En las manifestaciones estéticas de Rojas Monedero encontraremos: arte, historia y lenguaje, categorías que Ricoeur identifica como las tres esferas de la hermenéutica contenidas en la obra filosófica emblemática de Gadamer[7].
De una cosa estoy seguro, la obra de Rojas Monedero a nadie dejará sin reaccionar. Tal vez quedemos pasmados, pero no sin reacción.
Al final terminaremos vencidos, pero no ante las trampas del risueño escultor sino ante la expresión magnífica de sus obras.
Así que disfrutemos de los tremendos impactos visuales que nos ofrece Eduardo Rojas Monedero en cada una de sus obras y en el conjunto que hoy nos entrega, regocijado e ingenioso, haciendo gala de un críptico sentido del humor.
Y disfrutemos también de sus trampas. Muchas gracias.
[2] Sol LeWitt: When an artist uses a conceptual form of art, it means that all of the planning and decisions are made beforehand and the execution is a perfunctory affair.The idea becomes a machine that makes the art.”
[3] Paredón y Después. Por Fabián Lebenglik. Pagina 12. Radar. 23 diciembre 2001
[4] Del griego melankholía compuesto con “melas”, negro, y “kholé”, bilis. María Moliner, Diccionario de uso del español.
[5] Anales II E 78, UNAM, 2001. Las exigentes preguntas de Hans Georg Gadamer (1900-2002)
PETER KRIEGER Instituto de Investigaciones estéticas, UNAM. Aproximaciones a los libros: La actualidad de lo bello. El arte como juego, símbolo y fiesta.
[6] http://personales.ciudad.com.ar/Derrida/gadamer_1.htm. Cita de Lucas S. Fragasso tomado de Wahrheit und Methode (“Verdad y Método”).
[7] Ibid. Lucas S. Fragasso
Una ocasión escuché por ahí a un efímero iluminado, cuyo nombre me niego a recordar, una frase que con algún cambio nos daría un esbozo del escultor: Rojas es un tipo incalumniable porque todo lo que digan de él... es cierto.
La concluyente afirmación pudiera ser acertada, eventualmente, para la obra artística de Rojas pero no puedo ni siquiera sospechar lo mismo en el caso de su vida personal la cual se encuentra imbricada, tejida con intangibles hilos acerados en el fondo de su vasta obra creativa.
Pero tampoco se vale decir solamente eso de Eduardo Rojas Monedero, porque no lo abarca ni lo describe. Para tener un bosquejo cabal, faltaría todo por decir, de sus múltiples y elocuentes temperamentos creativos, cada uno con sus naturalezas y talentos. Si acaso, el retrato íntegro lo obtendríamos al saber más del dibujante, del arquitecto, del diseñador, del grabador, del acuarelista, del pintor, del ambientalista, del guía, del filosofo, del estudioso, del crítico permanente, del atesorador de cachivaches y artilugios inverosímiles, del viajero frecuente y sus andanzas por el ancho mundo y... es larguísimo el etcétera que acumula este hombre sin tiempo. Y abarcarlo todo sería una tarea imposible.
Pero quién es este Rojas Monedero, el escultor de hoy, ¿Es un creador francés nacido en la Costa Azul? ¿Un refugiado español? ¿Será un artista mexicaliforniano? ¿O tal vez será un escultor y pintor español?¿O un artista sin tiempo que dejó atrás su sentido de pertenencia? El amasijo resultante nos impedirá saber, para siempre, cuál de sus atributos nacionales o regionales hace resplandecer más sus talentos universales. Nadie lo sabrá nunca.
Por lo pronto aquí lo albergamos, sin poder descifrar hasta cuándo porque eso dependerá de sus humores y ciclos, de sus búsquedas, y de sus ansiedades estéticas.
Ahora mismo es un bonachón paceño de El Centenario, y no es lo mismo decir que Rojas Monedero es un centenario paceño. No. Al menos no todavía.
Todos esos Rojas que coexisten, son diferentes y cambiantes, y por eso la producción de sus obras también es distinta. Cada uno de estos Rojas Monedero revelado en múltiples formas, nos regala el testimonio de su espacio y circunstancia precisa, la de ese tiempo, el suyo, en estilos y técnicas que pueden perdurar en su trabajo creativo durante días, meses o años.
Irrumpen desde su pasado recóndito.
O reflejan el futuro.
Esta afirmación se comprueba al comparar algunos de sus oleos del 2000, por ejemplo el titulado “Pareja” que forma parte de una travesía emocional durante la cual produjo una serie homogénea, contra una parte de su producción del 2003 como el cuadro titulado “Llegando a puerto. Farrapo”, con técnicas de arena y acrílico. Y ahora... sus esculturas. Mundos disímbolos de un mismo ingenio.
Los ejemplos como este son extensos en toda su obra pictórica. No es así en sus esculturas porque las inicia ahora formalmente y todo es un mundo nuevo a pesar de que ya cuenta con una producción.
Nos han dicho siempre que no se puede ser todo ni saber todo, es una evidencia de nuestro tiempo. Pero ese no es el caso de Rojas.
Rojas es uno de esos personajes paradigmáticos del Renacimiento en donde sólo algunos creadores selectos pueden ser y saber todo al mismo tiempo; en un intervalo de su larga historia logran ser una síntesis de su tiempo, donde se conjuga, decanta y destila todo el saber de su vasto y productivo mundo personal en esos precisos instantes creativos de su vida.
Cuando Rojas Monedero emprendió esta nueva aventura tridimensional que hoy nos maravilla, no tenía ni la menor idea de cómo soldar y... aprendió; pero tampoco sabía cómo retorcer mejor el metal y ensortijarlo de determinada forma y... también aprendió. A veces preguntando y haciendo, y en ocasiones, ejerciendo el oficio más humano, más antiguo y meritorio: el del autodidacta. Y recientemente me dijo, gozoso y lleno de orgullo, que ya había aprendido también a cortar bien el vidrio porque este oficio tampoco lo dominaba con la precisión que él requería para aplicarlo en sus obras.
Lo curioso del fenómeno Rojas, este incansable sujeto a quien todo le interesa, es que cuando uno ve sus obras parece que siempre ha dominado estos dignísimos oficios y muchos otros más. Porque ustedes deben enterarse también, que en ocasiones, oficia de carpintero; escoge y cachondea trozos de maderas muertas, abandonadas y maltrechas, las trata con un erotismo delicado y sensual, digno talvez de mejores destinos, las acaricia y maquilla con paciencia y sabiduría hasta convertir esos deshechos y sus fibras en algo nuevo y distinto para incorporarlas a sus obras.
Y... bueno, el caso es que para este renacentista hoy avecindado en La Paz ya son menos los oficios que le faltan para dominarlos todos. Y cuando esto ocurra, Rojas lo expresará de cualquier forma: en un cuadro, en una escultura o en insólitas piezas integrando materiales novedosos e incorporándoles viejos oficios, nuevas artes y artilugios y piezas raras.
Eduardo Rojas es tan pertinaz y obstinado que nunca reconoce lo poco que ignora, pero al paso del tiempo, y sin que nadie jamás se entere, aparece como un docto en la materia sin decirnos cómo y dónde se ilustró; es tan rápida su absorción cognoscitiva que hasta parece saberlo desde siempre, dando la impresión de que ya nació con ese conocimiento.
Sus obras pueden ser indescifrables, impactar o no, ser admiradas o rechazadas, no hay medias tintas. Tal vez suceda lo mismo con otros artistas plásticos, pero en el caso de Rojas, este fenómeno es más acentuado por las fuertes cargas emocionales, políticas, profesionales y de intrincada historia personal que contienen sus obras. No es un pintor más, y no es un escultor más tampoco. Es mucho más que eso.
En esta etapa creativa, y de su obra que hoy nos convoca, se reúnen varios engaños, comenzando por el título tramposo y mareador de la exposición que el mismo autor le asignó, para convertirnos a todos sus espectadores en víctimas e intérpretes de un fascinante artificio.
Uno pensaría que el nombre de la exposición obedece a reminiscencias paradigmáticas de otros genios del arte como el del cineasta Buñuel, pero no es así, no al menos de una manera clara o explícita.
Uno pensaría también, en destellos angustiosos que tendrían que ver con la obra poética del español León Felipe, quien también fue un refugiado en México, igual que Rojas, pero no es así. Al menos no de una forma indudable.
Uno pensaría en León Portilla, pero éste historiador tampoco tiene nada que ver con la obra escultórica que admiramos, ni con el título, a pesar de que la segunda parte del nombre de la exposición corresponda a una de sus obras emblemáticas, en donde recupera “la visión de los vencidos”, aquellos sabios indígenas que sobrevivieron a la conquista de México.
Sin embargo, sí es todo eso y... algo más.
Parecería un empeño imposible fundir en un trabajo escultórico las concepciones estéticas, sociales y políticas de un cineasta, las reflexiones eternas de un poeta español en el exilio y las de un mexicano escudriñador de la historia, pero esas son algunas, y subrayo, sólo algunas, de las pasiones ontológicas de Rojas, y hoy nos reúne la consecuencia de esta visión única.
La razón del nombre que ofrece el propio artista es simple: no existen vencedores ni vencidos, eso es un mito, y quienes nos han dicho a través de la historia que sí los hay, nos han tendido una trampa y quedamos atrapados para siempre en los hilos de esa tela. No es el ejercicio del poder absoluto sobre los demás lo que nos convierte en vencidos, es nuestra actitud frente a los retos grandes y pequeños de la vida, y es el resultado de la mísera ética personal lo que nos puede mantener en una genuflexión perpetua y completamente subyugados, en una angustia permanente.
La trampa que nos instaló Rojas Monedero es ingeniosa. Puede representar la cobardía y el espanto para enfrentar lo desconocido, agravado porque hay personas a las que una obra de arte solamente puede producirles terror. La trácala que concibió el escultor, se encuentra en el mismísimo acceso a este recinto —transformado en una instalación de texturas, colores y proporciones— en el camino específico para observar el conjunto o enfrentar cada obra; el reto engañoso, aparece en el hecho de cruzar o no cruzar los obstáculos para aproximarse a las obras; esta en la decisión personal de cada espectador entre salvar o no una puerta móvil para contemplar una obra o el conjunto; o en la decisión de saltar un tubo de albañal que parece cerrarnos el paso sin remedio. O perdernos en un laberinto.
La actitud asumida por el espectador, que va a explorar este mundo mágico, le permitirá situarse en la periferia o en el centro de la galería, venciendo o no algunos obstáculos dando paso a nuevos y variados desasosiegos existenciales que provocarán una definición personal ante los dilemas cotidianos con los cuales nos desafía la instalación escultórica de Rojas Monedero en un juego de humor cáustico y sutil.
El espectador saldrá victorioso o vencido si ante el gran obstáculo principal de la entrada o frente a los muy pequeños del interior, decide, con plena conciencia, transgredir o no los espacios y retos prohibidos a base de mínimos esfuerzos y resuelve brincar tubos o girar las puertas movibles, para abrirse paso y obtener como recompensa la contemplación del conjunto o de cada una de las obras. Para ello no se precisa ser un valiente espectador, en este caso no es necesaria tanta osadía, solamente se ocupa decisión y actitud para someter los obstáculos que el artista forjó y acomodó, tramposamente, para provocarnos y exigir que les pasemos por encima. Con esa simpleza, Rojas logrará reírse a carcajadas de nosotros. Y al final del juego, sabedores todos de su sentido humorístico nos uniremos a él en una risotada monumental.
En el fondo, el artista nos ofrece una opción, una salida: pretende que seamos nosotros mismos los pregoneros de nuestra propia victoria o del fracaso. Al final del recorrido tendremos una efímera fotografía instantánea de nuestra propia condición humana, impregnada con la fuerza magnífica de la obra escultórica de Rojas Monedero. Y en ese instante, ya no importará cómo accedimos a las obras ni tampoco si hubo victoriosos o derrotados. Al aceptar el desafío todos vencimos aún cuando escuchemos, a lo lejos, el eco de su risa irónica.
Como hemos dicho, la originalidad de las obras de Eduardo Rojas Monedero dimana de su formación constante, esto es particularmente cierto en las obras que hoy admiramos aquí con asombro y alegría, porque representan una nueva faceta de Rojas en donde el uso de la despreciable chatarra, la basura moderna, los fierros viejos e informes y los esqueletos carcomidos por la muerte, son el medio de expresión que el artista rescata y despliega para someterlos a su férrea inspiración, hasta convertirlos en un sueño fantástico.
Además, Rojas utiliza otros productos y objetos de la naturaleza, poseedores de una intrínseca y contundente sencillez, pero poderosos e intensos, como las grandes piedras que integra a su obra, esos cantos rodados gigantes, con formas redondeadas y caprichosas, humanoides y vigilantes, poseedores de la fuerza seductora de la simplicidad.
No se trata de aglomerar cualquier objeto sin arreglo ni concierto.
Estas obras tienen un alto grado de complejidad producto de esa lucha cuerpo a cuerpo que se da entre Rojas y sus materiales y objetos. Les impone un orden y estructura armónicas de acuerdo a sus implacables y originales criterios estéticos, lo que distinguirá para siempre a estos objetos al convertirlos en una obra de arte y perder su condición vulgar y ordinaria.
Rojas colecta sus objetos cómplices en largas caminatas y excursiones a lugares ignotos y secretos, en donde estas moles lo incitan con susurros indicándole el camino preciso para dar con ellas; y en ocasiones, estas masas parecen emerger de la tierra y van rodando a su encuentro para que sólo él las vea y las acoja. Para ello, es imprescindible que los materiales seleccionados por Rojas Monedero en esta feliz comunión, posean “algo” en sus formas; que los objetos se diferencien por sus colores y texturas, por sus vetas e incrustaciones, sus recovecos minúsculos o mayores, por sus oquedades, de tal suerte que al sólo verlos, convenzan al artista de que es ese, y no otro elemento, el que expresará a plenitud y con luminosidad, toda la carga estética y espiritual que él desea reflejar en esa obra. Lo trascendente de este denso proceso creativo es que desembocará en las varias piezas que hoy exploramos, y culminará en una instalación escultórica integral, en donde ninguna de las partes perderá un ápice de su valor, porque en sí mismas, tienen dosis abundantes de belleza, sencillez, poder y armonía.
Rojas intuye con la certeza del alquimista moderno, que esa es la piedra o el objeto que deben fundirse con él, y ese otro será el engrane preciso que necesita; también asume la misma convicción sobre ese fragmento de fierro viejo seleccionado en un yonque o en un tiradero; o de ese tornillo nuevo o de aquél otro con la herrumbre exacta indispensable para producir la obra.
A pesar de todas estas certezas, ocurre lo inimaginable: Rojas aún no conoce a cabalidad lo que va a inventar, a crear, no lo tiene resuelto en su totalidad y a veces, ni en una mínima parte. Sólo obedecerá los inescrutables mandamientos de su instinto creador. Ni él mismo tiene claro qué es lo que hará exactamente; lo que sí sabe con certeza, es que esas son las piezas y los materiales que se incorporarán a la obra.
De ahí que Rojas no encuadre en absoluto en la definición del arte conceptual que nos aporta Sol LeWitt, uno de los creadores de esta corriente creativa al sostener que: “Cuando un artista se expresa en una forma de arte conceptual, significa que todo los planes y decisiones están pensadas de antemano y la ejecución es un asunto superficial. La idea se convierte en una maquina que hace el arte.” [2] En este poderoso afluente de la creación artística, Fabián Lebenglik concluye de manera terminante que: “la existencia misma del objeto no es condición necesaria: basta con las ideas.” [3] Así que ya sabemos lo que Rojas no es.
Pero no sólo es Rojas y su sensibilidad quien modela y acomoda las piedras y la chatarra, los vidrios y los espejos, los esqueletos, las calaveras y los metales con la madera junto a otros elementos y objetos insólitos; éstos zafios materiales también le sugieren al artista, y a veces le exigen, revelar sus mejores atributos y ser colocados en la posición perfecta. En este dialogo fantástico, que es un instante único del proceso creativo, los objetos que intervendrán en la obra se comunican con el artista y se conducen mutuamente, en idiomas indescifrables, de otros universos, y totalmente herméticos para los demás. Es en esos momentos cuando el objeto y el creador se confiesan sus secretos y se insinúan la mejor manera para integrarse en su aventura sin fin.
Y entonces, ocurre el milagro: los objetos se transmutan y acomodan para nacer en las obras que hoy descubrimos hechizados.
Pero el trabajo creativo no siempre es tan místico y sensual o misterioso; porque, vean ustedes la parte de la obra negra que permanece siempre olvidada: primero, es indispensable buscar e identificar las piedras, después cargarlas, luego transportar los cantos rodados. Y ese sí que es otro cantar porque no se los puede llevar en la bolsa. Para Rojas, estos retos serán lo de menos. Y ahí es donde comienza la otra hazaña.
Si Rojas no puede llevarse esas poderosas piedras por cualquier extraña razón, regresará después por ellas con una grúa o con un carro, o a pie ayudado por sus amigos para dominarlas y poseerlas. Si Rojas Monedero no obtiene esa roca, en el preciso instante en que la ve, marcará el lugar con su astrolabio renacentista para no perderla jamás, y regresará al día siguiente a cumplir el rapto acordado, u otro día cualquiera, no le importará el tamaño ni el tiempo invertido, será suya al costo que sea, porque ya se vincularon, ya comulgaron, y ambos saben, que su suerte está echada.
Y mejor no les digo a ustedes nada sobre los inmensos y coloridos tubos que nos dan la bienvenida a la instalación; el relato de esas peripecias colectoras de Rojas, que serían más propias de un experto en cañerías, las voy a dejar a su imaginación. Sólo les diré esto: cualquier cosa que especulen sobre la cosecha de estos tubos de albañal que vemos no será una exageración.
Recuerdo que en los prolegómenos de la creación de las obras comenté con este artista singular, (que entre las profusas virtudes que lo salvan en la vida tiene la de ser mi compadre), le decía a Rojas, sobre mi impresión de que su obra respondía a un concepto creativo llamado constructivista postmoderno, cuyas ideas básicas en el terreno de la creación artística nos legaron los rusos desde principios del siglo XX. Yo sostenía que el concepto es válido hoy y valdrá también mañana porque es una idea que ha evolucionado continuamente, es dialéctica, y por lo tanto, dinámica y actual.
En aquella agria discusión no logramos nada, como siempre que alegamos cualquier cosa, pero ambos sabíamos que lo importante no era descubrir algo contundente ni definitivo para explicar su trabajo creativo en el curso de aquellas extendidas parrandas discursivas, eso era en realidad lo que menos nos importaba, porque hay manifestaciones artísticas, tal vez todas, que no requieren explicaciones, ni marcos, ni clasificaciones, ni manifiestos, ni nada. Lo trascendente de una obra artística para un espectador radicará en sentir, en saber, o simplemente intuir, si le produce ese inexplicable y profundo placer estético personal al verla. Lo demás realmente no importa. Ni corrientes ni escuelas. Ni filias ni fobias.
Yo me refería en varios momentos de aquella álgida discusión, al hecho de que la construcción creativa de la obra de Rojas es un producto permanentemente renovado de su entorno personal, en cada momento particular de su vida. Su obra la concibe y construye a partir de la infinita dialéctica de su evolución personal, es una suma de instantes creativos únicos e irrepetibles, diferentes y sintéticos.
Mi aseveración sobre el posible origen conceptual de la obra de Rojas, provocó la ira mayéutica y afectuosa de mi querido interlocutor, lo cual no es nada inusual en él (no crean ustedes que se requiere la menor provocación para incitarlo a refutar cualquier argumento), y tuvimos una discusión circadiana sobre el tema, al lado de dos botellas de vino, algo más de buen güisqui, y probablemente, también nos acompañaron unos tragos de anís. A pesar de los furibundos y espirituosos argumentos de ambos, no logramos acuerdo alguno. Y terminamos la discusión con una rotunda negativa de Rojas, el escultor, a ser limitado o definido con una fórmula presuntamente clasificatoria de algo que ya existía, la cual, según su leal saber y entender sobre esta corriente creativa, el concepto constructivista post moderno no corresponde plenamente a las orientaciones expresivas de su trabajo fecundo. Talvez así sea, pero la verdad es que ayer y ahora, no me importa si Rojas se encuentra inmerso en alguna corriente artística, o si navega en la vanguardia o en la retaguardia. Ese es un asunto que, como diría el irreverente Rojas, me vale pito.
Rojas Monedero es poseedor de un dinamismo creativo vital e imparable, porque lo nutre todos los días con experiencias propias y prestadas, para expresarse con claridad en una obra de arte intemporal. Por ese motivo, Rojas, el escultor de hoy, tiene, tuvo y tendrá momentos, épocas, ciclos y estaciones, tendencias, fuerza o suavidad, penumbras y luces en las que produce obras con cargas emocionales diversas y temáticas homogéneas. Unas veces utilizando líneas secas, o formas y figuras sombrías, mansas o penetrantes, o fantasmales y oníricas; y en otras ocasiones, apoyándose en materiales inverosímiles en una obra de arte, por ser ordinarios, extraídos del monte, de un basurero, o de los despojos que aparecen en los panteones de la naturaleza y que responden mejor, en ese momento de su vida, a sus preocupaciones existenciales.
Y a veces, extenuado de tanto indagar, simplemente se cobija en su expresión más subterránea y personal, la de siempre: se acurruca en el surrealismo como si regresara a su casa. A mí esa es la vertiente de Rojas Monedero que más me gusta, y la disfruto enormemente.
Toda esta armónica obra escultórica junto a la de formatos mayores, alude a esa vigorosa sencillez tan difícil de alcanzar. Son formas salvajes y sugerentes, poderosas y sencillas. Ahí está la fuerza del metal con sus líneas rectas o ensortijadas, fundidas con la fuerza ancestral de la roca libre o aprisionada, para ofrecernos un conjunto integrado, moderno y totémico, que provoca un primer impacto áspero en el ánimo de quien la ve, despertando en el espectador una sensibilidad profunda y especial, usualmente adormecida, pero esencial para que se nos revele el sentido más íntimo de la obra de Rojas.
También en esta obra que hoy se expone, descubriremos que son exuberantes las vivencias de Rojas en donde extrajo el zumo creativo de todo lo que ha visto, de lo que escuchó y tocó, o pintó, y de los aromas y paisajes que lo inundaron, o de los vinos que degustó junto con la palomilla en tertulias, viejas cantinas, acogedores hostales, sórdidos burdeles y un sinfín de galerías. Todo aquello fue decantando en sus viajes por medio mundo, y lo llevaron a tener, ahora mismo, ese fino y delicado sentido, al fin, de entregarse a sí mismo y a su vocación, para regalarnos a todos los destellos de una vida completa y compleja.
No sé si feliz pero tengo la impresión de que hoy se acerca un poco. Al menos está en paz y sosegado. De manera que en el caso de Rojas, la fuente de su creatividad original no es producto de la melancolía, de la bilis negra[4] de los antiguos, que lo puede conducir a la desesperación o a Dios como sostenía Kierkegaard; así ocurrió con talentos de la talla de Da Vinci, Miguel Ángel, Lord Byron, Lord Tennyson, R. Schumann, H. Melville, V. van Gogh, E. Hemingway, y muchísimos genios más, afectados durante toda su vida por la manía y la depresión, por el genio y la locura. El germen creativo de Rojas arranca más claramente desde un concepto que expresa el propio filosofo cristiano cuando se confiesa a sí mismo y afirma categórico: "Tengo que encontrar una verdad que sea verdadera para mí… la idea por la que pueda vivir o morir". Rojas es uno de esos raros y afortunados seres que ya eligió su camino, encontró su verdad y vocación en el arte, lo explora y ha decidido continuar por ese sendero para vivir sin angustia ni melancolía, y morir por él.
Otro filosofo existencialista, ateo declarado, Jean-Paul Sartre, nos acerca más a los abrevaderos de Rojas al sustentar que: “El hombre no es otra cosa que lo que él se hace...”. Y así, en una decisión crucial, existencial, Rojas se hizo escultor, y más que eso, se convirtió en un admirable artista plástico.
En buena hora.
Suena fácil, pero es algo casi imposible de lograr para la mayoría de los creadores y ya no se diga para los seres humanos ordinarios.
Ahora mismo pienso que la creación artística en Rojas Monedero se explica mejor en las concepciones estéticas definidas por el filosofo Hans Georg Gadamer, por lo que en este sentido tendríamos que hablar de un arte contemporáneo, en donde la obra se convierte en “un organismo vivo” que conduce a cada espectador a una pluralidad de interpretaciones, infinitas y cambiantes, inherentes a la hermenéutica[5]. Es decir, la obra de arte se nos presenta como un medio de reflexión e interpretación entre el mundo personal del autor que originó la obra y el presente de cada observador. Al respecto nos dice Gadamer “... todo encuentro con el lenguaje del arte es encuentro con un acontecer inconcluso y él mismo (es) una parte de ese acontecer” [6]
En las manifestaciones estéticas de Rojas Monedero encontraremos: arte, historia y lenguaje, categorías que Ricoeur identifica como las tres esferas de la hermenéutica contenidas en la obra filosófica emblemática de Gadamer[7].
De una cosa estoy seguro, la obra de Rojas Monedero a nadie dejará sin reaccionar. Tal vez quedemos pasmados, pero no sin reacción.
Al final terminaremos vencidos, pero no ante las trampas del risueño escultor sino ante la expresión magnífica de sus obras.
Así que disfrutemos de los tremendos impactos visuales que nos ofrece Eduardo Rojas Monedero en cada una de sus obras y en el conjunto que hoy nos entrega, regocijado e ingenioso, haciendo gala de un críptico sentido del humor.
Y disfrutemos también de sus trampas. Muchas gracias.
[2] Sol LeWitt: When an artist uses a conceptual form of art, it means that all of the planning and decisions are made beforehand and the execution is a perfunctory affair.The idea becomes a machine that makes the art.”
[3] Paredón y Después. Por Fabián Lebenglik. Pagina 12. Radar. 23 diciembre 2001
[4] Del griego melankholía compuesto con “melas”, negro, y “kholé”, bilis. María Moliner, Diccionario de uso del español.
[5] Anales II E 78, UNAM, 2001. Las exigentes preguntas de Hans Georg Gadamer (1900-2002)
PETER KRIEGER Instituto de Investigaciones estéticas, UNAM. Aproximaciones a los libros: La actualidad de lo bello. El arte como juego, símbolo y fiesta.
[6] http://personales.ciudad.com.ar/Derrida/gadamer_1.htm. Cita de Lucas S. Fragasso tomado de Wahrheit und Methode (“Verdad y Método”).
[7] Ibid. Lucas S. Fragasso