Cuando escucho a algunos reclamadores profesionales, presos en su camisa de fuerza del partido o mostrencos, la queja absurda de que “el gobernador nunca se encuentra en su despacho” me parece que deberían internarlos en Chametla para que recobren la cordura y si es posible, al cabo de algún tiempo, lograran entender en qué consiste el hecho de gobernar una comunidad.
Para gobernar, se requiere, hoy más que nunca, la cercanía de las autoridades con los ciudadanos que se gobiernan. Aquí no existe la telepatía. No hay sustituto para ese contacto con la ciudadanía. Es indispensable para conocer sus problemas cotidianos, su insatisfacción con las autoridades locales si es que la tuvieran, saber de sus carencias en materia de infraestructura y servicios, sus necesidades más apremiantes o simplemente para intercambiar puntos de vista o comerse un taco en alguna fiesta comunal con los ciudadanos electores, quienes los eligieron, para que nos representen. Y para que no se crean dioses.
¿Qué le reditúa capital político? Sí, es cierto, y mucho siempre y cuando los electores resulten beneficiados por políticas públicas que se deriven de estas giras. Pero si no hay más que pura guasanga y no se resuelve nada, los electores lo registrarán y harán pagar caro al gobernante mentiroso. Ya lo hemos visto.
¿Para qué nos serviría un gobernador encerrado a piedra y lodo en su oficina?
¿A quién le ayudaría este importante servidor público enclaustrado, copado por la burocracia palaciega?
Si así...
¿Quién lo podría ver?
Tal vez sólo los grandes inversionistas, sus cuates, sus secretarias, sus secretarios, sus guaruras y los guardias y veladores. En estas condiciones de encierro monacal o imperial, depende, para que un mortal ordinario, un ciudadano común y corriente como usted lector o como yo, logre ver al gobernador debe armarse de una infinita paciencia. Para empezar el vía crucis, el ciudadano común con interés por entrevistarse con el gobernador, tiene que hacer una cita, y esperar a que algún funcionario evalúe, según su criterio, si el asunto “merece” unos minutos del gobernador; en caso de decidir que sí, le indicará fecha y hora precisas para que su gober lo reciba. Cuando llega el esperado día, y suponiendo que no surgiera algún contratiempo de ultimo momento que reclame la presencia del gobernador en otro lugar, comenzará el recorrido en antesalas con toda clase de funcionarios de tercera, de segunda y de primera. Pero si surgió algo importante, de más peso en las prioridades del gobernador, se cancelaría la cita para reprogramarla en una mejor ocasión.
Cuando ya le fijaron la entrevista, hay que bañarse, peinarse, vestirse con sus mejores trapos (si los tuviera), trasladarse al palacio de gobierno, presentarse con un o una recepcionista, luego con la secretaria, después con el secretario, luego pasar con el particular, finalmente lo pasan a una salita o al despacho del gobernador y a esperar, y si no sucede nada extraño, pues entonces se enfrentará al ¡mismísimo gobernador! para tratarle el asunto de sus desvelos, que tal vez para la fecha de la cita ya no tenga importancia.
Lo que no se vale hoy ni ayer, es que obliguen a las personas a esperar horas y horas para ser recibidos por un funcionario irresponsable y desorganizado, quien, además, tiene la firme creencia de que es una estrella de cine o uno de los elegidos de Dios. He visto decenas de personas hartas que fueron citadas por un presidente municipal en pasadas administraciones, llegaron a la oficina de ese presidente desde las 9 de la mañana, y al final del día, no fueron recibidos; y ni siquiera obtuvieron una explicación comedida o razonable, y en el colmo de la desfachatez, les pidieron regresar al día siguiente.
Nadie pide una cita con el gobernador o con un presidente municipal para tratar una tontería, al menos el asunto en cuestión no lo es para el solicitante a pesar de que a funcionarios y colaboradores menores les pueda parecer un problema simple o que no requiera la atención personal del gobernador. Para el solicitante, es un asunto capital. Los problemas cotidianos de las personas pueden ser o son muy importantes para ellos, y serán ellos también, quienes decidan si se requiere la intervención del gobernador u otra autoridad para atenderlo. En ocasiones la mayoría de estos solicitantes de una entrevista ya recorrieron las oficinas de varios funcionarios indolentes, incompetentes y apáticos que no resuelven nada y sólo les resta esa opción.
La obligación de cualquier gobernante es escucharlos sin importar el “tamaño” del asunto que motivó el interés de planteárselo al gobernador. Seguramente no les sacarán una fotografía para El Sudcaliforniano durante la entrevista, pero eso al ciudadano no le importa, lo que le preocupa es que la máxima autoridad lo escuche y lo atienda con cortesía, y sobre todo, que resuelva algo, que decida y lo diga con franqueza. Que diga sí puede o no resolver el asunto y porqué. Quien escuche la respuesta, sea la que sea, lo entenderá y quedará satisfecho. De la entrevista debe producirse un resultado claro, para bien o para mal.
Es probable que existan personas que abusen y desperdicien el tiempo de las autoridades en perjuicio de todos por la obligación que tienen los servidores públicos de escucharlos, pero estos casos forman parte de las tareas ingratas de quienes elegimos como nuestros representantes, y después de la primera vez, estos gandules serán identificados y señalados para no ser recibidos o atendidos nunca más. En buena hora.
A muchos de estos gaznapiros ya los conocen las autoridades de todos los niveles y forman parte de esa parvada de zopilotes que sobrevuelan siempre a los que ejercen algún poder. Y también conocen a los eternos “pobres profesionales” quienes han hecho de esa supuesta o real condición una productiva forma de vida. O a los tramposos “gestores” de la sociedad civil que sólo ven por su propio beneficio y quieren “figurar”.
No faltan aquellos patéticos mendigos que usan el papel y la tinta para medrar, que cuando necesitan dinero publican, a veces, una miserable y sórdida gacetilla (la más reciente la vi en el Congreso), que pinta a sus autores de cuerpo entero: pletórica de bajezas, insultos, infamias, calumnias, difamaciones y groserías en contra de toda clase de autoridades, por haber incurrido éstas en el grave “delito” de no pagarles unos centavos o por no otorgarles el soborno histórico o las dádivas reclamadas y así escapar de la indigencia intelectual de estos patanes del periodismo que se refugian, sin vergüenza ni decoro, en la libertad de expresión. Pegan para pedir, limosnean para no pegar y pegan por encargo. Dan asco. Estos son los peores porque denigran y corrompen el noble oficio de los verdaderos periodistas. Lo lamentable es que hay autoridades que los toleran, y con ello, los alientan a continuar con sus ofensivos e impunes folletines y sablazos.
Toda esta pléyade de especimenes deben ser atendidos por nuestros gobernantes y autoridades, sólo esperamos que, cuando sea el caso, sepan discernir si se encuentran frente a ciudadanos legítimamente interesados en plantear y resolver un asunto, o ante zopilotes, vividores y patanes que nadamas buscan su ilegítimo provecho personal.
¿Y a usted, lector preocupado, ya lo recibieron?
Diosa griega de la "redistribución" o del equilibrio. Su labor era castigar a aquellos que cometían crímenes y quedaban impunes, a la vez que recompensaba a los que sufrían injustamente. Bajo este nombre se publican todas las columnas que aparecieron en el periódico El Sudcaliforniano en La Paz, Baja California Sur. A partir del 7ene2017 solamente se publican comentarios y algunas columnas en este Blog.
21 enero 2006
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