03 marzo 2006

LAS ARCADAS DE LA MUERTE. MINAS DE CARBÓN

Las minas de carbón son siempre un riesgo y sinónimo de un entierro en vida.
Sus honduras y recovecos son un recordatorio irrevocable del largo viaje hacia la oscuridad absoluta, al aire enrarecido, a la muerte cotidiana.
Los mineros del carbón conviven y toleran todo: el polvo de carbón siempre presente, la perpetua presencia del gas grisú, el gas metano, una visibilidad disminuida y sueldos miserables, ausencia de sindicatos reales que los defiendan y apoyen, sus “lideres” se venden por unas monedas, sin equipos especializados, carentes de tecnología y herramientas, mal comidos, atacados por una conjuntivitis incurable, ojos llorosos, durísimas jornadas de trabajo, dolores de cabeza persistentes, pulmones con fibrosis, piel cianótica de tonos grises y azules... viven en la antesala del infierno por un pago promedio de 400 pesos por semana de seis días de agotador trabajo cuando les va bien.
La mano de obra original es casi siempre rural en primer término. Campesinos que cambian un suplicio por otro infierno que al menos les permitirá mal comer a riesgo de su propia vida. Muchos se convierten en carne de cañón porque entran a trabajar a las minas con más necesidad que información o conocimientos, sin una mínima preparación. Nadie los induce y conduce para ser mineros del carbón con un mínimo de oficio, todo lo aprenden al paso del tiempo gracias a la comunicación con los compañeros más viejos y expertos, a quienes la vida en las profundidades de los socavones y la práctica adquirida convirtió en maestros del oficio. Nadie les dijo antes de entrar a las grandes cuevas y túneles interminables a lo que se enfrentarían: accidentes, disminución de esperanza de vida y la muerte pronta si tienen suerte, miseria y pobreza. Deplorable calidad de vida por toda su existencia.
El cambio de actividad para muchos mineros del carbón es sólo un sueño mítico acariciado en sus noches eternas y oscuras soledades: “ya casi completo para largarme de este maldito antro infernal”. Pero lo que llega antes, sin falta, es siempre la muerte, dentro de la mina o afuera, cuando se retiran por alguna enfermedad asociada a su trabajo. Están también los condenados de la tierra, quienes jamás saldrán de esas negras tinieblas porque no tienen otra opción y sólo así logran mal vivir en la mayor de las miserias; no tienen ni tendrán oportunidades en otro trabajo. Para las autoridades y la empresa son un numero, no existen, ni ellos ni los trabajos alternos. Saldrán de la mina enfermos o muertos, sin pensión, sin servicio médico, sin atención de ninguna clase, únicamente para morirse de “viejos” antes de los 50. Desde tiempos inmemoriales en las zonas mineras de carbón de Coahuila no existe otra actividad productiva. Es la mina o la muerte, ambas serán inseparables para estos mexicanos abandonados a su suerte y a la explotación más infame.
Los viejos mineros que extraen el carbón y logran sobrevivir a años de explotación y sufrimiento tienen una esperanza de vida no mayor a los 55 años y en condiciones de enfermedad y pobreza extremas. Es probable que este sector productivo del país sea el más olvidado de todos y el más explotado. Apenas en 1972 los carboneros se incorporaron a los beneficios de la seguridad social institucional, y no todos, sólo una minoría lo logra por las trampas y ambiciones de los patrones y por los sátrapas que dirigen un sindicato corrupto hasta la médula.
Como en todas las profesiones y oficios de alto riesgo el margen de error dentro de la mina es cero. Quien cometa una equivocación en sus tareas, por negligencia o ignorancia, lo pagará caro con su propia muerte y la de sus compañeros, porque cualquier accidente en las profundidades involucrará, sin escapatoria, al resto de los que se encuentren presos en la misma ruina de túneles.
En ocasiones la naturaleza les cobra a los mineros por adelantado enterrando a sus trabajadores debido a los derrumbes frecuentes de los que difícilmente saldrán vivos. Los que se salvan quedarán impedidos y condenados a vivir una muerte más lenta y atormentada porque quedarán discapacitados en alguna medida, sin trabajo y sin ingresos. Nula protección social.
El gas grisú que se acumula en la mina es producto de la propia explotación del carbón. Viene con el producto, forma parte de él, emana de los pedazos de carbón que desprenden porque está en sus poros. Y en toda la mina. Su composición es gas metano, anhídrido carbónico y nitrógeno; es altamente inflamable y tóxico en determinadas concentraciones. El poder calórico del este gas es varias veces superior a la del gas propano y butano y aún del propio carbón. En determinadas concentraciones es el enemigo mortal de los mineros porque la explosión puede ser inminente y fulminante. Una sola chispa bastaría para causar una catástrofe multitudinaria como ya vimos.
Las tareas propias de la extracción del carbón, el tráfico y el ajetreo al interior de la mina, provocan la aparición de otro mortífero enemigo de quienes se dedican a esta actividad: el polvo de carbón. Mientras más fino es mayor su poder explosivo. Por esta razón la pólvora de los fuegos artificiales que disfrutamos durante las fiestas contiene el 15% de finísimo polvo de carbón.
La combinación apocalíptica se presenta cuando existen grandes concentraciones de gas metano o de grisú y de polvo de carbón flotando en la atmósfera de la mina en una misma nube letal. Y éste puede ser el inicio de una sucesión de calamidades mortales para los mineros que ahí se encuentren. Si los encargados de la seguridad de la mina no detectan el problema por negligencia, por complicidades con los patrones de la mina o por ignorancia y no se dedican a bajar las altas concentraciones de los gases, y por otro lado, a disminuir el potencial poder explosivo existente debido a la presencia del polvo de carbón, sólo hará falta una chispa para encender la mecha del infierno. O un lamentable accidente.
Cuando se produce la explosión, suponiendo que se origine primero por una alta concentración de grisú o de metano, cualquiera de éstos gases sería el detonante que producirá una descomunal reacción en cadena porque al estallar el gas, de inmediato se comienzan a encender, una a una, las millones de partículas de polvo de carbón y los gases que flotan al interior de toda la mina produciéndose una enorme explosión que desatará temperaturas de hasta 800 grados centígrados por todos los rincones del laberinto de túneles.
Los desgraciados mineros que se encuentren en el interior serán alcanzados primero por una enorme presión de cientos de kilos por centímetro cuadrado que les desgarrará los oídos, y puede desviscerarlos o descoyuntarlos y estrellarlos contra las paredes de la mina al levantarlos del suelo con una fuerza inaudita matándolos en forma instantánea. Apenas se darán cuenta de lo que ocurrió. Los insepultos, alcanzarán a ver por unos instantes el mismísimo infierno antes de morir; en fracciones de segundo, se les vendrá encima un gigantesco torrente de fuego blanco y amarillo que aparecerá inmediatamente después del trueno y provendrá desde el sitio en que se causó la explosión para recorrer todos los túneles de la mina; la ola de fuego los arrollará calcinándolos de inmediato convirtiéndolos instantáneamente en ceniza. En micro segundos les quemará la carne de todo el cuerpo hasta desaparecerla y enseguida les calcinará todos los huesos del cuerpo. No quedará nada para rescatar. Imposible salvar a nadie, su tumba eterna será el túnel en donde se tropezaron con la muerte.
En Pasta de Conchos, en Coahuila, nunca hubo 65 mineros vivos para salvar después de la aterradora explosión. Los viejos mineros lo supieron desde que sintieron el temblor en el suelo y al escuchar el gran estallido. De milagro no sucumbieron los rescatistas porque el nivel de gas metano superaba el 52% cuando el permisible debe ser del 1%. Lo midieron hasta que llegaron los gringos ¿y antes con qué lo median, con la nariz, a ojo? Criminales, ni siquiera tenían equipo para medir la concentración de gas.
Las autoridades federales y los dueños de la mina se enteraron desde el inicio que no habría ni un solo sobreviviente y lo ocultaron especulando con la esperanza de los familiares. No fue solamente un simple derrumbe sino una explosión gigantesca que demolió parte de la mina cancelando toda posibilidad de vida al interior de ese catafalco. Todos lo sabíamos.
El manejo de la crisis fue estúpido y convenenciero a favor de los intereses de la empresa.
Jugaron con el dolor de las familias por cuidar sus indecentes cochupos.
Nuevamente los foxistas con un representante del yunque a la cabeza dieron una muestra más de la gran indigencia moral y estupidez que les caracteriza. Y continuarán con sus infinitas torpezas ahora con la rebatinga sindical para inflar el problema en tiempos por demás inconvenientes.
Esta será una de las grandes tragedias mineras que tendremos que lamentar y recordar por muchos años.
Las autoridades federales y los dueños de la mina merecen nuestro más profundo desprecio.
Desde mi modesto espacio les envío un abrazo solidario y confortante a todas las familias afectadas.
A los mineros del carbón hoy conocidos y a los cientos que permanecerán en el anonimato los saludo con respeto y asombro.
Le recomiendo, inquieto lector, una estupenda novela de donde obtuve algunos datos para esta columna: La noche eterna en las minas. El autor es el ingeniero minero, Alfonso Mario Cárdenas Berrueto, y lo editó la Universidad de Nuevo León en el 2003. Consígalo, le va a gustar, es apasionante y aprenderá un poco más sobre el arduo trabajo que desempeñan estos seres excepcionales que son los mineros del carbón.

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