11 enero 2006

AGUSTÍN GRANADOS. El amigo que se fue...

Adiós al 2005. Se fue como el viento más suave.
Los que ven el vaso medio lleno, dirán, agradecidos, que es un año más de vida. En cambio, los pesimistas (optimistas informados) que nunca faltan, observarán que es un año menos de vida y que nos aproximamos todos al final del ciclo, cada vez más vertiginoso, y cada vez más solitarios.
El año que se nos acaba de echar encima sin ninguna misericordia, nos dejó, a varios, heridos del alma porque ya no veremos a algunos de nuestros seres más queridos.
Pero el nuevo año también trajo malas noticias. Mal inicio en esta rueda de la fortuna de la vida.
Más desiertos cada vez.
No sé a usted cómo le habrá ido en el año que pasó, suertudo lector, y en los pocos días transcurridos de este 2006; en mi caso, el nuevo año nos trajo la noticia de más ausencias dolorosas, se fue otro de mis grandes amigos, fruto del calor con que crecen las amistades en los años frescos de la preparatoria y de la universidad, de esos cuates que son para toda la vida y aún después. Ha muerto mi amigo, mi hermano, mi carnal y mi cómplice en innumerables y variados episodios que nos marcaron para toda la vida. Fue parte fundamental de esa familia que todos tenemos porque así lo decidimos en algún momento de la vida.
Su nombre era Agustín Granados, viejo periodista. Viejo comunista. Viejo amigo.
Me avisaron por teléfono desde el diario Milenio donde publicaba su columna “Dicen los que saben”, que apenas hacía unas horas había fallecido. La intención de la llamada a mi casa fue que los amigos entrañables se enteraran de primera mano y no por la prensa o los noticieros del radio.
Periodista innovador, reportero de corazón y perredista creador de la imagen de Rosario Robles desde el área de comunicación social del gobierno del Distrito Federal. Después perseguidos ambos con saña inaudita por sus propios “compañeros de partido”.
Inmejorable amigo. Poseedor de un ingenio brillante por inteligente como poco he visto, y no he vuelto a encontrar en mis tumbos por la vida. Informado y culto. Daba a sus amigos lo poco que tenía y también aquello de lo que carecía. Lo conocí desde los tiempos de la preparatoria numero siete de la UNAM, La Viga, en la ciudad de México. Activista político de toda la vida, lograron él y varios amigos más, imponer, por primera vez en la historia de la Universidad Nacional, a un director en su preparatoria, a un filosofo de oficio y maestro, propuesto por los propios alumnos y aceptado por la Rectoría: José Antonio Ruiz Acosta, y ahí lo sostuvieron varios años.
Ya escribía desde entonces. Su oficio lo hacía bien y lo hacía ver fácil. Recuerdo sus escritos en Siempre, Impacto y otras revistas y diarios de la época de sus inicios en el periodismo, por allá en los lejanos sesentas. Años reporteando para aquella Televisa del noticiero 24 horas de Jacobo, el informador más visto y añejo del país. Cubrió varios años la fuente de Presidencia. Recientemente colaboraba en los programas de radio de su cuate Pepe Cárdenas en Radio Fórmula como comentarista y analista. En ocasiones alternaba con Rafael Cardona en el mismo noticiero.
Con su voz cada vez más apagada pero con el brillo inteligente y cáustico de siempre. Entrevistador sagaz y crítico, dirigió varios años un programa de televisión en donde desfiló lo mejor de la cultura en México.
Amigo querido de los grandes periodistas de hoy y de siempre: de Jacobo, de Joaquín, de Marín; son en realidad incontables los amigos que deja sembrados. Varios de ellos alejados por la distancia quienes ya desde antes lo extrañábamos.
Desde la prepa le decíamos el Mandarían, por sus ojos medio rasgados y su pinta bonachona; chaparrito, blanco, regordete, simpatiquísimo, bien vestido y siempre preocupado por su figura. Galán. Esa pinta era engañosa, tenía la mecha cortita porque cuando era necesario se la sabía jugar contra lo que fuera, sin medir tamaño ni peligro, en particular por sus amigos y por todo aquello en lo que creía. Era tan aguerrido que durante la fiesta de su boda civil armó una descomunal zacapela que abarcó varias cuadras alrededor de la casa de Olga Harmony, su maestra de teatro, amiga de toda la vida y colaboradora de La Jornada. Participó activamente en el movimiento del 68. Reportero de guerra en varios países lo que le permitió acumular experiencias para escribir un libro contándonos sus vivencias.
En las incontables reuniones en que participamos los amigos del círculo cercano, y en varias ocasiones con otros, no había persona mejor informada ni con el ingenio más agudo y avispado que Agustín Granados. Discutidor inveterado, argumentador rápido, espeso y envolvente, conocedor de políticos de toda laya. Experto en el tira tira verbal jamás perdía una discusión inteligente. Al llegar al límite, sostenía “para que discutir algo que podemos arreglar a madrazos” y se convertía en una fiera. Al paso del tiempo se sosegó sin perder nunca su brillo inteligente.
Versado en política nacional y muy entendido de los entretelones del poder.
Recuerdo una entrevista memorable que le hizo a López Portillo a 10,000 pies de altura, poco después de que destaparon al candidato de su partido en el quinto año de ese sexenio, cuando comienza a menguar el poder, durante un vuelo de regreso a la ciudad de México y después de una gira. Al preguntarle al presidente algo sobre el tema, Agustín inició con “usted fue un presidente que... ” lo que provocó un reproche airado del mandatario, reclamándole a Agustín porqué usaba el verbo en pasado si él aún era el presidente de México y se produjo un distanciamiento entre ambos que duró varias semanas hasta que hicieron las paces con un abrazo en Los Pinos.
Su ausencia física nos abre un hueco imposible de llenar.
Desde su adolescencia era un infaltable al café Esla y antes al Campoamor, ambos en el centro histórico de México; después en el Continental y recientemente en el café de un conocido hotel del centro de la ciudad de México. Y también asiduo de aquel mítico café París instalado en el Penthouse de Ruiz Acosta amadrinado por Jimena, su hija y la hija de todos. Persistentemente en el centro de su entrañable ciudad de México que lo cobijó por siempre.
Perito altamente calificado en cantinas de todos los rumbos de la ciudad de México, las de lujo y las rascuaches.
Cuando salía más de tres días de ese infierno que siempre ha sido la ciudad, le dolía la cabeza y los ojos y le atacaba una nostalgia que le provocaba una tramposa depresión y tristeza, cuyo único remedio eran las parrandas interminables, hasta que un buen día, le dijo a adiós a los tragos y a las eternas juergas de ron y tequila. Al segundo día de ausencia de la ciudad, extrañaba los ruidos, el palpitante soplo y los aromas del centro de Distrito Federal.
Chilango de cepa, nativo de la Peralvillo al igual que su primo carnal, amigo inseparable y más que hermano Luis Vega. Los dos junto con el asombroso Lorenzo Martínez fueron topógrafos expertos en una dependencia del gobierno federal, en donde inventaron el planígrafo, que no existía pero que “así se llamaba en Alemania”, según le dijeron al ingeniero en jefe, para no dejar en evidencia su desconocimiento técnico porque en ese momento operaban como ingenieros. Periodistas multifacéticos que podían asumir sin rubor diversas personalidades que adoptaban según se ocupara. Y la gente se los creía.
En una ocasión, siendo aún unos niños, en compañía de su primo Luis, Agustín se lanzó desde la azotea de su casa en la Peralvillo intentando volar como un súper héroe... pero no pudo y pasó varios meses fracturado y en recuperación hasta sanar completamente.
El panegírico de Agustín estuvo a cargo de Humberto Musacchio, otro de los brillantes entrañables amigos de ese pequeño grupo de cofrades, colaborador del diario Reforma y de la revista Siempre; autor del monumental Diccionario Enciclopédico de México y de los Diccionarios del Distrito Federal y de Nayarit.
Y qué decir de esa estoica y entrañable mujer, compañera, amiga constante y también cómplice de todos, pero más de Agustín con quien vivió toda su vida: Maricela quien conserva una fortaleza interior que impresiona a cualquiera, pero, aún así, sufrirá una ausencia dolorosa y triste, porque se le fue un amigo más que un esposo y compañero. Para Jimena y Mariana, sus hijas, tengo un sentimiento de afecto inmenso, ambas fueron nuestras compañeras de juegos y farras desde siempre, desde que fueron concebidas por Mari y Agustín, hoy son hermosas mujeres que tienen una vida hecha y siempre quisieron, por encima de todo, a su padre, al Osi, Agustín Granados. Siempre estuvieron con él.
Testigo de calidad de estas hazañas parranderas de las entonces nonatas Jimena y Mariana fue doña Laura Somellera de todos mis respetos, quien certificó el fin de varias parrandas de Jimena acompañando a sus futuros padres sin haber nacido, y recuerdo que Laurita, entre asustada, enojada y divertida por lo que ella consideraba un exceso de Agustín y Maricela, les propinó varias regañadas a los futuros padres trasnochados quienes la recibieron perfectamente crudos y con un cinismo encomiable que le provocaba a doña Laurita una risa incontenible por las pesadas bromas de Agustín.
Agustín era un tipazo.
Y a partir de hoy un mito y una leyenda.
Descansa en paz Agustín Granados.

1 comentario:

  1. Yo sé, porque me consta, que quienes dinamitaron la estatua del ex presidente Miguel Alemán Valdez fueron Agustín Granados Granados y su primo Luís Granados, que contrataron a unos "pedreros" de las minas de basalto del Pedregal de San Angel, cincelaron una oquedad en el cuello y pusireon unos cohetes de dinamita, con mecha lenta, se bajaron de estatua con una escalera de madera que llevaban y corrieron unos 50 metros. Explotó la carga de dinamita y...no pasó nada, pero unos tres minutos después cayó la cabeza, con gran estruendo.
    Quienes financiaron la operación fueron dos abogados que representaban al Lic. Miguel Alemán que se llaman (todavía deben vivir) Carlos Cruz y Pablo Monsalvo. Esos licenciados tenían o tal vez todavía tienen su despacho en la colonia del valle Sur y Agustín me dijo que la orden de derribar la estátua fue dada por el mismo ex presidente Alemán, que ya estaba cansado de que la vandalizaran cada rato y prefirió que la destruyeran.
    Agustín Granados, era miembro de las juventudes del Partido Comunista Mexicano, pero también recibía un moche que le dana los abogados mencionado, yo lo acompañé varias veces a cobrar.
    Granados pertenecía al grupo cercano a Carlos Monsivais, pero ni el PCM , ni "Monse", supieron nunca de esas aventuras "extra curriculares" de los primos Granados.
    Granados había fundado en la Prepa 7 (UNAM) el "Grupo Cultural
    Ricardo Flores Magón" que en realidad era una célula de la "Juventudes Comunistas" y donde Agustín no tenía ningún cargo pero el lo manejaba; había un chico que era el presidente de ese grupo (ya no recuerdo su nombre) y yo era el vicepresidente.
    Años después Agustín Granados tuvo un programa en Televisa, en el que trataba de suntos sociales/políticos, dicho programa se trasmitía por canal 2 y desapareció al morir Agustín (cáncer de garganta, fumaba mucho). Yo supe que el programa televisivo se lo dieron por recomendación del Lic. Miguel Alemán Velazco, hijo del ex presidente y socio de Televisa.
    Fue Agustín Granados quien me denunció como activista del movimiento estudiantil de 1968 por el que me expulsaron de la Fac. de Derecho y estuve preso.
    ¡Agustín Granados Granados era comunista y alemanista!

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