13 marzo 2006

MENTIRAS INOLVIDABLES. LOS ESCALPELOS DE LUPA CIUDADANA

Es meritorio y muy agradecible el esfuerzo ciudadano que impulsa la estupenda revista Letras Libres dirigida por el historiador Enrique Krauze para crear un espacio público ciudadano de análisis político en Internet llamado Lupa Ciudadana (http://www.lupaciudadana.com.mx), en donde se lleva un implacable registro y análisis de las propuestas que hacen los tres candidatos más fuertes en competencia por la presidencia de la república. Krauze, uno de los progenitores de ese espacio cibernético al alcance de cualquier interesado, afirma: “La idea, original de Gabriel Zaid, es crear una memoria crítica de las declaraciones y promesas de los candidatos a la Presidencia de la República. Se trata, según indican en el sitio, de “Impedir o por lo menos acotar la impunidad declarativa... Es un trabajo de años, que se logra luego de una presión sostenida de la sociedad organizada a través de los medios”. Agregan, además, “De forma gradual, la sociedad tenderá a hacerse más exigente, a no contentarse con escuchar las propuestas disparatadas de los candidatos pasivamente, a llevar el registro de lo que dicen y exigir su cumplimiento”. Y disponen también de una tribuna de fácil acceso para comentarios del público.
Es tan contundente y eficaz el nivel de análisis aportado por esta Lupa, que sus conclusiones me obligan a pensar hasta ahora, que tenemos candidatos con inclinaciones fanáticas hacia el humorismo involuntario; o que en lugar de tomarse la hierba buena en una infusión, se la fumaron. No conocen la cruda moral ni la mesura. Lo único que existe para estos próceres es el presente del mitin y la apasionada rendición de la muchedumbre entregada cual virgen a un fauno. Ahí no existen los límites.
Cuando examinamos las propuestas y sus reales alcances recitadas por los candidatos de los tres partidos grandes, recopiladas sistemática y ordenadamente por Lupa Ciudadana, se confirma la tesis de que las masas son entes fácilmente manipulables porque sus niveles de conocimiento de la realidad pertenecen, únicamente al ámbito irracional de las emociones y nunca de la razón.
Para los exaltados políticos no importa el mañana, les interesa el mitin del día y la muchedumbre que tienen enfrente convertida en un animal sediento de esperanza, de una ilusión que morirá en cuanto regresen a su realidad cotidiana para renovarse dentro de seis años o en cada elección.
Y también subsiste la impresión, ahora rigurosamente documentada, de que los candidatos son, en esencia, abusivos y malintencionados en sus frecuentes ataques de incontinencia verbal, en especial cuando analizamos sus propuestas y las llevamos a otros ámbitos de estudio y análisis que no están afectados por la pasión partidaria o la algarabía esperanzada de la masa popular, sino por la luz perturbadora de la inteligencia informada.
Desde luego que las plazas de los mítines, la escenografía, los ambientes festivos y sus manifestantes se confabulan para que no existan preguntas incómodas a los cándidos candidatos, ni oposiciones que los inquieten, y mucho menos críticas fundadas a sus ofrecimientos paradisíacos. La muchedumbre que asiste a un mitin, de cualquier color y geometría, sólo está obligada a escuchar, si acaso a emocionarse y aplaudir cuando le sugieren que debe hacerlo o cuando es arrastrado por la ola del “entusiasmo” contagioso de las otras víctimas. La forma de protestar del típico asistente a un mitin, cuando lo obligan a padecer esa tortura, será el mutismo; pero las más de las veces, quien asista, alabará y gritará a rabiar si lo que “piensa” que le están diciendo coincide con lo que él cree que puede ser “bueno”, que estaría “bien”; o tal vez se pondrá eufórico cuando escuche algo “provocador”, o cuando en ultima instancia simplemente “sienta” que le conviene porque oyó el verbo “dar” conjugado varias veces en futuro asociado con “millones”. El irreflexivo integrante de esa masa, festejará todo lo que diga “su” candidato si alguna de las cosas que propone tienen que ver “la ideología del partido”, lo que sea que signifiquen estos términos para quien escucha el flamígero discurso y para quien lo pronuncia. Los perspicaces candidatos siempre tendrán a la mano recetas incendiarias garantizadas, fórmulas discursivas que han resistido la prueba del tiempo y demostraron ser de alto impacto para excitar el arrebato y el aplauso fácil de la multitud.
Durante el mitin, el líder guiará su camino con el aplausómetro, tendrá en cuenta las expresiones corporales de la muchedumbre y su calentura masiva; percibirá en aquella concentración informe y pasiva, gratuita y dispuesta, las emociones que le produzcan alegría o enardecimiento. Ese es el momento crucial, en que el candidato descubre las claves, y encuentra el camino correcto para hilar un discurso “exitoso” y salir triunfante del mitin. Comenzará a provocar esas reacciones “espontáneas” en la masa manipulando los botones correctos para causar el mayor impacto en los oyentes, usando demoledoras frases que rematen en promesas, y lleven a su audiencia al paroxismo, a la lisonja, a las porras por contagio, y tal vez, hasta las lágrimas, si tiene suerte y es su día. Ese es también el momento en que el candidato supone que existe la sensibilidad indispensable para dar a conocer sus lúcidas “propuestas”, y entonces verterá torrentes de ideas, gestos y acciones futuras que le permitirá, a él y sólo a él, salvar al país de la miseria y el atraso en que se encuentra, según jurará el prometedor en turno. En esos momentos de afinidad con la masa, importará muy poco si lo que promete o dice el candidato es una verdadera estupidez, algo incumplible o un auténtico y descomunal disparate, él lo dirá de todas maneras aunque sepa que no es real lo que está proponiendo; no se detendrá aún cuando tenga la seguridad de que le será imposible cumplir su interminable retahíla de ofertas. Y prometerá más, una y otra vez, porque en su discurso se escuchan bien, impactan duro, suenan reales, y sabe que con ellas tendrá en el bolsillo a la multitud por unos minutos. Mañana será otro día. Los fantasiosos candidatos tienen, además, la certeza de que nadie les reclamará sus incumplimientos, asumen que ningún decepcionado ciudadano les pedirá cuentas de sus actos y promesas, inmediatamente convertidas en quimeras, porque todos los que aspiran al poder juegan un viejo juego perverso que nunca se desgasta: las multitudes no tienen memoria. Y los mexicanos menos.
Pues les tengo buenas noticias a los señores candidatos. Resulta que la impunidad propositiva, esa gelatinosa diarrea que los ataca provocándoles incontinencia verbal, se terminó. Y la catástrofe inició con la aparición del primer regurgitador nacional de dislates que más y mejor se ha registrado en la historia de México: el señor Fox, durante su campaña y a lo largo de toda su patética administración. Hoy todos tenemos en la memoria sus tremendos disparates declarativos y propositivos que funcionaron como un gancho emocional para lograr votos de los ingenuos y desinformados mexicanos. El registro de los infinitos dislates foxistas quedó grabado para la historia en los efímeros medios de información, y a pesar de que no se tenía una memoria ordenada ni un análisis crítico sistemático de sus desmesuradas propuestas, eran tan grandes las tonterías y tan festejadas las barbaridades expresadas, que subsistieron en el recuerdo colectivo gracias a la insistencia de los medios y a la labor pertinaz y comprometida de algunos analistas y columnistas.
Para fortuna de todos, ahora existe un espacio ciudadano para la memoria y la historia política, que registra y ordena las propuestas de los candidatos, y después, las somete a un riguroso análisis con expertos de verdad en cada uno de los temas, quienes las califican del cero al diez según su viabilidad. Casi la totalidad de las “mentiras inolvidables” que nos recetan los suspirantes del poder son reprobadas, no se salvan ni de panzazo, lo cual quiere decir que dichas “propuestas” son inviables por diversas razones, entre otras, por limitaciones presupuestales, otras de orden político, de equilibrio de poderes, entorno internacional problemático, por la previsible ausencia de acuerdos, incultura política, errores de cálculo, restricciones de orden sindical y laboral, rígidos marcos jurídicos, carencia de cuadros capaces, distintos ámbitos de competencia, corrupción infinita y una extensa variedad de argumentos y limitantes de carácter técnico, social, político e histórico. O reprueban simplemente porque sus propuestas alcanzan la categoría de auténticas estupideces, que reflejan el gran desconocimiento del tema por parte del candidato hablador y mentiroso. Sus promesas no pasan las pruebas de “consistencia, cantinflismo y factibilidad” que les aplican en la Lupa Ciudadana. Y que decir de aquellas sesudas ofertas que suponen estar descubriendo el hilo negro y resultan tragicómicas en la realidad de hoy porque ¡ya existen!, están funcionando y tienen un marco legal que las acota.
Los amigos de la Lupa Ciudadana están haciendo su labor, muy encomiable insisto, y ahora le toca a usted, inquieto lector, informarse para impedir que uno o varios políticos le vean la cara de tonto en las próximas elecciones por dejarse convencer mediante grandilocuentes promesas huecas.
Un votante informado siempre será mejor para el país porque no votará por aquellos candidatos alucinados o rabiosos, ni por sus propuestas disparatadas e inviables.
Votar sin un razonamiento mínimo de lo que fueron y representan hoy los partidos y sus candidatos nos puede llevar a los mexicanos al suicidio político.
Las consecuencias de emitir un voto mayoritario a favor de un sectario chivo en cristalería serán incalculables para el país. Un error de apreciación o una irritación mal resuelta a la hora de votar, nos puede costar a los mexicanos cuando menos 12 años de reparaciones y cirugía mayor, menos desarrollo para todos y estaremos en riesgo de perder una generación por llevar a un bufón mentiroso, incompetente e ignorante a la presidencia de la república.
Sin embargo hay que ser optimistas y pensar que la mayoría de los electores ahora sí decidirá con el cerebro y no con las encuestas. De usted depende, suertudo lector, el barco es suyo. Ah, nomás no se le olvide que en la panguita vamos todos, unos de aventón y otros remando con fuerza.

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