¡Ahí viene la plaga! Los vendedores ambulantes son incontenibles, tienen el don de la ubicuidad y demuestran palmariamente la teoría medieval de la generación espontánea. Nadie podrá con ellos. Aparecen de la nada. Tendremos que aprender a convivir con esta calamidad por consumir sus chucherías, fritangas y menjurjes de todo tipo que venden. Conozco a comerciantes que tienen negocios formales pero ahí están. ¿Porque? La verdad no lo sé y tampoco se los he preguntado. Cada vez habrá más y más. No hay freno, ni ley, ni autoridad de ninguna clase que se los impida. Al principio, cuando se establecieron, nada ni nadie los contuvo, ahora... menos. Están por toda la ciudad, en todas las calles.
Sostengo, que donde haya tres personas en un puesto callejero o ambulante, la ambición de dos de ellas será tener, algún día, su propio negocio: un puesto ambulante en la calle. A la primera oportunidad. Será su máximo interés en la vida. La generación espontánea en su máximo esplendor.
Con el desarrollo material y social nos llegan formas de comportamiento de las grandes ciudades, llegan muchas cosas buenas, pero también las plagas.
El diccionario de la Real Academia Española dice que ambulante es el “Que va de un lugar a otro sin tener asiento fijo”. Habrá que inventar algún otro nombre para éstos “emprendedores históricos” porque algunos de ellos ya tienen un lugar fijo en la calle. Ya se despliegan siempre en “su” mismo territorio: el malecón costero. Donde haya más luz para que se vea bien la “merca”, o donde haya luz pero también un poco de música, para no estar tan aburridos cuando escaseen los paseantes convertidos en clientes.
Para lograr su propósito de permanencia, los ambulantes usarán los mismos procedimientos delincuenciales que se acostumbran en estos casos: primero se asociarán con otros ambulantes y para esto con tres la hacen; enseguida, presionarán a las autoridades para que les den un permiso por centavos, porque son pobres, o para que se hagan de la vista gorda; seleccionarán “sus” espacios: las calles o sitios con más tráfico de personas, sea donde sea; responderán, ya “organizados”, de manera corporativa y violenta ante posibilidades de desalojo; y terminarán prometiendo a las autoridades que, si los dejan, votarán siempre por ellos para respaldar su ambición permanente de poder. Con eso tenemos para padecerlos por toda la eternidad. Ante cualquier amenaza a su ilegal actividad, les queda también, recurrir a las “instancias legales” para solicitar un amparo que, sin excepción, les será otorgado por jueces a modo que han desprestigiado y prostituído hasta el hartazgo esa noble institución de defensa que es el amparo en contra de actos ilegales de las autoridades. ¿Con que razones jurídicas puede un juez otorgar un amparo a un ambulante, quien de manera contumaz está violando la ley? La opinión pública sabe perfectamente bien porqué lo hacen y sus razones obedecen a la corrupción, el dinero y las complicidades. Es vergonzoso.
Usted puede encontrar hasta 40 en una sola manzana o más, depende del lugar y del tráfico que exista en donde decidan asentarse. Porque ellos lo deciden, olfatean y corrompen los buenos lugares.
Era sólo cuestión de tiempo para que un paseo magnífico y decoroso como el malecón costero de La Paz se llenara de ambulantes. Existen algunos especimenes en la ciudad que ya tienen “derecho de piso” ¿y sabe usted porqué? Pues porque “acumulan” tiempo en el mismo lugar y con ese argumento bizarro de la permanencia, de la impunidad, ni quien los moleste. Lo primero que alega “el perseguido” es que su pequeño restaurante o tendido en la calle ya tiene mucho tiempo ahí. Algunos varios años, y que por eso no los puede quitar nadie. Esa es “su razón” y, en efecto, nadie los molesta. Su argumento es el tiempo que han subsistido impunes, al amparo de una cómplice y tolerante autoridad. ¿Y sabe usted lo que hacen las autoridades municipales? Nada, los aceptan como un hecho bíblico y ahí los dejarán por los siglos de los siglos, porque desalojarlos les quitará votos en la próxima elección. Prepárese lector, en un futuro no muy lejano, tendrá que pasear por el malecón esquivando triciclos con elotes o globeros o rastas artesanos, algodoneros, paleteros o lo que sea. Sin faltar los montones de excremento de las mascotas incontinentes de dueños irresponsables. Tendrá usted que caminar a brinquitos para librarse de la mierda fresca de todo tipo. O de plano dejar de ir. No falta mucho para que el malecón de La Paz se convierta en el mayor mercado de ambulantes en el estado, como los del centro del D.F. gracias al neocorporativismo de los perredistas, los recientes pastores de esta futura, y productiva en todos sentidos, clientela política. Por ahora tienen tres kilómetros para asentarse, eso mientras terminan la ampliación del malecón. ¿Si ya dieron un permiso porqué no dar decenas?
Vea usted como esta ahora el malecón. He contado no menos de 30 ambulantes de todo tipo en días normales más los que se acumulen de aquí a que se publique ésta columna. Multiplique esta cantidad por tres los fines de semana. Emergen como espectros, desde la “afable” viejita que un día brotó de la nada, al igual que todos ellos, como extraída de los 120,000 ambulantes invasores del Centro Histórico del D.F. y que pone su mesa con dulces y chucherías y se funde en una silla permaneciendo inmóvil e inmutable, hasta los eventuales de uniformes raros que venden cocos fríos usando máquinas extraterrestres. Un rasta y su chica embarazada que enseña a los cuatro vientos, con orgullo, su panza pelona y que venden chucherías hechas a mano; otros más de cabellera larga, con trencita o de colita o así nomás o con su paliacate, con su tendido y sus sillas; y los que alquilan por tiempo los brincolines y múltiples juegos inflables que suben a sus carros de lujo cuando terminan. Los de los tacos y las hamburguesas que inundan con su miasma tres cuadras a la redonda. Pero también están los que venden esquites, elotes y raspados en sus triciclos tienda; los que venden artilugios luminosos como los que se encuentran cuando vienen los merolicos escandalosos al dizque carnaval. Familias enteras dedicadas a vender en la calle, en las que, el esposo pregona, la esposa anuncia y los hijos con edad suficiente aprenden el oficio vendiendo, mientras en una carreola espera su turno otro futuro ambulante. Los de las flores para románticas parejas. Los que venden cuadros y artesanías. Otros, eventuales, como vieron que no pasa nada, han hecho su tendido con exhibidores rodantes para colgar ¡ y vender ropa!. Los que alquilan carritos eléctricos. Vendedores de café. Aparecen de pronto amas de casa y morritas vendiendo agua y refrescos fríos que extraen de una simple hielera. Fotógrafos. No falta la doña, aunque ésta también es eventual, que vende ricas garnachas, sopes y quesadillas en el restaurantito que arma y pone a funcionar en décimas de segundo. Y no siempre, al menos no todavía, alguna que otra piruja sin rumbo, aunque sin exhibir un sentido de pertenencia maleconero, porque aún se siente fuera de lugar. Unos han visto el progreso súbito y ya tienen hasta dos puestos... por ahora. Antes estaban solo los viernes, sábados y domingos y de cajón en cualquier evento. Brotan espontáneamente, de la nada, y desparecen en un santiamén. Ahora ya están todos los días formando parte del paisaje maleconero. Todos ellos ya tienen el sagrado “derecho de piso” que les da otra especial prerrogativa paceña: la “antigüedad”, aunque sea de horas o días. Y como nadie les dice nada...
En el colmo del absurdo ya sucedió lo inaudito, apareció ¡una gringa! joven y güerita que también saca su trapo, extiende sus chucherías y a vender. ¡La antitesis del sueño americano! Kafka avecindado en La Paz.
¿Y la espléndida Casa del Artesano Sudcaliforniano? ¿Se acuerdan de ella?
Y lo que es peor, cualquiera pone una mesa con sillas en plena calle, su ansiado restaurantito, y comienza a destazar las folclóricas almejas chocolatas arrojando toda su inmundicia al agua que tiene justamente enfrente, al fin que “no pasa nada porque los desperdicios se los comerán las gaviotas”, dicen. Incluidos los desechos que ellos generan, porque no tienen baño, más las conchas de las almejas. No les importa la descomunal pestilencia que generan los desechos de las almejas por su rapidísima descomposición; si usted ha aspirado el olor de una almeja muerta, descompuesta, podrida, sabe de lo que estoy hablando: es de vómito seguro, sin exagerar. Ahora multiplíquelo por 600 almejas diarias que se venden en el “restaurante”. A nadie le ha importado que al pasear las personas, turistas o locales, frente al “negocio” o de cara al “tiradero” en el mar, tengan que taparse las narices para evitar la peste y caminar rápido para no sentir nauseas. Los mismos policías han sacado costales de conchas de desperdicio del mar a donde fue arrojada la basura ¡y no pasó nada! De verdad nada, solo sacaron el costal lleno de conchas y lo llevaron al otro basurero. Fue todo.
En este desmadre, hoy, cualquiera saca su trapo, su mesa, sus elotes, su silla, su hielera, sus globos, su cachivache, sus almejas, su artilugio, su trique, su carrito, su jueguito, su armatoste, su... lo que sea, ¡y a darle! lo extiende, lo arma y se pone a vender, pues para eso les pusieron su malecón, ¡faltaba más!
Los ambulantes ya pasaron la prueba de fuego: cuando se asentaron en su lugarcito meleconero nadie les dijo nada... Y en su torcida y acomodaticia mentalidad asumieron que ese lugar ya es de ellos.
Si en definitiva, como parece, los van a dejar pues hay que cobrarles ¿no le parece? Total, ya jamás se van a quitar de donde estén. ¿Cuánto le gusta a usted que cueste el metro cuadrado de malecón nuevo para renta? Haremos el ejercicio y estimaremos unos 300 pesos el metro cuadrado de un local normal maleconero, pero como no es propiamente un local y carece de servicios, pues que sean 200 pesos diarios por metro cuadrado para el Ayuntamiento. Si alguien pensó que los ambulantes se asustarían con ese precio no sabe lo que ganan algunos de ellos. Es más, pagarían eso y cualquier tarifa que les pongan. Un almejero ambulante maleconero vende no menos de 600 pesos diarios, por ejemplo, de las 10 a las 13 horas. Más que muchos comercios establecidos. Los taqueros de Hacienda, que tenían su restaurante de cuatro mesas en plena calle vendían no menos de 15,000 pesos diarios. Por esa razón nadie lograba quitarlos y conste que se agenciaron ¡tres amparos!, hasta que las autoridades ganaron el juicio y lograron removerlos de ese lugar del que ya se creían los dueños. Es una muy buena noticia pero aislada. La mala es que, a varios de los que logran quitar de un lugar es para que se instalen en otra calle. Habrá que exigirles a los que venden bien que se instalen en un local e impedirles que continúen adueñados de las calles de manera permanente y abusiva. Sé que es una pésima ocurrencia la de cobrarles, lo reconozco. No están en la calle porque sean pobres o porque no consigan empleo o no encuentren un local adecuado ni pretextos parecidos. Están ahí simplemente porque lo que instalan es un buen negocio, y un negociazo en algunos casos. Invierten casi nada porque poco les cuesta. Sabios conocedores de la economía y del mercado, invierten lo menos para ganar lo más en tierra de nadie. Las blandengues autoridades lo permiten. Les temen pero los usan. Así que preparémonos todos.
Diosa griega de la "redistribución" o del equilibrio. Su labor era castigar a aquellos que cometían crímenes y quedaban impunes, a la vez que recompensaba a los que sufrían injustamente. Bajo este nombre se publican todas las columnas que aparecieron en el periódico El Sudcaliforniano en La Paz, Baja California Sur. A partir del 7ene2017 solamente se publican comentarios y algunas columnas en este Blog.
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