17 abril 2005

EL PESCADOR... UN ADIÓS SINGULAR

Las campanas de la Basílica de San Pedro tañeron a muerte. Un hombre admirable y magnífico recibía el ultimo tributo a su obra de 26 años, en los que llevó sobre su espalda una obligación preciosa a la que amó y disfrutó entrañablemente.
Patriarcas, reyes y reinas, presidentes poderosos, enemigos perfectos, presentes las razas del mundo, sin edades y sin tiempo. Todas las lenguas y las voces, fueron escuchadas rindiendo el postrero adiós a tu legado y a tu pasión por la vida. Nadie estuvo ausente, los grandes y los pequeños, todos tus hermanos. Ateos y creyentes con dioses disímiles, niños, jóvenes, viejos y ancianos.
Como si te hiciera falta, los amigos y dignatarios de las religiones del mundo, estuvieron presentes con sus plegarias, para asistirte e iluminar las avenidas que cruzarías, y así, tener la certeza de que todas las puertas fueran abiertas y trascendieras más cómodo el largo viaje, el ultimo vuelo.
Hombre de fe, de multitudes y de soledades, carismático y humilde, de valores y reflexión, convocante permanente por la paz.
Trato de rescatar en la memoria, propia o ajena, un acontecimiento o una celebración por lo menos parecida y no recuerdo ninguna. Nada que iguale este rito milenario en su magnificencia y fortaleza, en el lujo y la sencillez, y en la impresionante y apacible alegría de los que te acompañaron en el camino a tu ultima morada. Era una amalgama de emociones y rituales extraña pero explicable por el enigma de lo obvio, que solamente tú supiste conquistar. Nadie más. Fue más una fiesta para asentar el espíritu. Galas para un hombre inigualable.
Como olvidar, jamás, esa solemnidad gloriosa de la misa funeraria, donde todo encajaba, donde nada se veía forzado ni fuera de lugar, como si tu despedida la hubieran ensayado durante años para que fuera perfecta. La multitud se movía como las olas del Bermejo, apenas un poco, para no turbarte. Muchos nunca lo volveremos a ver, será irrepetible.
Un féretro de madera simple, la más sencilla, de ciprés, el más humilde féretro que haya visto. Un cajón único, desolado e imperturbable, en medio de todos, que contrastaba con la inmensidad de la fiesta litúrgica y la antiquísima aristocracia de la muerte de un Papa. Diseñado con una candidez absolutamente perfecta, natural, original. Lo mínimo para enfundar el cuerpo y descansar en paz, sin los estorbos fatuos y pesados de la joyería y los ornamentos inútiles. No te llevaste nada de más, solo lo necesario para el viaje. Cero adornos, solo tu vestimenta de gala, tu mejor traje, para llegar presentable y ligero a la cita celestial.
Se marchó el hombre más poderoso de la tierra, al que la enorme multitud aclamaba: ¡Santo Subito!, en medio de una interminable loa de aplausos de 2000 millones de fieles que siguieron el réquiem. No solamente en la plaza de San Pedro sino en toda Roma y sus alrededores. Y en tu amantísima Cracovia. En todo el mundo repicaron las campanas a muerte y a gloria. Un Papa, un hombre que cambió el mundo y nos dio nuevos mapas de geografía en donde se localizaba ya, con facilidad, la palabra libertad.
Un bello funeral. Sosegado. Una muerte oportuna, justo cuando el alma ya había decidido abandonar el cuerpo para liberar tu esencia peregrina. Tu partida fue como si todos los viajes que acumulaste te hubieran ayudado para agarrar vuelo y salir más aprisa y para que nada te detuviera.
Había una serenidad nunca vista en la multitud. Sin arrebatos por la doliente pérdida. Con la calma de quien sabe que, al que se fue, le espera una recóndita felicidad que en la tierra no hemos conocido.
En la misa monumental, la muchedumbre confesó sus pecados y comulgó en solidaridad contigo. Rezaron y pidieron en todos los idiomas por el descanso eterno del amado Pescador.
La salida y la llegada, cuando la muerte se convierte solo en el comienzo de algo más y mejor.
Y en el viaje, te acompaña la dulce sinfonía de las campanas del mundo, tocando en tonos universales para aliviar la soledad de la partida y apaciguar la nostalgia de una separación que, no por esperada, te dolía menos y nos lastimaba a todos.
Cómo olvidar tu sobrenatural despedida de los mexicanos, de tus hermanos mexicanos, quienes juran que te vieron paseando en el Papamóvil por todo Insurgentes, y por Reforma, para llegar a la vieja calzada de los Misterios y despedirte, como Dios manda, de la morenita, de Guadalupe, la que eternamente te quiso, y a la que siempre veneraste con sensibilidad, ternura y respeto. Torrentes de gente en las calles y camellones, lo dejaron todo porque dijeron que iban a ver al Papa y en verdad te vieron. Fueron miles los que aseguraron haberte visto de nuevo: ¡ahí va! ¡ahí va! Unos a lo lejos, apenitas, otros de pasadita, y dijeron, gozosos, que ibas sonriendo y bendiciendo a los ruidosos mexicanos, a pesar de que nunca te dejaron dormir bien, porque siempre estaban canturreando bajo tu ventana. Paseaste feliz por el centro del mundo, muy quitado de la pena, por ultima vez, en las calles del México Siempre Fiel, sin fatiga, ligero y dispuesto, porque ya el frágil cuerpo no te importunaba. Y todo vuelve a comenzar, para ti y para nosotros, en este retozo eterno de la vida y de la muerte, del ir y venir, del “me voy pero no me ausento”. Y mira... te quedaste para siempre en nuestro corazón, en un lugar muy especial, en el que nada se borra y en donde nunca se olvida.
Te despidió un cálido y permanente aplauso, colmado de susurros que parecían oraciones o súplicas para implorar que no te fueras, con una serenidad conmovedora. Tan grande pérdida no provocaba llanto, ni dolor, sino una cierta alegría en la que todos éramos tus cómplices porque sabíamos a donde te dirigías.
El ímpetu de tú fe, hizo fácil la penitencia y los alegres encuentros pastorales con fieles en más de 150 países. Vimos tu alborozo en las místicas reuniones espirituales con más de 70 millones de personas en el mundo, en las que tu cuerpo, poco a poco se fue haciendo más frágil y quebradizo. Pero lo lograste.
Desde el principio de tu venturoso ascenso al Pontificado de Roma, cuando eras fuerte, vigoroso y joven de corazón, todos te quisieron, sin condiciones, y gratis como debe ser el amor de verdad. ¡Que celeste unanimidad!. Pero también te veneraron con respeto. cuando te convertiste en un agradable viejo, cada vez más lento y enfermo, cuando ya sin fuerza, aún intentabas bendecir multitudes lográndolo con dificultad; y aunque muy cerca del final de tu vida solo lo intentabas hasta que ya no pudiste hacerlo, y aún así, no sé porque razón, los fervorosos creyentes siempre la recibían, agradecidos por tu descomunal esfuerzo y te devolvían carretadas de aplausos y oraciones. Sé que nos abrirás el camino, como siempre, porque para eso son los lideres de tu tamaño.
Y otra vez la persistente imagen de esa expectante devoción centenaria y silenciosa de millones de fieles, sin tragedias, serenamente alegre, casi de santidad.
Cuando por fin decidiste retirarte y dejarnos para siempre, quisiste girar en círculo en el atrio de la que fue tu casa por tantos años, para que todos te vieran y despedirte bien, ahora sí, de verdad, para reunirte a descansar y conversar con Pedro y tus hermanos mayores.
Bueno, ya te dejo, porque no deseo que te ocurra lo que a las palomas de tu ventana cuando se negaban a volar desde tu regazo. Entendemos bien que te marcharás, por un motivo muy simple, porque eres el Papa viajero, el Papa Peregrino y queda un viaje eterno por hacer, porque a ti sí te gustan los viajes y este, en particular, percibimos que lo disfrutarás radiante sin más límites que el infinito.
Terminó la jornada Juan Pablo II y te mereces un respiro.
Descansa jubiloso y en paz, Vicario de Cristo.
Y mientras, las incontables campanas del mundo permanecerán repicando por siempre, hasta el fin del mundo.
Hasta siempre.

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