01 enero 2006

LA MURALLA GRINGA / II FINAL

Por todo lo dicho en la entrega anterior, y mucho más en verdad, la drástica “solución” que pretenden los gringos al aprobar la ley HR 4437 está condenada al fracaso y tendrá, además, un rechazo absoluto de la opinión pública mundial que ya comienza a organizarse para poner en evidencia a los gringos racistas y xenófobos.
Un muro más para añadirlo a las decenas que han construido en contra de todo un continente. Y me refiero no sólo a sus murallas de concreto y lámina sino a todos aquellos que no se ven, los que no se pueden saltar, y que dejan heridas abiertas en la historia y en el tiempo de América Latina.
Según la fuente consultada, en estos últimos cinco años emigraron a los Estados Unidos entre 400 y 500 mil mexicanos cada año contra 30 mil anuales en los sesentas. Son 27 millones de mexicanos quienes viven y trabajan para los gringos repartidos en 42 estados de un total de 50 que tiene ese país.
En estos cinco años de gobierno del cambio, por hablar del pasado más próximo, México ha recibido, cuando menos hasta ahora, puras cachetadas, escupitajos y malos modos de parte de los grandes amigos gringos de mister Fox. Él sabrá las razones. No hay motivos públicos y transparentes para que usted, yo y toda la humanidad recibamos de los gringos un trato de rufianes. Al menos yo no los conozco, pero los puedo imaginar en los tonos negros de las promesas que no les cumplió el gobierno del cambalache. Hoy proliferan los engañados, allá y aquí.
Mire usted, invisible lector, el sólo hecho de legislar para que los ilegales de cualquier nacionalidad, se conviertan en criminales por no tener papeles es una auténtica monstruosidad. El desprecio a esta medida es planetario; incluso, para sorpresa de todos, hasta el 58% de los propios gringos según el NYT, está en desacuerdo con esa política garrotera, policíaca, inviable y sin sentido.
¿Habrá un sólo gringo que no tenga relación con algún ilegal? No lo creo.
Al amparo de una ley en contra del terrorismo y otros criminales, están a punto de cometer una barbaridad, un genocidio, en contra de los latinos y otros grupos de inmigrantes que ya viven y trabajan en los Estados Unidos, aportan y construyen, y entre ellos, millones de mexicanos, la mayoría de ellos inicuamente explotados pero, aún así, ganando diez o veinte veces más de lo que podrían obtener en su propio país.
En el caso particular de los mexicanos, hay un hecho histórico que a todos se nos olvida por ignorancia o por ese afán de simplificar la realidad, olvidando la historia y perdiendo de vista los incidentes que marcaron buena parte de la traumática relación entre los Estados Unidos y México. Cuando en el lejano 1848 México perdió la mitad de su territorio a manos de los gringos, ¿qué cree usted que les pasó a los mexicanos que se quedaron atrapados en ese vasto territorio arrebatado, a los que la política y el atraco dejaron cercados de pronto en “otro país”, porque ya habitaban esas regiones? Pues simple, se durmieron mexicanos y amanecieron gringos. Mucho antes de que llegaran los gringos esos venerables mexicanos ya estaban ahí trabajando en paz. Y continuaron su vida normal, a pesar de que se pudieran haber enterado por algún medio, que ya eran gringos. Prosiguieron su vida, reproduciéndose y bautizándose con sus nombres mexicanos; y siguieron siendo católicos, apostólicos y romanos en un entorno antagónico, protestante y puritano. Y subsistieron ahí con su cultura, sus relaciones, su familia, su vida, sus santitos y sus muertos en los panteones. En efecto, ahí aguantaron vara esos mexicanos de antes porque el corrimiento de las fronteras no le cambió a ninguno su nacionalidad profunda y de siempre, al menos no en una o dos generaciones. Tengamos en cuenta que en aquellos lejanos tiempos no existía un concepto de nacionalidad tan claro y definido como el que conocemos ahora. Desde ahí arrancamos esta tortuosa relación de sube y baja. Y aún antes.
Además, a los arraigados en esos lejanísimos territorios antes mexicanos, nadie los corrió de ahí, ni los aniquilaron masivamente como sucedió con los indios nativos de vastos territorios que los gringos querían “limpios”, sin palomilla, para su más cabal provecho. Al contrario, a esos mexicanos de antes no los echaron ni mataron, y en la mayoría de los casos, tampoco les quitaron sus tierras y modos de vida. Y menos su cultura mexicana, lo que sea que esto haya significado en pleno siglo XIX. Así que los mexicanos siempre han vivido en lo que hoy es Estados Unidos y ha existido un flujo histórico de personas por diversos impulsos, imparable y natural, entre las dos naciones. Antes y ahora y lo habrá siempre, con murallas o sin muros. Ni que decir de la cantidad de gringos que viven en México, se han posesionado de pueblos enteros.
Cada nación puede hacer lo que le dé la gana en su propio territorio. Nadie les puede impedir a los gringos que en el interior de sus fronteras establezcan los controles y las leyes que juzguen más convenientes para terminar, a su manera, con la inmigración ilegal. Pero de ahí a plantear esta especie de “solución final” de la inmigración ilegal resucitando métodos nazis es otro cantar. Se hermanaron Bush y Hitler. Ambos son, hoy, la misma cosa. Uno exterminó judíos a placer y el otro, el gringo, matón de infieles y ahora de ilegales, principalmente mexicanos, con “su” ley en la mano.
Y sé lo que estoy diciendo.
Pero por si usted no lo recuerda, cultísimo lector, le voy a enunciar la definición de genocidio, que nos da la voz autorizada de la Real Academia Española: Exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad. Así que los gringos oligarcas, aquellos que se consideran aristócratas, que se dicen nativos y con arraigo, güeros y de ojos azules, con Bush a la cabeza de la mayoría de sus execrables diputados, se quitaron las caretas y despertaron como lo que siempre han sido en su historia: genocidas, racistas, criminales y xenófobos. En el orden que usted guste.
La definición es suficientemente clara para saber lo que estos gringos delirantes y genocidas pretenden: una limpieza étnica, por la vía del exterminio masivo y de la expulsión.
De sus crímenes actuales y futuros tendrán que responder frente a los tribunales internacionales, ante a la opinión pública mundial y de cara a la historia.
La única esperanza que tienen ahora aquellos que viven y trabajan como ilegales, en la penumbra y al filo de la navaja, sin prestaciones, con pésimos salarios, quienes además sostienen sectores fundamentales de la economía norteamericana, es una sola: la Cámara de Senadores gringa, en donde quizás alguien encuentre una respuesta sensata y equilibrada que les ayude a los estadounidenses a recobrar el juicio perdido por el desquiciamiento de sus líderes actuales.
Tengo la certeza de que entre los 100 senadores norteamericanos sí existen personas con sentido común y talento político para impedir esta atrocidad propia de pueblos incultos y fundamentalistas. Basta mencionar solamente a dos de ellos: John McCain, senador republicano de Arizona y Edward Kennedy, senador demócrata de Massachussets quienes son autores de una propuesta juiciosa, viable, madura y consensuada.
¿Podrán con su proyecto alterno derrotar a los fundamentalistas gringos?
Ya lo veremos en el 2006.

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