Habrá que comenzar a prepararse.
Convocar a los chamanes y espíritus del monte, a los nahuales y dioses de la montaña.
No tendremos manera de defendernos del ataque contra natura que prepara la minera Paredones Amarillos para entrar, a sangre y fuego, a realizar la explotación del oro en el corazón de la mismísima Reserva de la Biósfera Sierra La Laguna.
La ayuda sobrenatural es indispensable, les pediremos que vengan Naguales en tropel por las cuatro regiones de la Sierra La Laguna: por San Antonio de la Sierra, por San Simón, por Todos Santos y por San Dionisio. Con su presencia milagrosa, asistirán a los pobladores ancestrales de la Sierra para irradiarlos con una luz que no sea cegadora como la del oro sino luminosa y limpia como la tierra que hoy habitan, para evitar este crimen.
Tengo la certeza, tal vez porque soy un pesimista informado, de que los paredones amarillos nos pasarán por encima. Nos van a sepultar. Lo poco que hemos podido saber es ominoso.
La sociedad civil organizada es débil, sin estructuras fuertes para enfrentarse a un monstruo productor de oro, un metal asociado a la riqueza, al crimen y a la corrupción.
Las empresas productoras de oro, en especial las de cielo abierto, son típicamente destructivas del medio natural, está en su naturaleza, no podrían ser de otra forma. Su poder económico para demoler los entornos naturales es impresionante. No quedará nada cuando se vayan.
La minera sólo estará ocho o nueve años en la Sierra La Laguna, y si el precio del oro baja, se largará antes, y en el naufragio, dejarán todo tirado, podrido y sin vida. Devastación.
Haga lo que haga la empresa y diga lo que diga, acabarán con la Sierra La Laguna para los próximos 300 años. Es decir, para siempre. No se podrá recuperar.
Hoy quedan alrededor de 80 ranchos en la Reserva, habitados por gente que conserva un cierto equilibrio con su medio, pero gracias a la mina, pronto no quedará nadie.
Ni hombres ni mujeres, ni plantas ni animales, nada. Ni agua.
Nos invadirán sus polvos llenos de venenos, contaminarán los acuíferos y las cuencas, levantarán y destruirán la cubierta vegetal en decenas de kilómetros cuadrados, y dejarán montañas de desperdicios en la zona con un altísimo poder contaminante.
No habrá posibilidades de recuperación como ya lo hemos visto en la región de El Triunfo y San Antonio, poblaciones que durante un siglo sufrieron las fiebres de la explotación del oro, y su depredación asociada hizo desaparecer el monte y la selva baja existente en esa extensa región. Si la producción de oro fuera de un gramo por tonelada de roca o de suelo removido, entonces tendríamos 40 millones de toneladas de mugre, montañas de residuos, que permanecerán ahí por cientos de años.
Un sistema ambiental tan frágil no soportará una depredación tan colosal.
Abrirán caminos en las brechas para el paso de sus máquinas descomunales.
Explotarán montañas y cañadas para extraer, apenas, unos cuantos gramos de oro.
El ruido y la contaminación serán infernales y provocará que las especies que han habitado allí por miles de años, desaparezcan.
Al final de su depredación se irán al carajo dejándonos su cochinero, después de llevarse su oro miserable. Poco o mucho, eso realmente no me importa.
Comenzarán a revivir artificialmente los pueblos muertos. Aparecerán vivales que rentarán lo que no es suyo, y firmarán contratos piratas que nadie reclamará en tribunales porque eso no serviría de nada. Lo vemos hoy en San Luis Potosí, no hay defensa.
Como por arte de magia se habitarán los ranchos y parajes abandonados. Se iniciará la especulación con terrenos y viviendas. Le prometerán a la gente sueldos e ingresos jugosos, que para sus niveles de vida actual son deslumbrantes. Y muchos caerán en la trampa para vivir de un buen salario durante algunos años. Habrá más gente de fuera que de la Sierra. Y basura por montones.
La gente caerá en las garras de los ofrecimientos monetarios para que se vayan, para que vendan o para que renten sus ranchos, casas y predios. Lo que no sabe la gente, lo que no le han dicho, es que a la vuelta de unos años no encontrarán nada vivo, ni cachoras. Todo quedará extinto y el entorno condenado a no producir más vida natural.
Millones de años de evolución de este ecosistema señero en el mundo se irán al bote de la basura, directo al caño. Las 86 especies, únicas en el planeta, desaparecerán sin remedio. Los pinos y los encinos morirán por la ambición del oro y del supuesto “desarrollo” que promete la empresa.
Años de conservación, de cuidados y de inversiones para conservar la vida natural terminarán en un suspiro, como si nada. Impunidad sin límite para hacer lo que les venga en gana.
Las noticias en la prensa auguran un negro panorama para la conservación y la sustentabilidad de la Sierra La Laguna. La causa será la enorme ambición que los hace babear, debido a los elevados precios del oro a partir del año entrante: “El repunte del mercado del oro está madurando y podría tocar su techo arriba de los mil 300 dólares la onza en 2010…” según Morgan Stanley (Milenio 16/12/09).
Esto significa que si los planes de la empresa son como dicen, entonces intentarán producir alrededor de 40 toneladas de oro en más o menos 8 o 9 años. Por lo tanto, debemos esperar lo peor, porque estamos hablando de un negociazo, tan grande como 3 mil 800 millones de pesos de ingresos anuales, por lo bajo, la mitad del presupuesto del gobierno del estado en el 2009. Y si las tendencias alcistas más atrevidas atinan en los futuros del oro del mercado mundial, los precios podrían ser considerablemente más altos, tanto que se podrían mover en un tramo de los 2,000 a 5,000 dólares la onza. La Sierra La Laguna les quedaría chiquita y está condenada a muerte.
Con eso aumentarán sus calenturas, y su avaricia no conocerá límites ni obstáculos.
La empresa tiene montones de dinero, tan grandes como el daño y el desperdicio que producirán, y con ello tendrán argumentos incontestables para “convencer” a las autoridades federales, estatales y municipales para que les permitan operar su mina. Ya lo vimos.
Unas autoridades duran seis años y otras solamente tres, y pensarán en su mentalidad cortoplacista, que al permitir la operación de la mina favorecen el “desarrollo” y el empleo durante su periodo y los que vengan atrás que arreen. El futuro no les importa.
En su ceguera, pensarán que las próximas generaciones, sus hijos y nietos, podrán limpiar el cianuro, el arsénico, el ácido sulfúrico, el plomo, el mercurio y otros metales pesados que quedarán ahí, y sus miasmas podrán ser arrastrados hasta La Paz, hasta Todos Santos, a San Antonio de la Sierra y al Triunfo. Y al mar. ¿Y los centenarios pinos y encinos?
Por donde quiera que se vea, la operación de la mina será una tragedia para la Sierra La Laguna. Y para todos nosotros porque acabarán con una parte entrañable del patrimonio natural del estado y del mundo.
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