07 julio 2006

LAS DEVORADORAS

Cualquiera las puede ver cuando llegan a “trabajar” a las oficinas de cualquier dependencia de gobierno: federales, estatales o de los ayuntamientos. Son profesionistas o secretarias, de intendencia, de limpieza o analistas, no importa, ya el mal es endémico.
Llegan corriendo y siempre con hambre. Todos los días repiten hasta el cansancio “es que no tuve tiempo de desayunar”. Acuden todas las mañanas a sus oficinas bien pertrechadas de tortas, fruta picada, papitas fritas, alguna fritanga, o sandwiches en su respectiva bolsita de plástico o en un toper. Y parece que siempre tuvieran apetito. Algunas de estas devoradoras disfrazan sus lonches, otras los llevan escondidos en sus grandes bolsas, y las más, a la vista de todos. Al paso de unos minutos, inundan con su miasma toda la oficina. No se dan cuenta que resultan patéticas a la vista de cualquiera. Dan pena ajena. Y dan todavía más pena, cuando alimentan su obesidad sin decoro enfrente de quienes visitan las oficinas públicas para realizar algún trámite. Algunas, atienden a los usuarios con la boca retacada de comida o mordiendo a intervalos su galletita de dieta. Sin recato alguno, y sin el menor asomo de vergüenza, depositan su comida chatarra o sus lonches encima de los escritorios y comienzan a engullirla, poco a poco, sin pena ni gloria, como si estuvieran en su casa viendo la tele.
Cuando usted se presenta, como usuario de algún servicio en los ayuntamientos o en alguna oficina del estado o federal, ante cualquiera de estas esforzadas engullidoras, tendrá que esperar a que se logren tragar lo que tienen en la boca, se limpien los labios con las manos, y después, recibirá una respuesta tosca, por haber interrumpido el tiempo de sus sagrados alimentos en horas de trabajo.
Como no hay un orden ni reglas claras para el desempeño laboral, pueden pasarse el resto del día deglutiendo frituras y llenando los botes de basura con los restos de sus voracidades. No hay una sola autoridad que les pare el alto. No vaya a ser que en una de esas, las devoradoras se enojen y se quejen con el sindicato que defenderá, de inmediato, las sagradas rutinas alimentarias de sus sacrificadas compañeras trabajadoras.
Esta patética costumbre nutricional combinada con una falta de educación y cortesía para los demás, se ha convertido en una parte del paisaje burocrático al que todos, poco a poco y por desgracia, nos hemos ido acostumbrando. Muchos vemos estos actos burocráticos cotidianos como algo de muy mal gusto, que debería estar absolutamente prohibido. Pero acabamos aceptándolo como un hecho fatal. Algunas oficinas han llegado a convertirse en verdaderas fondas malolientes. No se diga en las cercanías.
Hay oficinas en que cada escritorio o cajón, es una pequeña carreta llena de botanas y fritangas. Como las devoradoras ya presentan reflejos condicionados, al mismo tiempo que jalan el cajón de su escritorio, abren la boca para deglutir su prolongado desayuno, intermitentemente, durante toda la jornada laboral.
Si trabajaran en la misma forma en que degluten ya tendríamos oficinas públicas del primer mundo.
No hay mesura alguna ni decoro en este tipo de comportamiento.
Las burócratas con esta perniciosa costumbre son, en su inmensa mayoría mujeres, y no conozco la razón para que sea así. No tienen conciencia en absoluto sobre el efecto repulsivo que provoca en los usuarios que van a hacer algún trámite, hablarle a un servidor público cuando se encuentra en pleno proceso de masticación o con el bocado atravesado entre la lengua y la garganta, masticando como rumiante y chupándose los dedos con deleite infantil hasta dejarlos relucientes. Incluyendo las uñas. Y después, atienden.
Y hay algunas de estas burócratas que son capaces de cumplir su pasmoso ritual masticador durante todo el día, sin parar. Y si por alguna razón el bastimento se les termina, sólo dicen, “ahorita vengo” y van por más parque para rumiar.
Por algo somos el segundo país con más obesos en el mundo después de los gringos.
Cuando no sacan de sus bolsos lo que llevan para comer, pues simplemente se van a la calle por la botana, pero no crea usted que se la comen en el infaltable puesto o carreta cercana, cercanísima, no, cargan con vasitos, platos con pasteles y empanadas hasta la mismísima oficina, y piden para llevar porque son varios las que esperan a que lleguen las provisiones. ¿Y si no pudieran salir? No importa, pues para eso están las animosas Marías que toman por asalto las oficinas de todo tipo con sus inmensas canastas para venderles a las golosas todo tipo de dulces y comida ¡a crédito!
Las devoradoras están convencidas de que “sus” oficinas se hicieron no solamente para “trabajar” sino también para la guasanga cotidiana previa y la ingesta perenne de botanas y fritangas.
Para nuestra fortuna, hay empleados y empleadas respetables en las oficinas públicas que no tienen esta mentalidad de burócratas vulgares, no pertenecen al clan de las devoradoras, se comportan siempre de manera educada, con disciplina laboral, son corteses y casi nunca degluten en la oficina, pero cuando esporádicamente tienen que hacerlo, lo realizan con discreción y reserva; insólitamente desayunan siempre en su casa y no han sido contagiados por el virus masticatorio de los rumiantes.
En el colmo del abuso y evidenciando una carencia absoluta de responsabilidad en el desempeño de su labor, utilizan las horas de trabajo para la fritanga o los infinitos agasajos. Le dedican una, dos o tres horas al festejo de lo que sea. Curiosamente nunca lo hacen al terminar sus horarios de trabajo, como sería lógico pensar y estarían en su derecho. Y en pleno festejo, jamás se preocupan de los usuarios que pueden llegar a sus oficinas solicitando algún servicio o trámite, quienes al llegar, se encuentran de repente inmersos en una olorosa fonda. Y tampoco piensan en que se les paga para trabajar, y mucho menos, en que ese tiempo laboral es para atender asuntos públicos, no para sus fiestas personales.
Esto quiere decir que usted y yo, contribuyente lector, les pagamos su salario, el que sea, para que dediquen una buena parte de su tiempo a la deglución entusiasta de comida variada, en lugar de dedicarse a trabajar con empeño.
Algunos funcionarios, muy pocos, se nota que están genuinamente preocupados por mejorar el servicio público en beneficio de todos, pero a otros, y a las devoradoras, no les importa, sólo quieren recibir puntualmente sus centavos a cambio de casi nada.
Estas glotonas no aportan nada porque están vacías de contenido y llenas de comida chatarra y botanas.
Y no olvidemos a todas aquellas quejumbrosas que siempre tienen “mucho trabajo” pero solo dedican a sus tareas no más de dos horas de trabajo efectivo, y el resto, a la milonga. Eso si, algunas están buenísimas pero... no sirven para nada. De verdad, para nada.
¿Alguien podrá resolver el caso de las patéticas devoradoras en las oficinas públicas?

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