12 julio 2006

EL TAMAÑO DEL MIEDO

Parece que pudo más el pánico que la certeza democrática.
¿Porqué tirar a la basura lo que pudo ser una gran fiesta?
Los datos que han salido a la luz pública en los últimos días sobre los resultados de la votación del 2 de julio mueven a pensar, desde la óptica de una duda razonable, que algo comienza a apestar.
¿Dónde estaría el truco, la vesania de las autoridades electorales “ciudadanas”? ¿Cómo le hicieron?
Las poquísimas conversaciones telefónicas entre actores foxistas apenas nos dejan ver las dimensiones de la conspiración que hasta ahora solamente flota en el terreno de las posibilidades del chantaje.
¿Podrían cometer un fraude cibernético, o de cualquier otro tipo, los foxistas y sus sacrosantos y destacados representantes del yunque? ¡Claro que sí pudieron! Tan pudieron que lo comenzamos a ver cada vez más con mayor claridad en la prensa diaria, a través de ejemplos grotescos de lo que ocurrió en varias casillas y en varios estados de la república.
¿Y los panistas, los de a de veras? Esos ingenuos ni siquiera tienen idea de a quién están sirviendo de comparsas. Creen que ganaron en buena lid gracias al “buen gobierno” de Fox. Pero no se engañen, los panistas tradicionales no pintan, nunca han contado en el plan maestro de la camarilla. En cambio, los otros, los miembros de la secta, creen que ya cometieron el crimen perfecto.
Los ejemplos de casillas con datos extraños; el anunciado uso de un algoritmo dentro del sistema de computo del IFE; el atípico comportamiento del flujo de los votos; la resistencia “legal” para que se contara voto por voto en varios estados, aún en los casos en que era legal hacerlo; la prisa de Bush por felicitar a alguien que ni siquiera ha sido declarado formalmente ganador; más la ocultación tramposa de los tres millones de votos “aclarados” a destiempo, cuando ya el daño estaba hecho; la concertación antipeje y antipri, el gasto insultante en la propaganda foxista. Después del “triunfo”, declarado ilegalmente por Ugalde, la segunda parte del plan consistió en generar un verdadero Tsunami de apoyos para el “ganador”. Una poderosa cargada de dimensiones tales, que hiciera irreversible la victoria, usando para ello toda la armazón del estado, a los cómplices de toda laya, y con toda la fuerza económica del presupuesto federal, que es inmenso. Todo al servicio de la camarilla foxista que infectó lo que pasó por sus manos a pesar de que, codiciosamente, se afanaban por repetir, hasta el cansancio, su conjuro de que relucían de limpias.
Están a punto de que se les derrame la fosa séptica e inundar al país entero.
Después de lo que pudo ser una grandiosa y apasionante fiesta, nos queda sólo una gran incertidumbre, un clima de confusión, molestia y encono por el uso de un posible artificio tramposo, encabritados por no saber qué pasó realmente y por no saber si lo que sucedió y se contó fue limpio y justo. El desenlace de la fiesta, no produjo esa cruda catártica que nos hace sentirnos aliviados y nuevos al día siguiente. No. Es de aquellas resacas en que todo lastima conforme vamos despertando para vomitar sin freno, y empeora al tener conciencia de lo que hicimos durante la parranda; ya despabilados, todo se ennegrece al recordar las barbaridades cometidas y la interminable lista de los nombres de aquellos a quienes injuriamos o agraviamos sin razón.
Los días siguientes a la elección no han sido, al menos no todavía, de júbilo ni están para festejos.
Las evidencias, apenas anunciadas y enunciadas, nos dan una pequeña pauta de la maquinación y de la compleja maquinaria electoral que echaron a caminar, desde el estado, antes y durante la elección. Y aún después, durante el conteo oficial de los resultados reflejados en las actas acopiadas y sumadas en los 300 distritos electorales. Pero esta máquinaria confucionista no detendrá su marcha. Recordemos que hoy continúa la discusión sobre el gran fraude del 88 y la quema de los paquetes electorales para no dejar rastro.
Debo reconocer que, al principio, me venció la fe cívica, la esperanza de que todo saliera bien, muy apretado como estaba previsto, pero bien. Deseaba, ansiosamente, saber con fundamento, que la aritmética de los conteos simples me darían la certidumbre que estaba buscando, como muchos otros, si no es que todos, para entrar, tersamente, al camino de la democracia a secas, a prueba de todo. Hoy tengo la sensación de que no fue así, de que me engañaron como a un chiquillo. Lo sé pero no lo puedo probar. Quien sí pueda que lo haga.
¿Lo que se sabe ilegal y no se puede probar se convierte por eso en legal y legítimo?
¿Es justo que así sea?
También debo reconocer que no tenía idea, en mi ingenuidad, de la fuerza perversa que ha logrado acumular la camarilla que nos gobierna. Demostraron un furor y una infamia admirables, por siniestras, que los inspiró para diseñar “algo” que les autorizara formalmente, dentro de una supuesta legalidad, a conservar lo que hoy parece que están a punto de lograr, montados en la voluntad de millones de incautos mexicanos que decidimos votar.
Y tampoco contaba con que el tamaño del miedo de la camarilla foxista y el grado de corrupción infinita que acumularon, les enfermara la mente, a tal grado, de fraguar un timo monumental e increíble porque se realizó “a la vista de todos” los ingenuos mexicanos a quienes cegó la esperanza de cambio real por el voto. La pandilla foxista es fantástica, ha pasado por encima de la legalidad...sin violentarla, aparentemente; y ahora, los perversos expertos de la conspiración nos quieren convencer de que todo es legítimo pero sin demostrarlo de manera creíble.
Un triunfo en las urnas tiene que ser creíble, no sólo parecerlo.
Nos quieren montar, una vez más, para padecerlos otros larguísimos seis años.
En las elecciones no queremos confusión ni engaño, no queremos más de lo mismo.
Si no realizamos de nuevo el conteo voto por voto, no veo otra forma de recuperar en esta elección la certeza, legalidad, independencia, imparcialidad y objetividad que nos garantiza el artículo 41 de la Constitución. No hay otra forma de hacerlo. Y ante el cúmulo de nubarrones oscuros que van ennegreciendo el panorama nacional de la elección, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación tiene todo el poder de ordenar que así se haga: cuéntese voto por voto. Tal vez esta solicitud no sea legal en términos formales, pero es lo justo, es lo mínimo que merecemos quienes creímos en el voto y votamos en un proceso que parecía limpio.
Ahora, los mexicanos tenemos que demostrarnos que no hubo truco ni trampa. Ni magos.
Yo fui de los que voté y no me sentiría insultado o ninguneado si eso nos diera certeza y justicia porque alguna autoridad electoral ciudadana y los partidos contaran mi voto por segunda vez. Con eso bastaría para reconocer, sin limites ni gestos, al real ganador, el que sea. Y si de esta operación de arqueo resultara un solo voto de diferencia, tampoco me importaría, porque ya vimos que se puede ganar y perder por una mínima diferencia.
Vale más un mes o dos de incertidumbre electoral pacífica, que dejar una mancha de estiércol en todo el sistema electoral mexicano y con ello abrir la caja de Pandora mientras caminamos por el sendero de la ilegitimidad durante los próximos seis años.
No hay otra manera prudente, sensata y justa de conservar la confianza y la tranquilidad en el país mas que contar voto por voto. No es por un partido o por un candidato. Es por la legalidad y la certeza.
El supuesto fraude que se vislumbra, corresponde al tamaño del miedo a que se terminen los productivos negocios familiares al amparo del poder, y de que algunos de los más preclaros foxistas, empezando por su líder y familia, vayan a parar a la cárcel si pierden la impunidad lograda, esa misma que con paciencia de santos, han ido tejiendo durante todo un sexenio con la complicidad de varios actores políticos de corte mafioso. Unos y otros, defienden a una vulgar camarilla que se aferrará al poder con todo lo que tiene. Y no es poco. Es todo el poderío federal con el presupuesto incluido. Ya lo vimos.
Y realmente no me importa si usted, paciente lector, votó por uno u otro candidato. De verdad no me importa. Eso es asunto suyo. Lo que sí me fastidia, es la falta de certeza y claridad para identificar, sin la mancha indeleble de lo ilegitimo, al futuro presidente de todos los mexicanos.
El cochinero que se anuncia nos dará la dimensión del tamaño de su miedo.
Magistrados, pasen a la historia que no se borra nunca, y ordenen: ¡cuéntese voto por voto!

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