28 marzo 2010

LA BATALLA DEL MIEDO


Que ser valiente no salga tan caro
que ser cobarde no valga la pena.
Joaquín Sabina.
El Presidente de la República está solo en contra del crimen organizado.
Lo dejamos ir sin compañía de la sociedad a una batalla sin fin, viéndolo de lejos, instalados todos en el temor.
Sus únicos acompañantes confiables son el Ejército, la Marina, y con sus claroscuros, los miembros de la Policía Federal.
Al cabo de tres años de ardua batalla Felipe Calderón aún está solo.
Después de tres años, la Hidra de miles de cabezas no acaba de morir, al contrario, da la impresión de multiplicarse, de alimentarse de su propia maldad y perversión. Se reproduce en cada rincón, por todas las calles del país.
La sociedad organizada no participa, los otros poderes tampoco. La cobardía, el miedo y los intereses, y tal vez todos estos factores juntos, hicieron su aparición desde el mes de julio de 2006, y no se han ido.
La penetración y la corrupción del crimen organizado en la sociedad mexicana son impresionantes, impensables por su magnitud y transversalidad, desconocidas antes de emprender el combate. Quien afirme que conocía los alcances y penetración del crimen organizado en la sociedad mexicana se equivoca por ruindad, interés o ingenuidad. Esta red perversa alcanzó a todos los sectores sociales: empresarios, políticos, banqueros, legisladores, regidores, policías, restauranteros, dueños de antros, músicos panzones, gobernadores, gruperos, jueces, diputados, senadores, presidentes municipales, gente común, compositores, mujeres, adolescentes, niños, niñas y personas mayores.
Los Estados Unidos se hicieron a un lado, se vuelven cuentachiles con los apoyos y la colaboración. Es previsible esa actitud en un país de drogadictos en donde 15 estados ya han legalizado el consumo de marihuana y la producen en las narices de la misma autoridad sin que la autoridad federal intervenga; hay pueblos enteros dedicados con alegría e impunidad a la producción industrial de mota. Lo único que ponen en la mesa los gringos es saliva. Siguen encantados consumiendo drogas y vendiendo armamento sofisticado a los criminales. Este tipo de batalla no es de su interés, así que con ellos ni a la esquina.
El crimen organizado en México ha florecido al amparo de la impunidad, y de un sistema de procuración y administración de justicia viciado, ineficaz y corrupto hasta la médula.
Hace muchos años que nos invadió la cultura del narco, hemos llegado al absurdo de convertir en héroes populares a enfermos mentales como el tristemente célebre Pozolero, o a los grandes capos criminales, lo vemos como normal, tanto que bailamos al ritmo de los narcocorridos en las fiestas familiares mientras estos sicópatas destazan y desintegran cuerpos humanos por cientos en tambos de 200 litros y presumen sus armas ultramodernas.
Los nazis eran unos niños de kínder comparados con estos nuevos canallas desequilibrados que representan al crimen organizado. Cada vez más jóvenes, cada vez más desquiciados.
Los sectores con influencia en los medios y capacidad financiera para modificar o influir en la opinión pública incitan a la sociedad para crear un entorno negativo hacia la lucha contra el crimen organizado. Hay otras plañideras también, a veces de buena fe, insistiendo en que la lucha se está perdiendo. Y logran su objetivo, las encuestas lo reflejan, registran claramente la postura de la sociedad que reconoce esta guerra como una batalla perdida. Así nomás, porque sí, porque los muertos son muchos, el ánimo social decae y los impactos mediáticos, poco a poco, cumplen su cometido interesado en la batalla del miedo. Lo único que estamos perdiendo son criminales y delincuentes por montones. Y algunos soldados y policías, por fortuna los menos y lamentablemente civiles.
Cada loco difama, inventa, según sus intereses, y le cuelga al Presidente motivaciones sin sentido por continuar con esta lucha, porque dicen, quiere alcanzar una legitimidad que, dicho sea de paso, ya tiene.
Esas voces medrosas o interesadas, a estas alturas ya no se sabe, machacan que ese no es el camino para detener o combatir al crimen organizado. Pero se niegan a entender que, en el inicio de la lucha había poca claridad de su descomunal dimensión y la vasta penetración social de este animal informe que es el crimen organizado. No había otra manera de comenzar a detener la capacidad de organización, infiltración social, impunidad y poder de fuego del crimen organizado que brota hoy en cada esquina, matando y descuartizándose unos a otros para poseer el mercado de las drogas, el control de toda clase de crímenes y por los espacios callejeros para la venta de unos gramos de coca y mota. Hoy contamos con mejores instrumentos para su combate: inteligencia e infraestructura. Falta avanzar más en el factor humano: policías y autoridades, investigación financiera y acabar con los narcopolíticos. Eso no se hace en un día.
No hay que dejar solo al Presidente de la República, vamos a acompañarlo, sin gestos, en esta lucha. No es por él, es por el bienestar de todos.
Hagamos nuestra esa batalla.
Los mexicanos no merecemos vivir en un país de cínicos criminales y debemos poner la parte que nos toca para reducir y controlar esta inmensa ola criminal.
¡Yo sí apoyo al Presidente Calderón en esta batalla!
Y no hay que recular, ni para agarrar vuelo.

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