22 abril 2009

VOTAR, ÚNICA FUENTE DE LEGITIMIDAD DEMOCRÁTICA

Tomar la decisión de ejercer el voto, presentarse en la casilla, y en ese acto consciente y razonado, votar anulando el voto con una gran cruz a lo largo y ancho de la boleta. Este hecho implicaría, claramente, que no estamos de acuerdo con las opciones presentadas en la boleta. Eso es abstención activa. No la otra, cuando ni siquiera se va a la casilla.
Abstenerse de votar lo único que garantiza es que el ganador con menos votos se alce con la victoria y se perciba como el gran triunfador en la contienda.
Nuestro sistema electoral no anula elecciones aún cuando se registre una votación del 5 o del 10% del padrón electoral. Tampoco se incluye en las boletas electorales alguna opción que diga, por ejemplo, “ninguna” en donde pudiéramos registrar nuestra protesta al no sentirnos representados por los candidatos o los partidos participantes en la elección.
Un argumento demoledor en contra de los abstencionistas simples, irracionales o conscientes, radica en que nadie sabrá nunca los motivos reales de su abstención: tal vez llovió, hacía mucho calor, o estaba crudo, hartazgo de los políticos, tuvo que trabajar, no encontró la casilla y miles de justificaciones o explicaciones adicionales, en donde cabe, por supuesto, el hecho de que no ir a votar fue el ejercicio de una forma de protesta que solamente el votante conoce. Todo mundo asume, sin muchos asideros, que la abstención es una forma consciente de protesta en contra de candidatos y partidos sin demostrar en qué basan sus razones, porque simplemente no existen, o mejor dicho, existen muchas y es imposible identificar con precisión esos motivos y enumerarlos para que se conviertan en un argumento político.
Lamentablemente los ganadores, a pesar de sus escasos votos, leerán el mensaje de que ellos vencieron porque les conviene y así venderán su triunfo después de las elecciones. Luego buscarán alcanzar la legitimidad real que los votos de la mayoría de los electores no les dieron.
Sin embargo, la temida ilegitimidad, aquella que ocurre cuando se obtiene el triunfo con una mínima votación, es completamente irrelevante. Que un gobierno, un diputado o un senador carezcan de ella no importa, en tanto las instituciones los provean de la misma al declararse la validez de las elecciones, con lo cual, pueden desempeñar sus funciones sin riesgo de caer en la ilegalidad. Se puede alegar, pelear, hacer berrinches sin límite, y paralizar (o al menos intentarlo) al gobierno, aduciendo que es ilegítimo, pero el entramado institucional seguirá funcionando sin mayores contratiempos.
Los argumentos que expongo a su juicio en esta columna, ortodoxo lector, no son de ninguna manera una invitación a no votar. Claro que no. Al contrario. Son una defensa acendrada del voto, pero con sentido, con alguna utilidad clara y contundente para que las fuerzas políticas al revisar la cantidad de votos nulos, caigan en cuenta que ya no representan a nadie, si ese fuera el caso. Es reconocer la validez de las instituciones con que contamos, pero significa, también, una afirmación inequívoca de que partidos y candidatos no nos representan en absoluto.
Esa sería la única forma de ejercer un voto de castigo activo, no pasivo.
Lo otro, abstenerse a lo tonto, y simplemente no ir a votar, carece de significado propio, es un desperdicio de la democracia porque nadie sabrá las razones por las cuales no se votó.
Decidir no votar es caer en el cinismo y en la irresponsabilidad cívica. Es aceptar que, independientemente del resultado, las cosas seguirán igual, o peor.
Por algo la tendencia abstencionista continúa en aumento durante los últimos 25 años.
No votar por algún partido o candidato, o no anular el voto si esa fuera la intención, es tirar a la basura un derecho y una obligación para permitir que las cosas no mejoren.
Bajo estos criterios, es conveniente separar los votos nulos típicos de aquellos otros emitidos con una genuina y clara intención de rechazo, al anular la boleta con una gran cruz por no estar de acuerdo con las opciones actuales. En el primer caso, es imposible saber el criterio del votante por el hecho de marcar dos casillas o tres en la boleta, o dejar su voto en blanco, así su voto se va al cajón de los errores, de los que no supieron votar, de los que no saben que hay que marcar una sola casilla con partido y candidato. Al bote de la basura.
Los jóvenes, y quienes no lo sepan, deben estar vivos para marcar una opción en alguno de los cuadros con partido y candidato, una. Puede ser una raya, un círculo, una cruz, un punto, lo que sea, siempre y cuando quede claramente expresado su deseo en el cuadro correspondiente. La otra opción es una gran cruz a lo largo y ancho de la boleta para manifestar nuestro rechazo, en caso de que lo hubiera.
A pesar de la innegable evolución democrática de México, que nos permite contar con la certidumbre necesaria para legitimar una elección, hoy es altísimo el porcentaje de los que no tienen confianza en las elecciones al sostener que no son limpias, tantos como el 66% de los ciudadanos; solamente el 16% de ellos creen en la limpieza de las elecciones (ENCUP 2008). Para llorar. Cesar Cansino considera una abstención probable del 62% en las próximas elecciones (El Universal 17/04/2008).
El 92% de los ciudadanos no pertenecen a ningún partido pero el 95.2% tiene credencial de elector, y ese plástico es, ahora mismo, un arma poderosísima. Todo es cosa de que nos decidamos a usarla con sentido. Para que las cosas no sigan igual.
En estas próximas elecciones el 67.4% de los electores está poco o nada interesado en participar, de manera que esperamos un incremento notable en la abstención. Y bien que así sea, siempre y cuando se manifiesten con claridad las razones de tal abstención. El 74.3% de los electores sostiene que diputados y senadores están más preocupados por legislar en función de los intereses de sus propios partidos y atendiendo a sus fines personales; por esa y otras razones se mantienen con el peor nivel de confianza entre todos los grupos poblacionales (Mitofsky 2008) y entre diversas instituciones: en el último lugar.
A pesar de estos datos la mitad de los ciudadanos piensa que vivimos en una democracia pero uno de cada tres está insatisfecho con los resultados.
Para fortuna de todos ya se acabaron aquellos tiempos en donde el gobernante en turno y el candidato oficial se daban el lujo de ordenarle a las autoridades responsables con cuántos votos querían ganar la elección, como sucedió, no hace mucho tiempo, en Baja California Sur. De verdad así ocurría, tal como usted lo acaba de leer.
Los protagonistas todavía andan por ahí.
El segundo paso sería exigir que en las boletas aparezca un campo que diga “ninguno” para que pueda ser correcta y concluyentemente contada como un rechazo.Por un voto con sentido, válido o anulado con propósito, pero hay que ir a votar.

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