03 septiembre 2008

CIUDADANOS CORRUPTOS, SOCIEDADES PODRIDAS

Si usted aprieta por aquí, sale pus. Si aprieta por allá, emerge suciedad excrementicia.
Y si no oprime nada esa inmundicia purulenta nos seguirá invadiendo poco a poco hasta carcomernos el hueso y la propia existencia como nación.
Hemos visto con asombro que el tamaño del animal engendrado por la corrupción, la ilegalidad y la impunidad invadió todos los espacios de gobierno y autoridad. Yo ya lo sabía, lo suponía, pero francamente, no pensé, jamás, que los niveles de penetración del crimen organizado en las estructuras del poder político y en las autoridades fuera tan grande y variado. Es una red delincuencial vastísima. Casi no hay asunto ilegal, corrupto o de impunidad, en donde no intervenga un policía de cualquier ámbito de gobierno, un juez, un ministerio público o alguna autoridad política o administrativa. La dimensión y los ámbitos de infiltración delincuencial eran impensables. Según la Secretaría de la Defensa Nacional son 500 mil delincuentes en el país dedicados solamente al narco; 300 mil siembran droga en todo el país; alrededor de 40 mil ocupan algún liderazgo en diferentes niveles y el resto son, narcomenudistas, transportistas, distribuidores, y personas que funcionan como orejas. Y súmele el resto de los otros maleantes.
Es una locura.
A la inromación anterior, habrá que agregarle, también, lo que nos cuesta la inseguridad en México. Según cifras de la Secretaría de Hacienda el daño al patrimonio de la nación causado por esta lacra asciende, más o menos, a un punto porcentual del producto interno bruto. Este dato equivale a alrededor de 100, 000 millones de pesos y afecta a todo el conjunto de la economía nacional con sus extensas ramificaciones y, de hecho, altera todo el sistema de convivencia nacional, desde el ámbito familiar hasta las estructuras del estado.
Hasta aquí nos trajo la impunidad, hija putativa de la corrupción y la indolencia.
No me cabe la menor duda de que la mayoría de la población es más o menos corrupta y solamente unas cuantas personas, apenas, tienen la virtud de la integridad. Éstas confirman la regla. Pensemos en ello antes de condenar y quejarnos. La gran mayoría de los ciudadanos hemos prohijado actitudes ilegales que tienen que ver con la corrupción. En México, a excepción de aquellas personas integras que ahora mismo habría que buscar con lupa o con la lámpara del buen Diógenes, todos hemos hecho o solapado, en más de una ocasión, actos corruptos o ilegales, chicos y grandes, otros inmensos, que por su repetición y falta de consecuencias, generaron impunidad y han reproducido el monstruo de corrupción que encarnamos y padecemos hoy en el país. La lista de los latrocinios impunes es larga, larguísima, y comienza con pequeñas tropelías que no son atendidas a tiempo por la autoridad, como quedó demostrado en el programa de tolerancia cero que se aplicó en Nueva York con el alcalde Giuliani.
Por cada cien delitos denunciados hay una condena. Es demencial.
Nuestra cultura de la legalidad aquí en La Paz, y en todo el país, es convenenciera y frívola. Acatamos la ley cuando nos acomoda, y si no andamos de humor sencillamente nos vale madre y pagamos, gustosos, tres pesos para perderle el respeto, pisotearla y escupirla.
Si no, dígame usted, prístino lector, cuántas veces puede rechazar un modesto agente de policía un soborno de 500 pesos cuando su salario no rebasa los 2500 pesos a la quincena, tal vez lo pueda hacer 100 veces si tiene principios y vocación de servicio, pero como somos miles de ciudadanos los que promovemos la corrupción, llegará, fatalmente, un momento en que le será imposible seguir rechazándolos. Peor todavía, cuando algún cuasi delincuente le ofrece a los agentes 1500 pesos para que no lo detengan ni lo infraccionen porque manejaba ebrio perdido, y tendría que pagar más de cuatro mil pesos en infracciones más el arresto correspondiente; tal vez rechacen la mordida una vez o dos, o cien, gracias a su acendrada vocación de servidores públicos pero, sin duda, terminarán cayendo en la maldición del soborno después del centésimo ofrecimiento. Al cabo que por corruptos no paramos, somos muchos y muy cínicos, y también muy insistentes.
Y si nos infraccionan pues vamos de inmediato con la máxima autoridad municipal para que nos haga un jugoso descuento, o de plano, nos cancele la multa. No importa que el artículo 56 inciso VIII de la nueva Ley Orgánica de la Administración Municipal prohíba expresamente a esa máxima autoridad municipal “Conceder cualquier tipo de descuento que cause perjuicio al erario municipal.” ¿Entonces porqué tendría que hacerle un descuento a un ebrio o a quien sea? Y si está prohibido, tajantemente, hacer este tipo de descuentos a la máxima autoridad de la administración pública municipal, pues también, se entiende, estará prohibido hacerlo para el resto de los servidores públicos municipales.
Pongo estos ejemplos porque tal vez sean los más comunes o los que vemos todos los días.
Es tan familiar la corrupción que ya a nadie sorprende. Forma parte de nuestra cotidianidad. Vivimos con ella. La respiramos. Es parte de la cultura nacional. Está por todos lados.
El inventario de los actos corruptos que conocemos usted y yo es interminable, monumental.
Y ahora estamos asustados por el monstruo que todos hemos ayudado a crear, simplemente por hacer o dejar de hacer, la parte que nos toca como ciudadanos: señalar y exigir que se cumpla lo que es legal y legítimo. En cambio, hemos optado por el soborno y la corrupción para resolver casi cualquier cosa, y en el colmo, hasta nos extrañamos cuando en alguna dependencia municipal o estatal no se tiene que pagar soborno o mordida por un trámite.
Han sido años de solapar este comportamiento, son lustros de tolerar corruptelas, décadas en las cuales hemos escarbado, más hondo cada vez, en el pozo enorme de la corrupción y la ilegalidad para hundirnos más abajo, sin salida fácil. Pero ahora estamos apanicados.
Hoy nos llamamos sorprendidos por la delincuencia cuando el temor nos alcanzó, cuando estamos asediados por este cáncer, cuando ya nos han victimizado de diversas formas en quince o más ocasiones, y no ha ocurrido nada. Las estructuras de poder y autoridad fueron infiltradas hasta la médula por la delincuencia hace muchos años, en una labor callada, perversa y persistente. Quienes estaban a cargo de esas estructuras, callaron porque esa tolerancia y oscura complicidad también significaba una fuente inagotable de ingresos para ellos en lo personal, para sus grupos y partidos, o para sus bandas delictivas. Con el dinero negro se puede hacer política, y siempre hace falta. El poder judicial, todo, no se salva.
El jueves, 21 de agosto de 2008, cuando el clamor social y el miedo a desmoronarnos en un charco de impunidad y corrupción, los políticos y autoridades se juntaron presurosos a firmar el Acuerdo Nacional por la Seguridad, la Justicia y la Legalidad. Son 75 compromisos y casi ninguno es nuevo. Más atole y más dedos en la reunión 23 de este tipo. La mayoría de esos compromisos son un conjunto de viejas ilusiones, deseos frustrados y buenas intenciones incumplidas en el pasado, aunque todos tenemos la esperanza de que, ahora sí, se cumplan a cabalidad algunos de ellos. Con la exitosa megamarcha del 30 de agosto, la tercera en 11 años, se reiteró esta exigencia a las autoridades, aún cuando ellas sean solamente un tramo del problema. La otra parte, somos usted y yo, los ciudadanos comunes. Si nosotros no cambiamos, todo será inútil. Estamos asustados de la bestia que juntos, usted, yo y todos, ayudamos a construir con nuestro silencio, complicidad, tolerancia y beneficios. Hoy reaccionamos más por el temor de ser robados, extorsionados, secuestrados, infectados por el consumo de narcóticos y alcanzados por la violencia, sabiendo que la infiltración de la delincuencia ya se dio a todos los niveles y en todos los estados del país.
Estamos invadidos por delincuentes y corruptos, por los impunes, y no se vale repartir culpas para lavarnos la cara. No. Habrá que aceptar la gran parte de responsabilidad que como sociedad nos toca en este laberinto, y hacer también, con valentía, lo que nos corresponde para que las cosas cambien. Pero se ocupan dos. Y ambos, autoridades y ciudadanos juntos, cada uno en su espacio, con madurez y compromiso, curaremos esta llaga emponzoñada y haremos que deje de supurar.
Ya apesta.

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