26 febrero 2008

LOS QUE GANARON PERDIENDO

Los ganadores del carro completo deben sentirse satisfechos, sin duda. Su triunfo es legítimo porque está respaldado con sufragios tangibles, voto por voto y casilla por casilla. Pero deben abandonar el triunfalismo ramplón, porque hubo un crujido, imperceptible a los ojos de la mayoría, y se encendieron los ruidos inconfundibles de las alarmas: sus candidatos fueron electos por una minoría de la población en edad de votar, que a los ojos de muchos, les resta legitimidad, no la cancela, sólo la disminuye.
Con respecto a su seguidor más cercano, la Coalición ganó, contundentemente, en una proporción mayor de dos a uno en el caso de los diputados, y ligeramente menor, en el caso de los ayuntamientos. El trío de partidos ganadores en la contienda de diputados, unidos en una Coalición, lo lograron con 65,819 votos, apenas el 18.3% de la lista nominal de electores. La Coalición obtuvo el respaldo de menos de la quinta parte de los posibles electores, y van a gobernar a una población estatal que ronda hoy los 551 525 habitantes. Es decir, seremos representados en los municipios y el Congreso del Estado por lideres elegidos apenas por el 11.9% de la población total de Sudcalifornia. De manera concluyente, y a la luz de los resultados finales, podemos afirmar que nos gobernará una minoría, ciertamente la mayor, pero minoría al fin, activa, dominante y participativa, por la simple razón de que así lo resolvió, también, el 54.3% de electores inscritos en el listado nominal, quienes decidieron no votar en esta elección. Con esta actitud indiferente nos impidieron tener una idea de las afiliaciones o intenciones de esos posibles votantes respecto a la elección de sus gobernantes. Sin restarles mérito a los que sí acudieron a votar, fueron los ausentes en las urnas, en verdad, quienes inclinaron la balanza y zanjaron, sin votar, el rumbo del estado y la elección. Que así sea. Un cínico candidato, diría: a final de cuentas lo que importa son los votos emitidos que me dieron el triunfo, y los que no votaron pues no cuentan. O me aferraría a la vieja conseja: el que calla otorga, y supondría que los ausentes en las urnas no quisieron molestarse en ir a votar a la casilla, pero en el fondo, están de acuerdo, tácitamente, con los vencedores.
El reto no es solamente ganar una elección, sino cómo se logra y con cuántos votos, y este último balance es, en realidad, el que puede conceder la ansiada e incuestionable legitimidad.
En la democracia se requieren competidores reales y opciones claras para decidir, y es mentira que un solo voto de diferencia otorgue legitimidad plena para gobernar.
Los actores políticos que consiguieron dividir el voto impidiendo una gran alianza de partidos para disputarle el poder a la coalición gobernante, lo lograron con amplitud, si esa fue su aviesa intención. En su momento cobrarán por los servicios prestados; y en todo caso, muy pronto nos daremos cuenta si actuaron simplemente guiados por sus propios egoísmos personales o partidarios. Vea usted, críptico lector, en la elección de los diputados, el conjunto de partidos de oposición obtuvo un total de 84,921 votos, los cuales significan 19,102 votos por arriba de los que obtuvo la Coalición por el Bien de Sudcalifornia, y serían suficientes para instalarse en el gobierno, si así lo hubieran acordado. Los electores que sí votaron, dejaron de manifiesto, en una mayoría indiscutible, que están explícitamente en contra del PRD y de sus dos escuderos. La Coalición por el Bien de Sudcalifornia ganó, es cierto, y ganando perdieron. Hoy tienen en su contra a la mayoría de los electores que fueron a votar. Y conste, no estoy pidiendo resultados unánimes a favor de algún partido o coalición. No. Me queda claro que la democracia es construida por la mayoría, incluso cuando ésta es la minoría mayor entre nueve de la misma categoría; también entiendo que las unanimidades sólo pueden encontrarse en los panteones, no en una sociedad civil dinámica con un nivel razonable de desarrollo cívico.
¿Qué harán los ganadores para recuperar a los huidos, convencer a los desertores y catequizar a sus enemigos?
¿Qué imanes y seducciones aplicarán para recuperar a los votantes que se les fueron por la mismísima puerta del frente: la de las urnas?
¿Se imagina usted, futurista lector, lo que sucedería si los partidos en el poder, PRD, PT y Convergencia, enfrentaran una coalición acordada por partidos de oposición organizada por el PAN, PRI, PVEM, PMRPS, PAS y el PANAL?
Primero veríamos una verdadera batalla campal. Y en segundo lugar, acertó usted, pitoniso lector, les darían hasta con la cubeta, y más duro todavía, si logran unificarse alrededor de un candidato presentable, hasta ahora inexistente.
Pero que nadie se apanique, tengo una certeza absoluta: esta utopía no sucederá nunca.Por lo pronto, estaremos pendientes a las resoluciones del Tribunal Estatal Electoral por las impugnaciones en curso, la prueba de fuego de Augusto Jiménez Beltrán.

17 febrero 2008

AL CARRO COMPLETO LE PONCHARON DOS LLANTAS

Es un contratiempo sin mayor trascendencia en el empedrado camino de la democracia chollera. Las dos llantas ponchadas simplemente se le cambiaron al carro y le pusieron otras iguales a las que ya traía, nuevas, pero de la misma rodada y dibujo. Solamente la marca está un poco borrosa pero se alcanza a distinguir que son muy parecidas. Es decir, no son las mismas pero son iguales.
El distrito V es para mí un enigma. Se obtuvo un resultado totalmente atípico que todavía tendrá que explicarse con un análisis más a fondo; al momento de escribir esta columna, el PREP reportó dos casillas ausentes en el cómputo, la 207 y la 256, una cuya acta no era legible y otra en donde el sobre no se entregó. Sin embargo, aún contabilizando ambas actas se ve difícil revertir el resultado y Diana se queda en el camino con una diferencia, hasta ahora, de 498 votos sin contar las actas pendientes.
Los resultados de las votaciones no deben ser un acto de fe porque los votos están ahí, contados y en la urna. Si hubiera incertidumbre, los votos se contarán, se deben contar, en particular si existen dudas razonables sobre algún resultado. Si después del recuento los resultados son los mismos pues ya estuvo, ganó el que ganó y a otra cosa. Pero más allá de estos datos fríos y contundentes, habrá que investigar qué fue lo que ocurrió con los votantes en el distrito V porque resulta incomprensible, al menos para mí, que en una buena parte de las casillas superaran a la Coalición en la elección de diputados por dos a uno a favor del panal, hecho que no me puedo explicar por el “carisma de político setentero” del candidato hasta ahora ganador. He escuchado algunas versiones sobre lo que pudo haber ocurrido pero no quiero hacerme eco de historias sin fundamento porque no tengo pruebas ni elementos de juicio concluyentes. Lo más sano sería investigar el asunto con los propios electores y una forma de hacerlo podría ser mediante el levantamiento de una encuesta únicamente con los electores del distrito V. Yo la haría de inmediato para no alargar el estudio de este caso y sacar algunas conclusiones sólidas que expliquen este comportamiento enigmático de los electores, raro en mi opinión, que salió de la normalidad electoral o de la votación esperada que todos suponíamos muy competida pero a favor de la Coalición de Diana.
Ya sabemos cómo se las gastan las huestes de la dama Gordillo, son expertos en trácalas y fraudes, maestros de la trampa y el atraco, docentes doctorados en la grilla y el control político, y con mafiosos expertos en estas materias a su incondicional servicio. Y dinero como arroz. En fin, esperemos a los que deciden y tienen los medios para investigar a conciencia lo que sucedió en ese distrito quinto. Aclaro, tampoco quiero ser mezquino, y en su momento, reconoceré los resultados que demuestren, sin sombra de duda, que esos votos fueron legítimos. La mula no era arisca. La líder del Panal vino a ver qué tan bien funcionó el sistema que usaron en el 2006. Probaron que sí funciona.
A ver, matemático lector, fíjese bien.
El porcentaje de votación de la jornada fue miserable, vergonzoso, votó solamente el 45.7% de los posibles votantes. El 99.5% de los electores inscritos en el listado nominal que no quisieron ir a votar, lo hicieron por una sencilla razón: por huevones e irresponsables. Sus argumentos para dejar de votar no son ideológicos, no exhiben una postura política o una razonada posición anarquista; si usted les pregunta a estos apáticos porqué no fueron a cumplir con su obligación ciudadana le contestarán una tontería que confirmará mi hipótesis. Tendrá que modificarse la ley para que una obligación de tal importancia, como el hecho de ir a votar para elegir a nuestros representantes y autoridades, se cumpla, y no hacerlo por negligencia o desidia, debe tener alguna consecuencia asociada, necesariamente, a una penalidad para exigir a los ciudadanos el cumplimiento de sus obligaciones cívicas. Es absurdo que una simple infracción de tránsito sí esté penada con una multa y cuando no votas no pasa nada. Es incomprensible que no sufragar merezca un cínico aplauso y carcajadas, en cambio, sí me sancionen, por tirar agua sucia en la calle o cuando decido no ir a pagar el predial o si dejo de llevar mi vehículo a pasar la revista, llegando al extremo de embargarme estos bienes en caso de no cumplir con mis obligaciones. No debemos confundir civismo con cinismo, se parecen pero…
La proporción de votantes fue realmente minúscula, ridícula. ¿Qué pasó? Pues que, entre otras cosas, la gente simplemente no quiso salir a votar, y cuando “pensaron” hacerlo, ya había comenzado el partido de futbol americano más visto de toda la historia, recordemos que un tercio de los votantes tienen menos de 30 años, lo cual podría revelar que sus preocupaciones están en otros escenarios y nada tienen que ver con la democracia. En una casilla del Esterito, me comentó un funcionario que la mayor parte de quienes acudieron a ejercer su obligación de votar, eran personas mayores, y extrañamente, casi no se presentaron jóvenes a votar. Ya veremos en los resultados definitivos cuáles fueron los grupos de edad que acudieron a votar.
En la votación general se reporta una abstención del 54.3%. Lamentable por donde se le vea. El Instituto Estatal Electoral nos debe una explicación. No los culpo de nada, digo que ellos tendrán la obligación de investigar lo que está ocurriendo con los votantes sudcalifornianos. Tienen la obligación de hacerlo por dos razones poderosas: primero porque nos cuestan mucho y en segundo lugar porque son de los nuestros, de los ciudadanos. Ojalá no lo olviden.
La tarea monumental de los partidos será intentar, de manera inteligente, bajar sus altísimos niveles de desprestigio y la falta de confianza de la población en sus propuestas, y probablemente, en sus candidatos, o en ambos. Los partidos que tenemos, han provocado, ellos sí, todos, que la gente no quiera votar. Es lo que han construido.

06 febrero 2008

SOLILOQUIO DE CASILLA

Llegó el día de cumplir las promesas y compromisos para el más asediado de los ciudadanos del estado: el votante con credencial de elector.
Con la fresca de las una de la tarde me apresto a ir a la casilla para emitir mi voto. Voy caminando… sin desayunar. Ni frío ni calor, cero grados como dijo aquel. Entrego mi credencial a los gozosos responsables de cuidar la votación; verifican que sí aparezco en el listado nominal en donde está impresa mi credencial con foto pero varios años más joven, delgado y hasta peinado. Todavía tenía esa mirada democrática. Juro que después de estas elecciones cambiaré mi credencial de elector, nomás porque las nuevas son más cachondas. En esas disquisiciones estaba cuando me dieron dos boletas para emitir el voto. Me encamino hacia la mampara y me encierro en esa pequeña cámara de la verdad. Tomo un cabo de crayola. Estoy más sólo que un náufrago. Comienzo a inquietarme.
¡En la madre!, y ahora por quien votaré, si a cada uno de los treinta candidatos que me visitaron en mi casa o en la colonia les dije que votaría por ellos, sin ninguna duda; es más, me apuntaron en una lista y me pidieron el nombre de todos mis familiares y el de mis amigos. Por pena, se los tuve que dar, incluyendo a los que viven en Mazatlán, en Hermosillo y en Tijuana. Todos los candidatos visitantes se llevaron la misma lista, con los mismos 22 nombres y con las mismas promesas juradas de fidelidad política, y de que ahora sí, llegarían al poder con la fuerza de mi voto, al que se sumarían los de mi familia, amigos y conocidos que fueron apuntados en su lista. Eso sí, me aclararon que yo tenía la sagrada misión de convencerlos.
Todos me recomendaron, de manera personal y casi secreta, ese mandato cívico.
Tengo enfrente las boletas, una para presidente municipal de La Paz y otra para elegir al diputado que nos representará en este distrito electoral, el numero 1.
¿Y ahora que hago para cumplirles a todos? Debajo de la camisa llevo la playera que me dieron los amarillos y en el carro traigo la gorra y el encendedor junto con la pluma de los azules. En la casa tengo dos bultos de cemento que me regalaron los del partido rojo, y también tengo la despensa y las láminas que me obsequiaron los del otro partido, que ya ni recuerdo cuál era. En mi mente resuena el eco de sus ofrecimientos, el “ahora sí les voy a cumplir” y los gritos comprometidos de un amasijo de perversos refugiados en un pantanal transformado en partido donde lograron concertar una de las mezclas políticas más inverosímiles de corrupción, control político, cinismo, charrería, trapacerías, ambición e ineptitud.
¿Qué hago con estas boletas? No me alcanzan para pagarles a todos los candidatos, y me da pena porque los conozco a todos, pero solamente puedo emitir un voto para diputado y otro para presidente. Con lo preocupado que estoy vagan por mi mente, como ánimas en pena, los sonrientes retratos de los candidatos en campaña: de los pillos y los decentes, de los trabajadores y los huevones, los cínicos y los responsables, los ladrones y los honrados, los simpáticos y los detestables… La bronca es que a todos les dije que sí, que yo y mi voto los llevaríamos al Congreso y a la Presidencia Municipal. ¿Y ahora que hago?, ojalá fuera la mitad de cínico que el pillo ese al que le dije que votaría por él porque me dio pena mandarlo al carajo, eso me facilitaría las cosas. Comienzo a sentirme molesto.
¿Qué destino le doy a estas dos boletas?
¿A quién puedo convertir en presidente y en diputado?
¡Carajo! ¡Qué difícil es elegir! ¡Qué difícil es votar!
Me pongo serio y comienzo a reflexionar sobre lo que ha hecho cada uno de estos personajes en mi colonia, por mí, por mi estado, por mi familia, por la comunidad y por las leyes. Espero que mi sesudo análisis me ayude a razonar el voto porque quiero un buen presidente y un mejor diputado, casi una quimera. Pero aún no puedo decidirme.
¿Será que me estoy poniendo demasiado chiquión?
Todavía tengo enfrente las boletas. Me queman. ¡Que difícil es votar!
A estas alturas ya llevó media hora en la mampara, ese pequeño espacio se ha convertido en una cámara de tortura. Sudo. Los funcionarios de casilla y representantes de los partidos han comenzado a camelar que estoy preparando el fraude del siglo o cuando menos un gran tamal. Ya me hicieron sentir mal, perseguido, vigilado, culpable, pero, ¿sabrán cómo me siento? Sus acusadoras miradas ya me convirtieron en un tipo sospechoso y ahora piensan que soy un malhechor electoral que está a punto de reventar el sagrado ejercicio electoral ciudadano.
¡Malditas boletas! Y yo que pensaba nada más llegar a la casilla, votar, y tan tan.
Pues no está fácil esta cosa de votar. ¿Cuál fiesta democrática? Esto es un martirio.
Comienzo a pensar quién nos gobierna, de qué partido o partidos, medito si han hecho un gobierno razonable, digo, porque tampoco existen los milagros. Ya me duele la cabeza, no sé si por el esfuerzo mental o por la desvelada de ayer. Tengo hambre. Pienso que una buena birria me caería muy bien, unos dos taquitos de dorada, un buen consomé y una chelita.
¡Malditas boletas! No sé para que vine, ahora tengo que decidir a huevo y hacerlo bien. El presidente de la casilla llamó a un policía porque ya me convertí en presunto culpable de haber cometido un delito electoral. Veo gruesos barrotes. Ya pasó una hora y no puedo salir de la cámara mortuoria en que se ha convertido la estúpida mampara. Por lo pronto, solamente redoblan la vigilancia de la caja de plástico en donde me encuentro escondido a punto de ser declarado y condenado como bandolero electoral. Por pasmado.
¿Y que les diré a los candidatos cuando me pregunten si de verdad voté por ellos o cuando me den las gracias porque mi voto los convirtió en diputado o presidente? Me van a cachar en la maroma, seré un elector traidor que no sabe cumplir sus promesas juradas.
Ya me salieron ronchas en la cara y en una nalga, de esas que me produce el nerviosismo y comienzo con una rascadera de perro. En una de esas hasta la cárcel me llevan por intento de fraude. ¿Yo seré el fraude o los candidatos? Perdí el rumbo. No hay pistas. Estoy mareado.
La verdad es que no quiero votar por mis cuates o por los conocidos sino por aquellos que realmente van a trabajar por la comunidad. Y me digo a mi mismo: “no seas mamón”. Esa idea me ayuda un poco, y luego, me deja más preocupado. ¿Cuáles de los próceres candidatos se dedicarán realmente a desarrollar su trabajo con responsabilidad y de cara a sus electores? En eso me acuerdo del merolico que recitaba, a gritos, verdades de a kilo, según él, y me digo que puede ser su última oportunidad de agarrar algo. Votaré por él por lástima. No. Esa no es razón suficiente para votar por él. Comienzo a ponerme dramático.
Alucinado veo pendones por todos lados con las sonrisas francas, alegres, comprometidas y cumplidoras, de todos los candidatos, como si ya hubieran ganado.
“Señor, señor, oiga, disculpe, ya fue tiempo suficiente para que emita su voto, le vamos a pedir, de favor, que se apure porque ya lleva más de una hora en la mampara y aquí no es estacionamiento”.
Así me dijo el irrespetuoso presidente de la casilla, y lo único que logró fue que me salieran más ronchas, ahora en la otra nalga. Aumentan los nervios, más preocupación. Me apanico. Tiemblo.
Ante tal apresuramiento, mortificado y con salpullido, tomé la decisión, cerré los ojos y voté.
Doble las boletas en forma de paloma tronadora y las enterré, junto con mi vergüenza, en las urnas transparentes. Me pintaron el dedo, recogí mi credencial y me fui enronchado pero con la satisfacción del deber cumplido. Todos me siguieron con una mirada acusadora hasta que logré salir de la escuela en donde estaba la casilla. Iba como espinado, con hambre y sed.
Enfilé rumbo a la Rosales y llegué a la birria con los doscientos pesos que me dieron para votar por un partido, por el que no voté, y luego, a dormir.
Esta monserga de votar con responsabilidad y bajo tanta presión cansa a cualquier fanático de la democracia, como yo.

TRUMP QUIERE QUE SÍ SE PRODUZCAN DROGAS… PERO EN EU

Es de sobra conocido el hecho de que uno de los postulados que llevaron a Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, consistió en ...