Son las que tienen los llamados “empleados de base”. Así se les conoce a los abnegados trabajadores que logran obtener, para siempre, la permanencia en un empleo en los municipios o en el gobierno del estado, a través de una de esas codiciadas plazas. Es una garantía perenne en la exacción de los fondos públicos. Quienes la consiguen, no la dejarán nunca, ni siquiera muertos y la pelearán hasta con las uñas. Una vez obtenida, esta plaza se transmuta en un patrimonio familiar, es como si de pronto tuvieran una casa que le pueden heredar a la familia, con la diferencia de que nunca se acaba. Sin testamento de por medio, los dueños formales de este bien lo pueden regalar como si fuera un carro, como si formara parte de su riqueza personal para el disfrute de ellos y su familia, por siempre y para siempre. Por los siglos de los siglos. Las plazas de base son indestructibles.
Tienen una especie de logro sindical que se formaliza, con todas las de la ley, en algo que el propio Mister Ripley llamaría “Condiciones Generales de Trabajo”, donde se les autoriza a heredar la plaza a su esposa, a sus hijos, a sus yernos, a sus nietos o a cualquier familiar cercano o lejano. Estos trabajadores poseen un bien de incalculable valor: la certeza jurídica de que nunca perderán sus derechos sobre la plaza que ostentan y que tampoco sus familiares quedarán en el abandono si el titular de la plaza muere, se jubila o incapacita. El feliz poseedor de la plaza simplemente decide a quién se la hereda, y lo puede hacer en vida o dejar en manos de la familia la decisión crucial de quién podrá beneficiarse con tan apetecida colocación.
Los dueños actuales de la plaza de base, hicieron, en su momento, hasta lo imposible para cambiar los bienes intangibles de sus buenas relaciones con los poderosos y la fuerza de su sindicato, por un bien tangible, contante y sonante, ambicionado por cualquiera. Y lo lograron. No están sujetos a recortes, ni a evaluaciones de su desempeño, no pierden su empleo por cambios de administración, no están obligados a elevar la productividad; de hecho, están a salvo de cualquier vendaval que ponga en riesgo su patrimonio laboral familiar. Las autoridades pueden correr a todos los empleados... menos a ellos o a ellas ¿porqué?, pues porque tienen “base”. Así que, filántropo lector, becaremos a la familia beneficiaria por varias generaciones. Aunque usted no lo crea.
Escucharemos todos los años a los basificados exigiendo más salario, más prestaciones, más bonos, más premios, útiles escolares, vacaciones, ropa y zapatos, nieve de chunique y prebendas al por mayor; siempre piden más de todo... y se los dan. Y jamás escuchará usted, pagano y optimista lector, que a cambio de los aumentos de salario y prestaciones recibidas, se comprometen a servir con mayor tesón y productividad o a aportar mayor eficacia en su desempeño, no, esos raros conceptos ni siquiera los mientan en sus chorizos interminables de peticiones a las autoridades. Reciben demasiado por lo que aportan.
Ninguno de los heredados comienza desde abajo, no ascienden mediante la cultura del esfuerzo y la productividad, no logran mejores puestos de acuerdo a sus capacidades o a la formación profesional y a la experiencia obtenida. Nada, el beneficiario simplemente asume su puesto regalado con el mismo sueldo y privilegios que tenía su familiar benefactor. No importa cuanto sea el ingreso y tampoco si gana más que otros empleados con mejores aptitudes.
Tampoco importa que el heredero carezca de un perfil idóneo para desempeñarse en el servicio público, o si dispone de formación profesional pertinente o alguna calificación que lo certifique para desempeñar el puesto del titular que se lo heredó. Parten del sencillo razonamiento de que el dueño real les heredó la plaza, no el Ayuntamiento, su patrón, ese ni cuenta. Y si hubiera algún problema, ahí estará al sindicato para defender el sagrado derecho patrimonial en que se han convertido las plazas laborales en el municipio y en el estado. Por eso en cada administración las nóminas engordan hasta la obesidad más delirante, porque se tienen que contratar empleados de confianza, prescindibles, que tengan los perfiles necesarios para los trabajos. Y como no se puede despedir a los de base... pues sobran cientos en un lugar y faltan decenas en otros. Sin exagerar, es la neta.
Tampoco importa mucho que el beneficiario de la herencia familiar nunca en su vida haya trabajado, y por lo tanto, no disponga de ninguna calificación laboral. Eso será lo de menos, “sobran” los lugares en los que se pueden colocar. Así vemos trabajadores que no saben ni trapear un piso, ni hacer una carta, pero refunfuñan cada vez que se les pide ser productivos y trabajar con un mínimo de calidad. Ellos no están para eso. Al fin que nadie los podrá despedir nunca por exceso de personal o por incompetentes. Es más, este calificativo no se les puede aplicar a los empleados de base, ellos no son competentes ni incompetentes, simplemente están ahí, abultando cada año, esa masa amorfa de los llamados empleados de base, de los cuales, sólo una minúscula parte trabaja de a deveras y es eficaz.
¿Cuándo llegamos a este enredo que nadie puede ni quiere resolver?
Porque al final del día, usted, heredero lector, y yo, y miles más, costeamos su salario con los impuestos que nos quitan, y lo que es peor, se los pagaremos durante toda su existencia, generaciones enteras, primero al titular de la plaza y después, al miembro de la familia que se saque el premio de una plaza de base.
Es “su” municipio, “su” inamovible e indestructible fuente de ingresos, pero no porque ahí se ocupen sino porque simplemente les pertenece. Son los propietarios del Ayuntamiento. Ni más ni menos. Olvídese usted del Cabildo, del Presidente Municipal, ellos van de paso, y rápido, los dueños reales y permanentes del municipio son los empleados de base.
Es la visión patrimonialista del estado, que se concreta en su propia entraña. Es un “logro” laboral inconmensurable de los compañeros trabajadores.
¿Usted lector puede entender qué está pasando? ¿O qué pasó? ¿O quién fue?
Yo, confieso que no lo entiendo.
Diosa griega de la "redistribución" o del equilibrio. Su labor era castigar a aquellos que cometían crímenes y quedaban impunes, a la vez que recompensaba a los que sufrían injustamente. Bajo este nombre se publican todas las columnas que aparecieron en el periódico El Sudcaliforniano en La Paz, Baja California Sur. A partir del 7ene2017 solamente se publican comentarios y algunas columnas en este Blog.
01 agosto 2006
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