Esta columna no fue publicada en El Sudacliforniano, solamente en mi espacio, es decir, este que estás leyendo.
Ni más ni menos que así quedaron las cosas después de la elección del 2 de julio.
Hasta hoy sin incluir al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación los árbitros le fallaron a todos los mexicanos, han cometido pifia tras pifia. La sonrisa de felicidad de los supuestos ganadores se convirtió en una mueca trágica. Por sus actitudes y manifestaciones ni ellos mismos creyeron en su propio y contundente “triunfo”. Hoy claman unos que así se queden las cosas, y otros que no, porque se debe tener la certeza total de quién resultó ganador. Y se descubre en nuestros días lo que siempre se supo, lo que estaba ahí soterrado: que el país está dividido en mitades, ni siquiera en tercios. No se necesita ser muy docto para saber que siempre hubo un México tremendamente desigual, lleno de pobres que ahora mismo son más de la mitad de la población, por ahí de los 60 millones o más. Esa mitad de miserables ha estado siempre ahí, sin contar, sin hablar, sin participar, y ahora que decidieron ir a votar, se les vio la cara, aparecieron para decirnos que predominan dos Méxicos, y el de ellos, el abandonado es el más injusto, el mayor de todos y el que padecen más mexicanos. Pero hay otros que no están en un lado ni en otro y tienen una voz que pocas veces conocemos. Es el caso de quienes escriben mensajes e ideas que aparecen en la blogosfera de la red y en cientos de mensajes de correo electrónico que circulan por miles a través del Internet. Este que transcribo es uno de ellos, y usted, lector acucioso, juzgará en qué bando se encuentra el anónimo autor de las líneas que reproduzco y que me fueron enviadas a mi cuenta de correo electrónico. Y aunque no necesariamente coincido con sus ideas, es bueno saber que no solamente existe tu voz lector, la mía y la de otros muchos en este país cada vez más plural y contradictorio. Este es el mensaje.
MEXICANO: Hoy quiero decirte que estoy hasta la madre de tus estúpidas quejas y lloriqueos milenarios. Que estoy hasta la madre de tus inútiles manifestaciones donde no logras nada y sólo chingas a los demás. Que estoy harto de que siempre quieres ser un parásito y vivir del gobierno, quieres que el gobierno te mantenga, te baje precios, te dé luz, agua y tierra, todo quieres en la boca.Maldito huevón...Estoy hasta la madre de tu pendeja frasecita "la tierra es de quien la trabaja" ¿para qué cabrón? De todas formas acabas largándote al otro lado donde la tierra no es de quien la trabaja. Allá la tierra le pertenece a quien tiene el capital para trabajarla, pero eso es algo que tú en tu maldita ignorancia nunca vas a entender.Estoy harto de que te sientas orgulloso de tu estúpido PEMEX creyendo que el petróleo es tuyo ¿y para qué cabrón? Si la gasolina la traes del extranjero. Estoy realmente cansado de ver cómo te haces la víctima para todo y entre más jodido estés, en vez de pelear para salir del hoyo, más te haces la víctima y el ofendido.Estoy harto de ver cómo te haces el ignorante y el ingenuo para tener hijos como un maldito animal sin lograr mantenerlos dignamente. Otra cosita cabrón, ¿en serio crees que la situación y futuro del país está en manos de quien lo gobierne? Me lleva la chingada, por eso no avanzamos.MÉXICO ERES TÚ, no el presidente.Ni el pendejete incompetente de Felipe, ni el mentiroso arrastramasas deManuel Andrés y mucho menos el ratero incongruente y mentiroso de Robertoharán que tu vida sea mejor, ninguno de estos pelagatos será un buen presidente para nuestro país, quienes mejor pueden sacarlo adelante son ustedes, raza, ciudadanos normales pero con los pantalones suficientes para pelear por los sueños del pueblo mexicano.Me da lástima verte cómo dices que la riqueza en México no se distribuye bien, la riqueza no se distribuye, cabrón, se gana con trabajo e inteligencia ¿o qué, no puedes? Piénsalo, pero no dos veces, que no está tan difícil, gente chingona hace gobiernos chingones, no al revés.Atentamente, el águila de tu bandera.En este país de la tragedia sin fin, remato los claroscuros de las inquietantes ideas del mensaje trascrito, para recordar juntos aquel incidente futurista de gran visión que ocurrió en Cuilapam, Oaxaca a finales del mes de abril del año pasado, cuando un solitario estudiante de derecho, en pleno proceso de desafuero, enfrentó al Presidente de la República ondeando una pancarta que decía “Fox traidor de la democracia”. La frase de aquel joven inconforme retrató con precisión lo que, al paso del tiempo, sería el desastre electoral que, preocupados, estamos atestiguando. Una vez en el poder, según hemos visto, la democracia ya no les importa, su nueva obsesión es solamente la lucha por conservarlo, para sí y para su mafia. ¿Y los demás? Esos siempre serán lo de menos, son carne de cañón.
Diosa griega de la "redistribución" o del equilibrio. Su labor era castigar a aquellos que cometían crímenes y quedaban impunes, a la vez que recompensaba a los que sufrían injustamente. Bajo este nombre se publican todas las columnas que aparecieron en el periódico El Sudcaliforniano en La Paz, Baja California Sur. A partir del 7ene2017 solamente se publican comentarios y algunas columnas en este Blog.
29 julio 2006
12 julio 2006
EL TAMAÑO DEL MIEDO
Parece que pudo más el pánico que la certeza democrática.
¿Porqué tirar a la basura lo que pudo ser una gran fiesta?
Los datos que han salido a la luz pública en los últimos días sobre los resultados de la votación del 2 de julio mueven a pensar, desde la óptica de una duda razonable, que algo comienza a apestar.
¿Dónde estaría el truco, la vesania de las autoridades electorales “ciudadanas”? ¿Cómo le hicieron?
Las poquísimas conversaciones telefónicas entre actores foxistas apenas nos dejan ver las dimensiones de la conspiración que hasta ahora solamente flota en el terreno de las posibilidades del chantaje.
¿Podrían cometer un fraude cibernético, o de cualquier otro tipo, los foxistas y sus sacrosantos y destacados representantes del yunque? ¡Claro que sí pudieron! Tan pudieron que lo comenzamos a ver cada vez más con mayor claridad en la prensa diaria, a través de ejemplos grotescos de lo que ocurrió en varias casillas y en varios estados de la república.
¿Y los panistas, los de a de veras? Esos ingenuos ni siquiera tienen idea de a quién están sirviendo de comparsas. Creen que ganaron en buena lid gracias al “buen gobierno” de Fox. Pero no se engañen, los panistas tradicionales no pintan, nunca han contado en el plan maestro de la camarilla. En cambio, los otros, los miembros de la secta, creen que ya cometieron el crimen perfecto.
Los ejemplos de casillas con datos extraños; el anunciado uso de un algoritmo dentro del sistema de computo del IFE; el atípico comportamiento del flujo de los votos; la resistencia “legal” para que se contara voto por voto en varios estados, aún en los casos en que era legal hacerlo; la prisa de Bush por felicitar a alguien que ni siquiera ha sido declarado formalmente ganador; más la ocultación tramposa de los tres millones de votos “aclarados” a destiempo, cuando ya el daño estaba hecho; la concertación antipeje y antipri, el gasto insultante en la propaganda foxista. Después del “triunfo”, declarado ilegalmente por Ugalde, la segunda parte del plan consistió en generar un verdadero Tsunami de apoyos para el “ganador”. Una poderosa cargada de dimensiones tales, que hiciera irreversible la victoria, usando para ello toda la armazón del estado, a los cómplices de toda laya, y con toda la fuerza económica del presupuesto federal, que es inmenso. Todo al servicio de la camarilla foxista que infectó lo que pasó por sus manos a pesar de que, codiciosamente, se afanaban por repetir, hasta el cansancio, su conjuro de que relucían de limpias.
Están a punto de que se les derrame la fosa séptica e inundar al país entero.
Después de lo que pudo ser una grandiosa y apasionante fiesta, nos queda sólo una gran incertidumbre, un clima de confusión, molestia y encono por el uso de un posible artificio tramposo, encabritados por no saber qué pasó realmente y por no saber si lo que sucedió y se contó fue limpio y justo. El desenlace de la fiesta, no produjo esa cruda catártica que nos hace sentirnos aliviados y nuevos al día siguiente. No. Es de aquellas resacas en que todo lastima conforme vamos despertando para vomitar sin freno, y empeora al tener conciencia de lo que hicimos durante la parranda; ya despabilados, todo se ennegrece al recordar las barbaridades cometidas y la interminable lista de los nombres de aquellos a quienes injuriamos o agraviamos sin razón.
Los días siguientes a la elección no han sido, al menos no todavía, de júbilo ni están para festejos.
Las evidencias, apenas anunciadas y enunciadas, nos dan una pequeña pauta de la maquinación y de la compleja maquinaria electoral que echaron a caminar, desde el estado, antes y durante la elección. Y aún después, durante el conteo oficial de los resultados reflejados en las actas acopiadas y sumadas en los 300 distritos electorales. Pero esta máquinaria confucionista no detendrá su marcha. Recordemos que hoy continúa la discusión sobre el gran fraude del 88 y la quema de los paquetes electorales para no dejar rastro.
Debo reconocer que, al principio, me venció la fe cívica, la esperanza de que todo saliera bien, muy apretado como estaba previsto, pero bien. Deseaba, ansiosamente, saber con fundamento, que la aritmética de los conteos simples me darían la certidumbre que estaba buscando, como muchos otros, si no es que todos, para entrar, tersamente, al camino de la democracia a secas, a prueba de todo. Hoy tengo la sensación de que no fue así, de que me engañaron como a un chiquillo. Lo sé pero no lo puedo probar. Quien sí pueda que lo haga.
¿Lo que se sabe ilegal y no se puede probar se convierte por eso en legal y legítimo?
¿Es justo que así sea?
También debo reconocer que no tenía idea, en mi ingenuidad, de la fuerza perversa que ha logrado acumular la camarilla que nos gobierna. Demostraron un furor y una infamia admirables, por siniestras, que los inspiró para diseñar “algo” que les autorizara formalmente, dentro de una supuesta legalidad, a conservar lo que hoy parece que están a punto de lograr, montados en la voluntad de millones de incautos mexicanos que decidimos votar.
Y tampoco contaba con que el tamaño del miedo de la camarilla foxista y el grado de corrupción infinita que acumularon, les enfermara la mente, a tal grado, de fraguar un timo monumental e increíble porque se realizó “a la vista de todos” los ingenuos mexicanos a quienes cegó la esperanza de cambio real por el voto. La pandilla foxista es fantástica, ha pasado por encima de la legalidad...sin violentarla, aparentemente; y ahora, los perversos expertos de la conspiración nos quieren convencer de que todo es legítimo pero sin demostrarlo de manera creíble.
Un triunfo en las urnas tiene que ser creíble, no sólo parecerlo.
Nos quieren montar, una vez más, para padecerlos otros larguísimos seis años.
En las elecciones no queremos confusión ni engaño, no queremos más de lo mismo.
Si no realizamos de nuevo el conteo voto por voto, no veo otra forma de recuperar en esta elección la certeza, legalidad, independencia, imparcialidad y objetividad que nos garantiza el artículo 41 de la Constitución. No hay otra forma de hacerlo. Y ante el cúmulo de nubarrones oscuros que van ennegreciendo el panorama nacional de la elección, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación tiene todo el poder de ordenar que así se haga: cuéntese voto por voto. Tal vez esta solicitud no sea legal en términos formales, pero es lo justo, es lo mínimo que merecemos quienes creímos en el voto y votamos en un proceso que parecía limpio.
Ahora, los mexicanos tenemos que demostrarnos que no hubo truco ni trampa. Ni magos.
Yo fui de los que voté y no me sentiría insultado o ninguneado si eso nos diera certeza y justicia porque alguna autoridad electoral ciudadana y los partidos contaran mi voto por segunda vez. Con eso bastaría para reconocer, sin limites ni gestos, al real ganador, el que sea. Y si de esta operación de arqueo resultara un solo voto de diferencia, tampoco me importaría, porque ya vimos que se puede ganar y perder por una mínima diferencia.
Vale más un mes o dos de incertidumbre electoral pacífica, que dejar una mancha de estiércol en todo el sistema electoral mexicano y con ello abrir la caja de Pandora mientras caminamos por el sendero de la ilegitimidad durante los próximos seis años.
No hay otra manera prudente, sensata y justa de conservar la confianza y la tranquilidad en el país mas que contar voto por voto. No es por un partido o por un candidato. Es por la legalidad y la certeza.
El supuesto fraude que se vislumbra, corresponde al tamaño del miedo a que se terminen los productivos negocios familiares al amparo del poder, y de que algunos de los más preclaros foxistas, empezando por su líder y familia, vayan a parar a la cárcel si pierden la impunidad lograda, esa misma que con paciencia de santos, han ido tejiendo durante todo un sexenio con la complicidad de varios actores políticos de corte mafioso. Unos y otros, defienden a una vulgar camarilla que se aferrará al poder con todo lo que tiene. Y no es poco. Es todo el poderío federal con el presupuesto incluido. Ya lo vimos.
Y realmente no me importa si usted, paciente lector, votó por uno u otro candidato. De verdad no me importa. Eso es asunto suyo. Lo que sí me fastidia, es la falta de certeza y claridad para identificar, sin la mancha indeleble de lo ilegitimo, al futuro presidente de todos los mexicanos.
El cochinero que se anuncia nos dará la dimensión del tamaño de su miedo.
Magistrados, pasen a la historia que no se borra nunca, y ordenen: ¡cuéntese voto por voto!
¿Porqué tirar a la basura lo que pudo ser una gran fiesta?
Los datos que han salido a la luz pública en los últimos días sobre los resultados de la votación del 2 de julio mueven a pensar, desde la óptica de una duda razonable, que algo comienza a apestar.
¿Dónde estaría el truco, la vesania de las autoridades electorales “ciudadanas”? ¿Cómo le hicieron?
Las poquísimas conversaciones telefónicas entre actores foxistas apenas nos dejan ver las dimensiones de la conspiración que hasta ahora solamente flota en el terreno de las posibilidades del chantaje.
¿Podrían cometer un fraude cibernético, o de cualquier otro tipo, los foxistas y sus sacrosantos y destacados representantes del yunque? ¡Claro que sí pudieron! Tan pudieron que lo comenzamos a ver cada vez más con mayor claridad en la prensa diaria, a través de ejemplos grotescos de lo que ocurrió en varias casillas y en varios estados de la república.
¿Y los panistas, los de a de veras? Esos ingenuos ni siquiera tienen idea de a quién están sirviendo de comparsas. Creen que ganaron en buena lid gracias al “buen gobierno” de Fox. Pero no se engañen, los panistas tradicionales no pintan, nunca han contado en el plan maestro de la camarilla. En cambio, los otros, los miembros de la secta, creen que ya cometieron el crimen perfecto.
Los ejemplos de casillas con datos extraños; el anunciado uso de un algoritmo dentro del sistema de computo del IFE; el atípico comportamiento del flujo de los votos; la resistencia “legal” para que se contara voto por voto en varios estados, aún en los casos en que era legal hacerlo; la prisa de Bush por felicitar a alguien que ni siquiera ha sido declarado formalmente ganador; más la ocultación tramposa de los tres millones de votos “aclarados” a destiempo, cuando ya el daño estaba hecho; la concertación antipeje y antipri, el gasto insultante en la propaganda foxista. Después del “triunfo”, declarado ilegalmente por Ugalde, la segunda parte del plan consistió en generar un verdadero Tsunami de apoyos para el “ganador”. Una poderosa cargada de dimensiones tales, que hiciera irreversible la victoria, usando para ello toda la armazón del estado, a los cómplices de toda laya, y con toda la fuerza económica del presupuesto federal, que es inmenso. Todo al servicio de la camarilla foxista que infectó lo que pasó por sus manos a pesar de que, codiciosamente, se afanaban por repetir, hasta el cansancio, su conjuro de que relucían de limpias.
Están a punto de que se les derrame la fosa séptica e inundar al país entero.
Después de lo que pudo ser una grandiosa y apasionante fiesta, nos queda sólo una gran incertidumbre, un clima de confusión, molestia y encono por el uso de un posible artificio tramposo, encabritados por no saber qué pasó realmente y por no saber si lo que sucedió y se contó fue limpio y justo. El desenlace de la fiesta, no produjo esa cruda catártica que nos hace sentirnos aliviados y nuevos al día siguiente. No. Es de aquellas resacas en que todo lastima conforme vamos despertando para vomitar sin freno, y empeora al tener conciencia de lo que hicimos durante la parranda; ya despabilados, todo se ennegrece al recordar las barbaridades cometidas y la interminable lista de los nombres de aquellos a quienes injuriamos o agraviamos sin razón.
Los días siguientes a la elección no han sido, al menos no todavía, de júbilo ni están para festejos.
Las evidencias, apenas anunciadas y enunciadas, nos dan una pequeña pauta de la maquinación y de la compleja maquinaria electoral que echaron a caminar, desde el estado, antes y durante la elección. Y aún después, durante el conteo oficial de los resultados reflejados en las actas acopiadas y sumadas en los 300 distritos electorales. Pero esta máquinaria confucionista no detendrá su marcha. Recordemos que hoy continúa la discusión sobre el gran fraude del 88 y la quema de los paquetes electorales para no dejar rastro.
Debo reconocer que, al principio, me venció la fe cívica, la esperanza de que todo saliera bien, muy apretado como estaba previsto, pero bien. Deseaba, ansiosamente, saber con fundamento, que la aritmética de los conteos simples me darían la certidumbre que estaba buscando, como muchos otros, si no es que todos, para entrar, tersamente, al camino de la democracia a secas, a prueba de todo. Hoy tengo la sensación de que no fue así, de que me engañaron como a un chiquillo. Lo sé pero no lo puedo probar. Quien sí pueda que lo haga.
¿Lo que se sabe ilegal y no se puede probar se convierte por eso en legal y legítimo?
¿Es justo que así sea?
También debo reconocer que no tenía idea, en mi ingenuidad, de la fuerza perversa que ha logrado acumular la camarilla que nos gobierna. Demostraron un furor y una infamia admirables, por siniestras, que los inspiró para diseñar “algo” que les autorizara formalmente, dentro de una supuesta legalidad, a conservar lo que hoy parece que están a punto de lograr, montados en la voluntad de millones de incautos mexicanos que decidimos votar.
Y tampoco contaba con que el tamaño del miedo de la camarilla foxista y el grado de corrupción infinita que acumularon, les enfermara la mente, a tal grado, de fraguar un timo monumental e increíble porque se realizó “a la vista de todos” los ingenuos mexicanos a quienes cegó la esperanza de cambio real por el voto. La pandilla foxista es fantástica, ha pasado por encima de la legalidad...sin violentarla, aparentemente; y ahora, los perversos expertos de la conspiración nos quieren convencer de que todo es legítimo pero sin demostrarlo de manera creíble.
Un triunfo en las urnas tiene que ser creíble, no sólo parecerlo.
Nos quieren montar, una vez más, para padecerlos otros larguísimos seis años.
En las elecciones no queremos confusión ni engaño, no queremos más de lo mismo.
Si no realizamos de nuevo el conteo voto por voto, no veo otra forma de recuperar en esta elección la certeza, legalidad, independencia, imparcialidad y objetividad que nos garantiza el artículo 41 de la Constitución. No hay otra forma de hacerlo. Y ante el cúmulo de nubarrones oscuros que van ennegreciendo el panorama nacional de la elección, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación tiene todo el poder de ordenar que así se haga: cuéntese voto por voto. Tal vez esta solicitud no sea legal en términos formales, pero es lo justo, es lo mínimo que merecemos quienes creímos en el voto y votamos en un proceso que parecía limpio.
Ahora, los mexicanos tenemos que demostrarnos que no hubo truco ni trampa. Ni magos.
Yo fui de los que voté y no me sentiría insultado o ninguneado si eso nos diera certeza y justicia porque alguna autoridad electoral ciudadana y los partidos contaran mi voto por segunda vez. Con eso bastaría para reconocer, sin limites ni gestos, al real ganador, el que sea. Y si de esta operación de arqueo resultara un solo voto de diferencia, tampoco me importaría, porque ya vimos que se puede ganar y perder por una mínima diferencia.
Vale más un mes o dos de incertidumbre electoral pacífica, que dejar una mancha de estiércol en todo el sistema electoral mexicano y con ello abrir la caja de Pandora mientras caminamos por el sendero de la ilegitimidad durante los próximos seis años.
No hay otra manera prudente, sensata y justa de conservar la confianza y la tranquilidad en el país mas que contar voto por voto. No es por un partido o por un candidato. Es por la legalidad y la certeza.
El supuesto fraude que se vislumbra, corresponde al tamaño del miedo a que se terminen los productivos negocios familiares al amparo del poder, y de que algunos de los más preclaros foxistas, empezando por su líder y familia, vayan a parar a la cárcel si pierden la impunidad lograda, esa misma que con paciencia de santos, han ido tejiendo durante todo un sexenio con la complicidad de varios actores políticos de corte mafioso. Unos y otros, defienden a una vulgar camarilla que se aferrará al poder con todo lo que tiene. Y no es poco. Es todo el poderío federal con el presupuesto incluido. Ya lo vimos.
Y realmente no me importa si usted, paciente lector, votó por uno u otro candidato. De verdad no me importa. Eso es asunto suyo. Lo que sí me fastidia, es la falta de certeza y claridad para identificar, sin la mancha indeleble de lo ilegitimo, al futuro presidente de todos los mexicanos.
El cochinero que se anuncia nos dará la dimensión del tamaño de su miedo.
Magistrados, pasen a la historia que no se borra nunca, y ordenen: ¡cuéntese voto por voto!
07 julio 2006
LAS DEVORADORAS
Cualquiera las puede ver cuando llegan a “trabajar” a las oficinas de cualquier dependencia de gobierno: federales, estatales o de los ayuntamientos. Son profesionistas o secretarias, de intendencia, de limpieza o analistas, no importa, ya el mal es endémico.
Llegan corriendo y siempre con hambre. Todos los días repiten hasta el cansancio “es que no tuve tiempo de desayunar”. Acuden todas las mañanas a sus oficinas bien pertrechadas de tortas, fruta picada, papitas fritas, alguna fritanga, o sandwiches en su respectiva bolsita de plástico o en un toper. Y parece que siempre tuvieran apetito. Algunas de estas devoradoras disfrazan sus lonches, otras los llevan escondidos en sus grandes bolsas, y las más, a la vista de todos. Al paso de unos minutos, inundan con su miasma toda la oficina. No se dan cuenta que resultan patéticas a la vista de cualquiera. Dan pena ajena. Y dan todavía más pena, cuando alimentan su obesidad sin decoro enfrente de quienes visitan las oficinas públicas para realizar algún trámite. Algunas, atienden a los usuarios con la boca retacada de comida o mordiendo a intervalos su galletita de dieta. Sin recato alguno, y sin el menor asomo de vergüenza, depositan su comida chatarra o sus lonches encima de los escritorios y comienzan a engullirla, poco a poco, sin pena ni gloria, como si estuvieran en su casa viendo la tele.
Cuando usted se presenta, como usuario de algún servicio en los ayuntamientos o en alguna oficina del estado o federal, ante cualquiera de estas esforzadas engullidoras, tendrá que esperar a que se logren tragar lo que tienen en la boca, se limpien los labios con las manos, y después, recibirá una respuesta tosca, por haber interrumpido el tiempo de sus sagrados alimentos en horas de trabajo.
Como no hay un orden ni reglas claras para el desempeño laboral, pueden pasarse el resto del día deglutiendo frituras y llenando los botes de basura con los restos de sus voracidades. No hay una sola autoridad que les pare el alto. No vaya a ser que en una de esas, las devoradoras se enojen y se quejen con el sindicato que defenderá, de inmediato, las sagradas rutinas alimentarias de sus sacrificadas compañeras trabajadoras.
Esta patética costumbre nutricional combinada con una falta de educación y cortesía para los demás, se ha convertido en una parte del paisaje burocrático al que todos, poco a poco y por desgracia, nos hemos ido acostumbrando. Muchos vemos estos actos burocráticos cotidianos como algo de muy mal gusto, que debería estar absolutamente prohibido. Pero acabamos aceptándolo como un hecho fatal. Algunas oficinas han llegado a convertirse en verdaderas fondas malolientes. No se diga en las cercanías.
Hay oficinas en que cada escritorio o cajón, es una pequeña carreta llena de botanas y fritangas. Como las devoradoras ya presentan reflejos condicionados, al mismo tiempo que jalan el cajón de su escritorio, abren la boca para deglutir su prolongado desayuno, intermitentemente, durante toda la jornada laboral.
Si trabajaran en la misma forma en que degluten ya tendríamos oficinas públicas del primer mundo.
No hay mesura alguna ni decoro en este tipo de comportamiento.
Las burócratas con esta perniciosa costumbre son, en su inmensa mayoría mujeres, y no conozco la razón para que sea así. No tienen conciencia en absoluto sobre el efecto repulsivo que provoca en los usuarios que van a hacer algún trámite, hablarle a un servidor público cuando se encuentra en pleno proceso de masticación o con el bocado atravesado entre la lengua y la garganta, masticando como rumiante y chupándose los dedos con deleite infantil hasta dejarlos relucientes. Incluyendo las uñas. Y después, atienden.
Y hay algunas de estas burócratas que son capaces de cumplir su pasmoso ritual masticador durante todo el día, sin parar. Y si por alguna razón el bastimento se les termina, sólo dicen, “ahorita vengo” y van por más parque para rumiar.
Por algo somos el segundo país con más obesos en el mundo después de los gringos.
Cuando no sacan de sus bolsos lo que llevan para comer, pues simplemente se van a la calle por la botana, pero no crea usted que se la comen en el infaltable puesto o carreta cercana, cercanísima, no, cargan con vasitos, platos con pasteles y empanadas hasta la mismísima oficina, y piden para llevar porque son varios las que esperan a que lleguen las provisiones. ¿Y si no pudieran salir? No importa, pues para eso están las animosas Marías que toman por asalto las oficinas de todo tipo con sus inmensas canastas para venderles a las golosas todo tipo de dulces y comida ¡a crédito!
Las devoradoras están convencidas de que “sus” oficinas se hicieron no solamente para “trabajar” sino también para la guasanga cotidiana previa y la ingesta perenne de botanas y fritangas.
Para nuestra fortuna, hay empleados y empleadas respetables en las oficinas públicas que no tienen esta mentalidad de burócratas vulgares, no pertenecen al clan de las devoradoras, se comportan siempre de manera educada, con disciplina laboral, son corteses y casi nunca degluten en la oficina, pero cuando esporádicamente tienen que hacerlo, lo realizan con discreción y reserva; insólitamente desayunan siempre en su casa y no han sido contagiados por el virus masticatorio de los rumiantes.
En el colmo del abuso y evidenciando una carencia absoluta de responsabilidad en el desempeño de su labor, utilizan las horas de trabajo para la fritanga o los infinitos agasajos. Le dedican una, dos o tres horas al festejo de lo que sea. Curiosamente nunca lo hacen al terminar sus horarios de trabajo, como sería lógico pensar y estarían en su derecho. Y en pleno festejo, jamás se preocupan de los usuarios que pueden llegar a sus oficinas solicitando algún servicio o trámite, quienes al llegar, se encuentran de repente inmersos en una olorosa fonda. Y tampoco piensan en que se les paga para trabajar, y mucho menos, en que ese tiempo laboral es para atender asuntos públicos, no para sus fiestas personales.
Esto quiere decir que usted y yo, contribuyente lector, les pagamos su salario, el que sea, para que dediquen una buena parte de su tiempo a la deglución entusiasta de comida variada, en lugar de dedicarse a trabajar con empeño.
Algunos funcionarios, muy pocos, se nota que están genuinamente preocupados por mejorar el servicio público en beneficio de todos, pero a otros, y a las devoradoras, no les importa, sólo quieren recibir puntualmente sus centavos a cambio de casi nada.
Estas glotonas no aportan nada porque están vacías de contenido y llenas de comida chatarra y botanas.
Y no olvidemos a todas aquellas quejumbrosas que siempre tienen “mucho trabajo” pero solo dedican a sus tareas no más de dos horas de trabajo efectivo, y el resto, a la milonga. Eso si, algunas están buenísimas pero... no sirven para nada. De verdad, para nada.
¿Alguien podrá resolver el caso de las patéticas devoradoras en las oficinas públicas?
Llegan corriendo y siempre con hambre. Todos los días repiten hasta el cansancio “es que no tuve tiempo de desayunar”. Acuden todas las mañanas a sus oficinas bien pertrechadas de tortas, fruta picada, papitas fritas, alguna fritanga, o sandwiches en su respectiva bolsita de plástico o en un toper. Y parece que siempre tuvieran apetito. Algunas de estas devoradoras disfrazan sus lonches, otras los llevan escondidos en sus grandes bolsas, y las más, a la vista de todos. Al paso de unos minutos, inundan con su miasma toda la oficina. No se dan cuenta que resultan patéticas a la vista de cualquiera. Dan pena ajena. Y dan todavía más pena, cuando alimentan su obesidad sin decoro enfrente de quienes visitan las oficinas públicas para realizar algún trámite. Algunas, atienden a los usuarios con la boca retacada de comida o mordiendo a intervalos su galletita de dieta. Sin recato alguno, y sin el menor asomo de vergüenza, depositan su comida chatarra o sus lonches encima de los escritorios y comienzan a engullirla, poco a poco, sin pena ni gloria, como si estuvieran en su casa viendo la tele.
Cuando usted se presenta, como usuario de algún servicio en los ayuntamientos o en alguna oficina del estado o federal, ante cualquiera de estas esforzadas engullidoras, tendrá que esperar a que se logren tragar lo que tienen en la boca, se limpien los labios con las manos, y después, recibirá una respuesta tosca, por haber interrumpido el tiempo de sus sagrados alimentos en horas de trabajo.
Como no hay un orden ni reglas claras para el desempeño laboral, pueden pasarse el resto del día deglutiendo frituras y llenando los botes de basura con los restos de sus voracidades. No hay una sola autoridad que les pare el alto. No vaya a ser que en una de esas, las devoradoras se enojen y se quejen con el sindicato que defenderá, de inmediato, las sagradas rutinas alimentarias de sus sacrificadas compañeras trabajadoras.
Esta patética costumbre nutricional combinada con una falta de educación y cortesía para los demás, se ha convertido en una parte del paisaje burocrático al que todos, poco a poco y por desgracia, nos hemos ido acostumbrando. Muchos vemos estos actos burocráticos cotidianos como algo de muy mal gusto, que debería estar absolutamente prohibido. Pero acabamos aceptándolo como un hecho fatal. Algunas oficinas han llegado a convertirse en verdaderas fondas malolientes. No se diga en las cercanías.
Hay oficinas en que cada escritorio o cajón, es una pequeña carreta llena de botanas y fritangas. Como las devoradoras ya presentan reflejos condicionados, al mismo tiempo que jalan el cajón de su escritorio, abren la boca para deglutir su prolongado desayuno, intermitentemente, durante toda la jornada laboral.
Si trabajaran en la misma forma en que degluten ya tendríamos oficinas públicas del primer mundo.
No hay mesura alguna ni decoro en este tipo de comportamiento.
Las burócratas con esta perniciosa costumbre son, en su inmensa mayoría mujeres, y no conozco la razón para que sea así. No tienen conciencia en absoluto sobre el efecto repulsivo que provoca en los usuarios que van a hacer algún trámite, hablarle a un servidor público cuando se encuentra en pleno proceso de masticación o con el bocado atravesado entre la lengua y la garganta, masticando como rumiante y chupándose los dedos con deleite infantil hasta dejarlos relucientes. Incluyendo las uñas. Y después, atienden.
Y hay algunas de estas burócratas que son capaces de cumplir su pasmoso ritual masticador durante todo el día, sin parar. Y si por alguna razón el bastimento se les termina, sólo dicen, “ahorita vengo” y van por más parque para rumiar.
Por algo somos el segundo país con más obesos en el mundo después de los gringos.
Cuando no sacan de sus bolsos lo que llevan para comer, pues simplemente se van a la calle por la botana, pero no crea usted que se la comen en el infaltable puesto o carreta cercana, cercanísima, no, cargan con vasitos, platos con pasteles y empanadas hasta la mismísima oficina, y piden para llevar porque son varios las que esperan a que lleguen las provisiones. ¿Y si no pudieran salir? No importa, pues para eso están las animosas Marías que toman por asalto las oficinas de todo tipo con sus inmensas canastas para venderles a las golosas todo tipo de dulces y comida ¡a crédito!
Las devoradoras están convencidas de que “sus” oficinas se hicieron no solamente para “trabajar” sino también para la guasanga cotidiana previa y la ingesta perenne de botanas y fritangas.
Para nuestra fortuna, hay empleados y empleadas respetables en las oficinas públicas que no tienen esta mentalidad de burócratas vulgares, no pertenecen al clan de las devoradoras, se comportan siempre de manera educada, con disciplina laboral, son corteses y casi nunca degluten en la oficina, pero cuando esporádicamente tienen que hacerlo, lo realizan con discreción y reserva; insólitamente desayunan siempre en su casa y no han sido contagiados por el virus masticatorio de los rumiantes.
En el colmo del abuso y evidenciando una carencia absoluta de responsabilidad en el desempeño de su labor, utilizan las horas de trabajo para la fritanga o los infinitos agasajos. Le dedican una, dos o tres horas al festejo de lo que sea. Curiosamente nunca lo hacen al terminar sus horarios de trabajo, como sería lógico pensar y estarían en su derecho. Y en pleno festejo, jamás se preocupan de los usuarios que pueden llegar a sus oficinas solicitando algún servicio o trámite, quienes al llegar, se encuentran de repente inmersos en una olorosa fonda. Y tampoco piensan en que se les paga para trabajar, y mucho menos, en que ese tiempo laboral es para atender asuntos públicos, no para sus fiestas personales.
Esto quiere decir que usted y yo, contribuyente lector, les pagamos su salario, el que sea, para que dediquen una buena parte de su tiempo a la deglución entusiasta de comida variada, en lugar de dedicarse a trabajar con empeño.
Algunos funcionarios, muy pocos, se nota que están genuinamente preocupados por mejorar el servicio público en beneficio de todos, pero a otros, y a las devoradoras, no les importa, sólo quieren recibir puntualmente sus centavos a cambio de casi nada.
Estas glotonas no aportan nada porque están vacías de contenido y llenas de comida chatarra y botanas.
Y no olvidemos a todas aquellas quejumbrosas que siempre tienen “mucho trabajo” pero solo dedican a sus tareas no más de dos horas de trabajo efectivo, y el resto, a la milonga. Eso si, algunas están buenísimas pero... no sirven para nada. De verdad, para nada.
¿Alguien podrá resolver el caso de las patéticas devoradoras en las oficinas públicas?
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