11 diciembre 2007

EL ASCO DE LA CORTE

Lo volvieron a hacer.
Lo hicieron con Lydia Cacho quien denunció a pederastas y pornógrafos que operaron al amparo del gober precioso y al cobijo una red de autoridades protectoras que se dedican a este lucrativo negocio. La recompensa es mucho más que las supuestas botellas de coñac, cualquier cosa que esto signifique.
No voy a abundar en los detalles de este caso típico de abuso de autoridad y protectores de pederastas porque éstos han sido públicos desde hace tiempo y quien los conoce resulta asqueado hasta el vómito. Hoy el asco que siento supera el que me produjeron los detalles enfermizos de las aventuras de quienes abusan de niñas y niños por simple “placer”, impunes gracias a sus protectores poderosos.
Ahora la vergüenza recayó solamente seis “defensores de la legalidad”, entre ellos dos mujeres: Margarita Luna Ramos, Olga Sánchez Cordero, Salvador Aguirre Anguiano, Mariano Azuela, Guillermo Ortiz Mayagoitia, y Sergio Valls.
Los otros cuatro fueron consistentes con lo que muchos esperábamos de la Corte.
Hubo algunos ingenuos que llegamos a pensar que los vividores de la Corte serían, por fin, la tabla de salvación de la legalidad en este país, que podrían cambiar y defendernos. Nos equivocamos rotundamente. Algunos de estos vividores fueron consistentes pero el resto no podrá cambiar. El mal está en su ADN. Están criados y cebados en un estercolero pletórico de complicidades y blindados en contra de las demandas de los molestos ciudadanos. Únicamente responden a sus propios intereses mezquinos, conservadores, misóginos (incluidas las dos señoras que asisten a la Corte), tolerantes y sórdidos.
¿En manos de quién estamos los mexicanos? ¿A qué o a quién se pueden atener los hombres y mujeres de bien, esforzados, de buena fe, cuando denuncian con pruebas y reclaman justicia?
Lo que nos dijeron los “impartidores de justicia” a los mexicanos, en cadena nacional, fue que el sistema de justicia existente hay que echarlo al bote de la basura y enterrarlo, comenzando por quienes dicen estar a cargo de esta tarea pero a la hora buena resultan blandengues y leguleyos. Una de las señales ominosas que nos enviaron tiene el significado de que cada quien se defienda como pueda, que cada quien se haga justicia por su propia cuenta y riesgo porque no hay quien nos defienda. O callar por miedo, porque denunciar y exigir justicia puede ser peligroso.
El mensaje que enviaron los vividores de la Corte es pavoroso para todos los mexicanos. Nos dijeron que podemos ser vejados, violados, torturados, maltratados y sometidos por las autoridades confabuladas y en complicidad con el crimen organizado, siempre y cuando estos abusos “no sean graves”. La inmensa mayoría de los que han tenido que ver con aquellos que procuran justicia y con quienes la administran, dan testimonio de los abusos, maltratos, torturas y vejaciones producto de la ilegalidad impune bajo la cual operan las autoridades de todos los niveles de gobierno, en más de una ocasión. También nos dijeron los vivillos, claro y fuerte, que hay que acostumbrarse a ser vejados y a respetar a los abusadores de niños y niñas.
Algo está mal en esta Corte. Algo no funciona bien. Los intereses que defienden no son los de la justicia y menos los de la gente común como usted y como yo.
Qué pena, que gran tragedia. Pobres mexicanos que padecemos a este conjunto de vividores que ya nos demostraron una vez más, por si había dudas, que no sirven más que para cobrar sus insólitos y desvergonzados emolumentos y privilegios.
La mayoría de estos cortesanos parásitos a quienes mantenemos, a costa de la indigencia de millones de compatriotas miserables, no tienen la estatura moral que hace falta para comprometerse con las mejores causas de este país, en una época en la que se requiere de hombres y mujeres valerosos que luchen por las mejores causas de la verdad y la justicia, esas grandes ausentes en nuestra sociedad.
A los vividores les pusieron una rolita para que pegaran un gran palo de vuelta entera y contentos se batieron en el lodo de su propia ineptitud, de su rancio conservadurismo e intereses. ¿No les dará pena? ¿No sentirán lástima de sí mismos cuando sus hijos, parejas o amigos los interrogan sobre el tema de Lydia Cacho y los pederastas y la pornografía, al enterarse de cómo votaron, mejor dicho, de cómo se exhibieron en la Corte?
Nos han demostrado que nada los apena, porque están forrados de su propio cinismo.
¿Qué les hizo falta para darnos, y darse a sí mismos, una lección ética y recuperar la confianza ahora totalmente perdida entre las montañas de sus prerrogativas?
El olor repugnante que emana la Corte de los vividores volvió a inundar a la República con su nauseabunda fetidez. Ad náuseam para que me entiendan.
Hemos quedado inermes.
A la señora Lydia Cacho y a las otras decenas de víctimas, y a nosotros con ellas, les queda recurrir a los organismos internacionales de justicia y derechos humanos, ante quienes, seguramente, presentarán las denuncias correspondientes.
Mientras, atribulado lector, haga caso del mensaje enviado por los inservibles vividores de la Corte y búsquese una pistola o de perdida una resortera para que se defienda, porque con esta Corte no vamos ni a la esquina.

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